martes, 23 de julio de 2013

De dónde son los neobarrocos - Gonzalo Celorio


Hace poco más de quince años, Severo Sarduy publicó un ensayo inaugural, titulado "El barroco y el neobarroco" en el ahora imprescindible libro América Latina en su literatura.(1) En él advierte, sin pretender explicarla en términos históricos o ideológicos, la señalada presencia de la estética barroca en algunas manifestaciones artísticas de la cultura hispanoamericana -particularmente literarias y de origen cubano-, y se propone precisar formalmente el concepto "barroco", que ha ampliado su espectro semántico hasta la metáfora generalizada: "la tierra es clásica y el mar es barroco", recuerda José Lezama Lima; "el Popocatépetl es clásico y el Iztaccíhuatl es barroco", creo haberle oído decir a Fernando Benítez.

Como ejemplos de la utilización de los diversos recursos del barroco que ha consignado en su estudio, Sarduy hace referencia a Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Guillermo Cabrero Infante. Estos mismos escritores cubanos han aludido en sus trabajos ensayísticos y en sus propias novelas a su filiación barroca.

Lezama Lima, en un brillante capítulo de La expresión americana, considera que el barroco, entre nosotros, más que un arte de Contrarreforma, es un arte de Contraconquista: el barroco adquiere en nuestro continente un carácter propio no sólo por las peculiaridades que imprimen los criollos en los modelos peninsulares sino también por el influjo de las culturas prehispánicas en el arte colonial, y por tanto es - piensa Lezama- signo de identidad y requisito de madurez para alcanzar nuestra emancipación cultural. Por así decirlo, el barroco es nuestro clásico, nuestro paradigma.(2)

Sin reprimir su libertad metafórica (aquella que lo lleva a hablar, por ejemplo, de barroquismos telúricos y de mulatas barrocas en genio y figura), Alejo Carpentier, por su parte, ha reiterado en sus novelas y en abundantes ensayos que nuestras manifestaciones culturales y literarias y aun nuestra naturaleza son y han sido barrocas.

Y Cabrera Infante, en novelas como Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto, ha exacerbado de manera explícita, a través de reflexiones metaliterarias, recursos que forman parte sustantiva del código estético del barroco, tales la parodia, la hipérbole, la paronomasia.

Contrariamente al intento de rigurosidad formal de Severo Sarduy, los términos barroco y neobarroco se han empleado, a partir de la publicación de dicho artículo, cada vez con mayor dispendio. Y es que los postulados de Sarduy, enriquecidos dos años después en su libro Barroco, que originalmente fueron aplicados de manera prioritaria a escritores cubanos, constituyen una tipificación, basada en la parodia y en el artificio, a la que virtualmente pueden responder muy diversas obras de la narrativa hispanoamericana contemporánea. Pienso, por ejemplo, en novelas que se sustentan en un lenguaje paródico como Los relámpagos de agosto de Jorge Ibargüengoitia y Terra nostra y Cristóbal Nonato de Carlos Fuentes; pienso en textos cuya referencialidad estriba preponderantemente en la cultura libresca (arte del arte = artificio), como ciertas ficciones de Borges y de Bioy Casares o numerosos capítulos de Rayuela; pienso en las grandes construcciones verbales a la manera de Paradiso, como El otoño del Patriarca de García Márquez o el discurso de Carlota en Noticias del Imperio de Fernando del Paso; pienso en la superposición de discursos en El libro de Manuel de Cortázar o en Cien años de soledad, donde Artemio Cruz o el bebé Rocamadour se suman a la prolífica lista de Aurelianos y José Arcadios... En fin, el propio modelo teórico de Sarduy propicia la extensión del término neobarroco a obras muy diversas, al grado de que no sería una exageración tomar la barroquicidad -si así se puede decir- como una de las señas de identidad de la narrativa hispanoamericana contemporánea.

Ignoro si mis apreciaciones contribuyan a precisar el término neobarroco o, por lo contrario, incrementen su dilatación. Como quiera que sea, creo conveniente mencionar algunos aspectos que rebasan las tipificaciones estrictamente formales y que aluden a ciertos rasgos de su contenido ideológico para enriquecer su significación. Sin comprometerme por ahora a desarrollar tales aspectos, de suyo complejos, me limitaré a enunciarlos y a aventurar un par de reflexiones al respecto. Voy a referirme primeramente a la deliberada intención de los escritores neobarrocos por articular un discurso que incluya elementos propios de la estética barroca -particularmente la parodia-; y, en segundo término, a las posibles implicaciones de tal intencionalidad. Quizás una diferencia entre los barrocos del siglo XVII y los neobarrocos de nuestros días consista en que aquéllos no sabían que eran barrocos y éstos vaya que sí lo saben. Gracián escribe su Agudeza y arte de ingenio pensando, acaso, que formulaba un tratado de preceptiva clásica (es decir ortodoxa). Los escritores neobarrocos, en cambio, se saben afines a la estética del barroco y utilizan propositivamente sus ingenios y sus agudezas. Tal intencionalidad puede antojarse artificial, pero digamos, en descarga de sus autores, que el barroco tiene como signo distintivo precisamente el artificio, y que por encima de la aventura, del abandono placentero a la proliferación, de la libertad y del capricho personal, el barroco es un arte prefabricado, como lo ha visto espléndidamente José Antonio Maravall: es un arte dirigido -esto es preconcebido y generalizado a través del Kitsch y es un arte conservador en tanto que la movilidad y la ruptura que parecen determinarlo son vanas apariencias; en tanto que su objeto primordial es la preservación de un sistema de valores culturales-. Así pues, la intención barroca, previa a la escritura, es parte de su barroquicidad. Pero, cuál es la finalidad de tal intención en el caso de los escritores considerados neobarrocos. Próximo a las tesis de Mijail Bajtin sobre la carnavalización, Severo Sarduy destaca la parodia como recurso pertinente del barroco. Dos son los mecanismos que, según el teórico cubano, utiliza el lenguaje paródico: la intertextualidad, que consiste en "la incorporación de un texto extranjero al texto, su collage o superposición a la superficie del mismo", y la intratextualidad, que se refiere a los textos "que no son introducidos en la aparente superficie plana de la obra como elementos alógenos -citas y reminiscencias-, sino que, intrínsecos a la producción escriptural, a la operación de cifraje -de tatuaje- en que consiste toda escritura, participan (...) del acto mismo de la creación".(3)

La intertextualidad se manifiesta en la inclusión, ya literal, ya modificada aunque reconocible, de otros textos. Pero más que en estas manifestaciones exteriores, visibles en la superficie del discurso, es en la intratextualidad donde habita entrañablemente el espíritu paródico del barroco. Así considerada, la parodia implica un doble discurso, una doble textualidad: un discurso referencial, previo, conocido y reconocible, que es deformado, alterado, escarnecido, llevado a sus extremos por el discurso del barroco. Tal operación supone un retorno; es en sí misma un retorno. La parodia, según entiendo, no es otra cosa que llegar, de regreso, al punto de partida y recuperarlo -esto es preservarlo, enriquecerlo- con los beneficios adquiridos en semejante periplo: la crítica (el sentido del humor, el homenaje) que la distancia y la perspectiva otorgan. La parodia, pues, no se limita a la burla del discurso de referencia: la parodia implica una actitud crítica que pondera, selecciona, asume, fija, recupera y preserva los valores culturales. En La rosa púrpura del Cairo, si se me permite poner un ejemplo cinematográfico, Woody Allen no orienta su discurso paródico a escarnecer el discurso fílmico hollywoodense de los años treinta; al parodiarlo, lo critica, le confiere un estatus, lo recupera para su propio discurso y le rinde el más amoroso de los homenajes: rescata su vigencia, es decir su dimensión y su valor históricos.

Esta parece ser, en la narrativa hispanoamericana contemporánea, la intención del discurso paródico: sentirse en posesión de una cultura y manifestar tal seguridad mediante la crítica: el juego, la reflexión, el reconocimiento. En efecto, nuestra narrativa se entretiene y se afana en articular un discurso parodiado, en que más abisme la distancia entre la ida y el regreso. Algunos ejemplos de este viraje extremo: En Paradiso, Lezama Lima llama al miembro viril "el aguijón del leptosomático macrogenitoma" distanciando así, gongorinamente, la relación entre el significado y el significante. Carpentier, en Concierto barroco, no se conforma con relatar la de suyo paródica mise en scene de una ópera con tema de Moctezuma, dirigida por Vivaldi en un teatro de Venecia, sino que llega a introducir carnavalescamente, al lado de Vivaldi, Haendel y Scarlatti, la batuta de Stravinsky y la trompeta viva de Louis Armstrong. En El mundo alucinante, Reinaldo Arenas hace que Fray Servando Teresa de Mier, si no lo estoy inventando motivado por la proliferante concatenación de hipérboles en la novela, se escape de la cárcel disfrazado de rata -así de grandes eran los roedores de las Caldas de Cádiz-. Severo Sarduy llega a identificar a Fidel Castro con el mismísimo Cristo Redentor en el capítulo titulado "La entrada de Cristo en La Habana" de la novela De dónde son los cantantes.

Es en esta medida extrema, arriba ejemplificada con casos de la literatura cubana, donde el neobarroco se aproxima a un tipo de producción artística cuya esencia estriba precisamente en la diferenciación entre la ida y el regreso. Hablo de lo que Susan Sontag denominó Camp y que Carlos Monsiváis aplicó con acierto a diversas manifestaciones de la cultura mexicana:

Camp es -reconociendo la falsedad, el anacronismo y la vigencia de esta división- el predominio de la forma sobre el contenido. Camp es aquel estilo llevado a sus últimas consecuencias, conducido apasionadamente al exceso. Camp es la extensión final, en materia de sensibilidad, de la metáfora de la vida como teatro (...) Camp es el amor de lo no natural, del artificio y la exageración (...) Camp es el fervor del manierismo y de lo sexual exagerado. Camp es el aprecio de la vulgaridad. Camp es la introducción de un nuevo criterio: el artificio como ideal. Camp es el culto por las formas límite de lo barroco, por lo concebido en el delirio, por lo que inevitablemente engendra su propia parodia. Camp en un número abrumador de ocasiones es (...) aquello tan malo que resulta bueno.

Algunas características que Monsiváis, siguiendo a Susan Sontag, atribuye al Camp son evidentemente afines a la estética del neobarroco y aplicables a diversas obras narrativas hispanoamericanas. Además de pensar en novelas como De dónde son los cantantes del propio Sarduy o El mundo alucinante de Reinaldo Arenas, pienso en otras que, hasta donde entiendo, no han sido estudiadas a la luz del neobarroco pero que podrían responder a los postulados de Sarduy, como Tres novelitas burguesas y La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria de José Donoso u otras de Manuel Puig tales La traición de Rita Hayworth o Pubis angelical. Es evidente en ellas, para seguir con la dicotomía meramente didáctica de Monsiváis, el predominio de la forma sobre el contenido, amén de otros signos comunes al Camp y al neobarroco. Un lenguaje abundante, generoso y exquisito parece desperdiciarse en la frivolidad o decadencia de sus temas. Pero ¿no es el barroco, acaso, el arte del desperdicio, de la excrecencia?: "La exclamación inefable - dice Sarduy- que suscita toda capilla de Churriguera o del Aleijadinho, toda estrofa de Góngora o Lezama, todo acto barroco, ya pertenezca a la pintura o a la repostería: íCuánto trabajo! implica un apenas disimulado adjetivo: íCuánto trabajo perdido!, ícuánto juego y desperdicio, cuánto esfuerzo sin funcionalidad!"(4)

Precisamente tales signos de desperdicio garantizan que el objeto de la parodia ha sido asumido y superado. Estas novelas que pudieran considerarse neobarrocas son testimonio de que nuestro discurso novelístico goza ya de los saludables tributos de la crítica: el humor, el juego, la ponderación. Acaso por primera vez en nuestra historia literaria, toda una narrativa se significa por expresar abundantemente, generosamente -hasta el desperdicio- que va de regreso de las cosas; de regreso de su propia historia.

Agosto, 1988.

1 Severo Sarduy "El barroco y el neobarroco" en América Latina en su literatura. Coordinación e Introducción de César Fernández Moreno. 4ª ed. Siglo XXI. México, 1977. pp 167-184.

2 Cf. José Lezama Lima. La expresión americana. Alianza Editorial. Madrid, 1969. p. 78.

3 Severo Sarduy. Op. cit. pp 177 y 178.


4 Severo Sarduy. Op. cit. p. 182

viernes, 19 de julio de 2013

Sarduy, apoteosis del Neobarroco - Luis Álvarez Álvarez



El tema del neobarroco, tan importante en los estudios sobre el arte en el siglo XX, ha tenido un lugar importante en la reflexión ensayística cubana de ese mismo siglo. El asunto tiene un interés peculiar, pero no simplemente porque se haya producido, en el tercio final de la centuria pasada, una especie de auge intensificado de reflexiones europeas sobre el tema. No se trata meramente de una cuestión de resonancia con el pensamiento europeo, ni tampoco de simple presencia del tema en la ensayística de la Isla, sino de que, desde las diversas aristas en que ha sido abordado, se considera un componente de importancia en la cultura cubana e, incluso, de toda Hispanoamérica. Su interés mayor radica en que no ha sido abordado desde una perspectiva única y compacta, sino que, por el contrario, ha sido objeto de consideraciones de variado calado e intensidad. Como se indicó antes, la revitalización del Barroco como encuadre estético-estilístico, se viene produciendo, incluso, desde inicios del siglo XX: basta recordar el entusiasmo, que llegó incluso a la pasión, con que grandes figuras de la generación del 27 en España acogieron la relectura de Góngora, y sus inmensas consecuencias para la renovación poética en lengua castellana, no solamente en la Península, sino incluso en Hispanoamérica. La investigadora brasileña Irlemar Chiampi ha comentado acerca de este revival del Barroco:

Las revisiones, las relecturas y, sobre todo, las reivindicaciones del barroco han propiciado, en las últimas décadas, la aparición de varios puntos de vista para reconsiderar la crisis de la modernidad, así como para prestar apoyos teóricos para investigar el fenómeno del postmodernismo. Ensayos recientes como el de Gilles Deleuze (Le pli, 1988) o el de Guy Scarpetta (L’impureté, 1985), análisis incitantes como el de Christine Buci-Glucksmann (La raison baroque, 1984, y La folie de voir, 1986); o el panorama interpretativo de Omar Calabrese (L’etá neobarroca, 1987), para mencionar tan solo el “boom” europeo del Barroco, confirman el creciente interés por reevaluar el potencial productivo que tiene en la cultura actual una estética tan largamente  relegada al olvido.  Pero acaso sea más correcto decir que, en vez de un “boom”, tenemos más bien un nuevo “síndrome” del Barroco (a comienzos del siglo XX ocurrió el primero), muy revelador del malestar y —por qué no— de las patologías de la cultura moderna.[1]

La fascinación de la escritura barroca ha ejercido su fuerza a través de diversos momentos y autores de la literatura cubana. El propio José Martí, por ejemplo, al valorar las celebraciones realizadas en Madrid por el centenario de Calderón en la década del 80 del siglo XIX,[2]

Asumía, por momentos, modalidades estilísticas que recordaban la época barroca, pero que no incorporaban, de manera directa y nítida, una escritura a la suya propia: se trataba de un juego de ingenio, de un adorno erudito de la propia escritura, no confundida en absoluto con el texto calderoniano.

Uno de los grandes ensayistas cubanos del Barroco y el Neobarroco ha sido Severo Sarduy. Pero su diferencia con Lezama y Carpentier —con quienes forma Sarduy la tríada fundamental de la teorización cubana sobre el Barroco en el siglo XX— es esencial: tomando pie y arranque en las realidades culturales que contextualizan el arte barroco —ya europeo, ya hispanoamericano—, Sarduy ha construido un discurso teórico de firme acabado conceptual, donde la reflexión semiótica y culturológica en general se mantiene en primer plano por encima de la vivencia del poeta o el entusiasmo del narrador. Como Lezama, y más aún como Carpentier, Sarduy asume el artificio barroco como inseparable de la lengua literaria en español. En acotación a su obra teatral La playa, Sarduy consigna: “He tratado de significar este universo con el mínimo de elementos: un vocabulario reducido, repetitivo, ‘vaciado’. El barroco es la tendencia natural del español. Vaciar la frase es postular, otra vez, la literatura como artificio”.[3]

Si Lezama y Carpentier habían tomado como punto de referencia ocasional y epidérmico el Barroco histórico, Sarduy procede de una manera muy diferente: su visión no es ni vivencial ni sintética, su mirada es esencialmente culturológica, explicativa, cultural en un sentido amplio que incluye y valora profundamente el componente de la ciencia que coexiste con el Barroco histórico. Si Sarduy, como Carpentier, comprende que el Barroco se relaciona intensamente con una concepción del espacio, en cambio percibe con nitidez que el Barroco, en tanto arte, no es la única reflexión humana que, en los siglos XVI y XVII, se concentra en este tema. La Astronomía, que emerge con fuerza especial entre las germinales ciencias humanas, se lanzaba entonces a definir, a la vez, el espacio de la Tierra y el del Cosmos. Sarduy considera que los hallazgos astronómicos interactúan con la actitud estética y, en general, gnoseológica:

La reforma copernicana y la sumisión del espacio a la ley termina con esta concepción de la Tierra como extensión propicia a lo casual, a lo discretamente irracional. El planeta dejará de ser un escenario borroso que duplica sin acierto al celeste, ámbito del fenómeno opacado, cubierto —como el cielo se cubre—; al mismo tiempo que postula su marginalidad, el Cosmos copernicano, heliocéntrico, afirma su autonomía: no refleja ningún exterior, no es una región; lo que en él ocurre no es una repetición degradada. Ninguna esfera ideal lo modela.

La retombée de este gesto epistémico —su preparación mediata, su etiología inconexa— está, rigurosa isomorfía, en la transformación radical de sentido que tiene lugar en el espacio urbano y notablemente en el discurso que lo enuncia y así lo objetiva [...].[4]

De ese modo, su visión de la perspectiva barroca adquiere una dimensión más ancha, a la vez culturológica y noética. En tal sentido, se produce un desarrollo importante respecto al pensamiento de Lezama y Carpentier, y no solamente porque la teorización del Barroco encuentra en Sarduy un espacio más dilatado de meditación. Sarduy, por una parte, suscribe igualmente la, por así llamarla, vocación barroca y neobarroca de la América Hispánica; de modo semejante, las transculturaciones del Continente también son consideradas terreno especialmente fecundante para la aventura barroca de la cultura hispanoamericana. Ahora bien, Sarduy cala más hondo, tanto por su interés obsesivo en explicar la curiosidad barroca que Lezama había vivenciado poéticamente, como por su utilización inteligente de una serie de teorías que, en la segunda mitad del siglo XX, adquieren un enorme prestigio y funcionalización en la reflexión sobre la cultura. Sarduy, por tanto, no se detiene en la superficie temática del mestizaje, sino que se proyecta hacia un substrato cultural que Carpentier había intuido, pero no teorizado: la profunda transculturación hispanoamericana ha conducido a una carnavalización intensa, pues se han producido y continúan apareciendo inversiones socializadas de valores culturales, que son aprovechadas, de manera evidente o subrepticia, en la maquinaria cultural del Continente. A ello añade Sarduy una percepción eminente del dialogismo, es decir, de la peculiaridad hispanoamericana mediante la cual se intensifican, de manera imprevisible, los cruces de códigos, las transcodificaciones, la hipertelia semiótica. Más allá de la novela, espacio dialógico favorito de Bajtín, en nuestra América se construye un ámbito destinado a una multiplicidad de dialogismos (lingüísticos, míticos, rituales, arquitectónicos, culinarios, etc.). Todo eso llegó, incluso, al paroxismo del diálogo imposible, de la autonomía nómica del mensaje escrito, de manera que que, como expusiera Martin Lienhard en La voz y su huella,[5] el proceso de la Conquista resultase acompañado por una desmesura de la palabra, y en particular de la escritura, de manera que un puñado de españoles pusiera pie en la Tierra Descubierta, y minuciosamente uno de ellos leyese el acta de fundación de una ciudad inexistente, ante otro puñado de indígenas, que, siendo ágrafos, no percibían sino un diálogo enigmático entre un hombre y un pliego misterioso. Sarduy percibía, pues, en la aventura astronómica y en la aventura estética de la época barroca, una verdadera epopeya cosmológica:

Espacio del dialogismo, de la polifonía, de la carnavalización, de la parodia y la intertextualidad, lo barroco se presentaría, pues, como una red de conexiones, de sucesivas filigranas, cuya expresión gráfica no sería lineal, bidimensional, plana, sino en volumen, espacial y dinámica. En la carnavalización del barroco se inserta, trazo específico, la mezcla de géneros, la intrusión de un tipo de discurso en otro —carta en un relato, diálogos en esas cartas, etc.—, es decir, como apuntaba Bakhtine, que la palabra barroca no es solo lo que figura, sino también lo que es figurado, que esta es el material de la literatura. Afrontado a los lenguajes entre cruzados de América  —a los códigos del saber precolombino—, el español —los códigos de la cultura europea— se encontró duplicado, reflejado en otras organizaciones, en otros discursos. Aún después de anularlos, de someterlos, de ellos sobrevivieron ciertos elementos que el lenguaje español hizo coincidir con los correspondientes a él; el proceso de sinonimización, normal en todos los idiomas, se vio acelerado ante la necesidad de uniformar, al nivel de la cadena significante, la vastedad disparatada de los nombres.[6]

Mientras Lezama y Carpentier encararon el Barroco histórico de manera que su imagen sirviese como fundamentación y nutrimento de la cultura hispanoamericana, Severo Sarduy, colocado más cerca que ellos —y no se trata meramente de un caso de ubicación geográfica, sino, sobre todo, intelectual— del puente conector entre la reflexión hispanoamericana y la euroamericana, anticipa también, en esa década del 70 en que apenas comenzaba a discutirse el asunto, la reflexión sobre la crisis de la cultura moderna. Su pensamiento sobre el Barroco histórico, tanto europeo como hispanoamericano, se proyecta inconscientemente a preparar el camino, ya inminente, al debate sobre la postmodernidad —en el cual prefiero personalmente asumir la idea de que se trata de una fase autocrítica de la Modernidad—. Irlemar Chiampi comenta: “Artificio y metalenguaje, enunciación paródica y autoparódica, hipérbole de su propia estructuración, apoteosis de la forma e irrisión de ella, la propuesta de Sarduy —sobra decirlo— selecciona entre los rasgos que marcaron el barroco histórico los que permiten deducir una perspectiva crítica de lo moderno”.[7]

Es interesante notar que Sarduy merece la sospecha de ser, en efecto, portador de una lectura interesada del Barroco histórico, que, más allá de la enunciada aspiración a vivenciar, intuir, explicar culturalmente América, procura, al fin y al cabo con pleno derecho, aventurar un autoreconocimiento de los modos peculiares de creación artística del gran escritor camagüeyano. Sarduy especifica, de manera más insistente que Lezama y Carpentier, la relación entre Hispanoamérica y el Barroco, puesto que adelanta una explicación asentada en su propósito culturológico de ancho aliento y, al hacerlo implícitamente, subraya la cuestión de la interrelación entre el exceso y el vacío, entre el horror vacui y el mero juego despojado de solemnes significaciones referenciales, la agresión continua al lenguaje y la ambición de establecer una gramática:

El barroco, sobreabundancia, cornucopia rebosante, prodigalidad y derroche —de allí la resistencia moral que ha suscitado en ciertas culturas de la economía y la mesura, como la francesa—, irrisión de toda funcionalidad, de toda sobriedad, es también la solución a esa saturación verbal, al trop plein de la palabra, a la abundancia de lo nombrante con relación a lo nombrado, a lo enumerable, al desbordamiento de las palabras sobre las cosas. De allí también su mecanismo de la perífrasis, de la digresión y el desvío, de la duplicación y hasta de la tautología. Verbo, formas malgastadas, lenguaje que, por demasiado abundante, no designa ya cosas, sino otros designantes de cosas, significantes que envuelven otros significantes en un mecanismo de significación que termina designándose a sí mismo, mostrando su propia gramática, los modelos de esa gramática y su generación en el universo de las palabras. Variaciones, modulaciones de un modelo que la totalidad de la obra corona y destrona, enseña, deforma, duplica, invierte, desnuda o sobrecarga hasta llenar todo el vacío, todo el espacio —infinito— disponible. Lenguaje que habla del lenguaje, la superabundancia barroca es generada por el suplemento sinonímico, por el “doblaje” inicial, por el desbordamiento de los significantes que la obra, que la ópera barroca cataloga.[8]

La narrativa, la poesía de Severo Sarduy, trasuntan esta vocación apasionada por la estética neobarroca. De donde son los cantantes, por ejemplo, evidencia una poética que obliga a reconocer este libro como una obra que se ubica, en cuanto a voluntad de estilo que trasciende el marco específico de, por ejemplo, una gran novela carpenteriana como El siglo de las luces.  Es como si Sarduy delinease su espacio narrativo precisamente después de la amenazadora explosión en la catedral de Carpentier. En efecto, esta novela suya resulta una especie de recomposición prodigiosa de fragmentos incontables de códigos culturales, en una inmensa alegoría no solo de la cultura cubana en sí, sino también de la cultura humana en su sentido más amplio. Pero no es la superposición de factores, en cadenas secuenciales especialísimas, a la manera en que Carpentier trabaja su “real maravilloso americano”.  Sarduy, muy lejos de esto, en De donde son los cantantes se transparenta una deconstrucción permanente de secuencias semánticas de la cultura cubana, y, por lo mismo, de las culturas que, en su transculturación, configuraron la de la Isla. De aquí que el lector enfrente en esta novela un microcosmos donde, bajo la apariencia de un eje estructural constituido por los personajes recurrentes, estos se transforman proteicamente, una y otra vez, y asumen rostros diversos de la cultura cubana, en un diluvio de matizaciones, frases hechas (truncas), alusiones míticas, folclóricas, musicales, incluso del mundo de la más rasa propaganda comercial. Así, la novela se levanta en un dinamismo que no tiene ya que ver necesariamente con la acción argumental o con la sicología de los personajes, sino con una inacabable y torrencial muestra de factores de la cultura de la Isla, un caleidoscopio nacional que no se limita nunca al mero ejercicio lúdico, porque, en el fondo, opera con una poderosa mimesis de las grandes fuerzas cósmicas: centrípeta y centrífuga. Página a página, todo devuelve al lector a la médula misma de la cultura nacional en su devenir, pero, simultáneamente, todo parece transformarse, disolverse en su propio movimiento interno, creando espacios vacíos que, al instante, se llenan de imprevistas alteridades, de importaciones descaradas, de transformaciones de la perspectiva, de revalorizaciones prodigiosas.  Esta técnica, que aparecerá, con otros perfiles, en el resto de la obra de Sarduy, en esta polifónica novela adquiere un paroxismo y un fervor verdaderamente extraordinarios. Por ello, De donde son los cantantes es una transgresión de la novela canónica en la cual el argumento era el eje sustentador.

Otra gran novela suya, Cobra, es otro espléndido caso de construcción neobarroca. En esta obra se aprecia un enorme trabajo intertextual, en el que confluyen Lezama, la picaresca española con sus busconas y alcahuetas, el Museo Guggenheim, gráficos de complejas estructuras, poemas. A ello se añaden con juegos —verdaderos travestissements lingüísticos— con el estilo de las crónicas de la época de la Conquista:

Las casas eran hechas a manera de alfaneques, muy grandes, y parecían tiendas en real, sin concierto de calles, sino una acá y otra acullá, y de dentro muy barridas y limpias, y sus aderezos muy compuestos. Todas son de ramas de palma muy hermosas… Había perros que jamás ladraron, había avecitas salvajes mansas por sus casas, había maravillosos aderezos de redes y anzuelos y artificios de pescar…[9]

Cobra, por otra parte, constituye una reflexión obsesiva sobre la escritura misma. Así pues habla en primer término de que “La escritura es el arte de la elipsis”,[10] en lo que, por cierto, coincide por José Martí, quien en su día se refirió a que el arte de la oratoria radicaba sobre todo en un arte de eliminar la mucha verba, pues esta mata la elocuencia.[11] A partir de esta definición, se suceden una serie de otros axiomas alternativos: “La escritura es el arte de la digresión”, en lo que se expresa una cuestión fundamental para la narrativa de fines del siglo XX —piénsese en Manuel Puig— y de comienzos del XXI. La siguiente enunciación de la escritura está marcada por un claro dejo de lúdica ironía que funciona como un arabesco barroco para desautorizar el envejecido esquema del siglo XIX: “La escritura es el arte de recrear la realidad. Respetémoslo. No ha llegado el artífice himalayo, como se dijo, alhajadito y pestiferante, sino con un recién planchado y viril traje cruzado color crema —en la corbata de seda una torre Eiffel y una mujer desnuda acostada sobre el letrero de Folies Chéries”.[12] Las dos últimas definiciones corresponden a una perspectiva postmodernista y neobarroca: “La escritura es el arte de descomponer un orden y componer un desorden”,[13] en lo que se advierte también un reconocimiento del carácter abierto de la literatura, en particular de la narrativa, y una implícita aquiescencia con la idea de la lectura como co-creación en la cual el receptor reconstituye a su modo el texto literario. La última afirmación declara su enfática voluntad de trabajar insistentemente con la intertextualidad —consolidada su definición por Julia Kristeva y el grupo Tel Quel que Sarduy conoció directamente—, de lo cual la propia Cobra es un ejemplo extraordinario. Así, dice: “La escritura es el arte del remiendo. De lo que precede se infiere que: si el indio es tan priápico y gozador como habéis oído, nunca terminará de encubrir con sus signos la desnudez de las coristas ni las mismas podrán someterse impasibles a la torturante contemplación de sus dones”.[14]

Sarduy, en una escritura esencialmente neobarroca y desde una actitud de crítica punzante a los cánones de fases precedentes de la Modernidad, concentra su atención fundamental en el juego y rejuego de interconexiones de signos, jirones del lenguaje, alusiones traviesas, ecos que se asordinan gradualmente en la memoria cultural. Con ello construye un edificio extraordinario que, en su originalidad y sorprendente dinamismo, trasunta la fragancia poderosa del (neo) barroco criollo, de lo cubano indoblegable, trágico, sensual, atormentado y sonriente.

Notas:
[1] Irlemar Chiampi: “La literatura neobarroca ante la crisis de lo moderno”, en: Criterios. Revista de Teoría de la Literatura y las Artes, Estética y Culturología. La Habana. Nro. 32. Cuarta época. Julio-diciembre de 1994, p. 171.
[2] Cfr. José Martí: “El Centenario de Calderón”, en: Obras completas. La Habana. Ed. de Ciencias Sociales, 1975, t. 15, p. 119-120.
[3] Severo Sarduy: “La playa”, en: Severo Sarduy: Obra completa. Edición crítica. Gustavo Guerrero y François Wahl, coordinadores. Madrid. ALLCA XX, 1999, t. II, p. 1010.
[4] Severo Sarduy: “Barroco”, en: Obra completa, ed. cit., t. II, p. 1212.
[5] Martin Lienhard apunta, entre otras ideas: “El texto escrito, legitimado a su vez por otras «escrituras», expresa en última instancia la voluntad divina.” [La voz y su huella. La Habana. Ed. Casa de las Américas, 1990, p. 31].
[6] Severo Sarduy: “El barroco y el neobarroco”, en: Obra completa, ed. cit., p. 1395-1396.
[7] Irlemar Chiampi: op. cit., p. 177.
[8] Ibid., p. 1396.
[9] Severo Sarduy: “Cobra”, en: Obras completas, ed. cit., t. I, p. 570.
[10] Ibíd., t. I, p. 430.
[11] Cfr. Luis Álvarez: Estrofa, imagen, fundación: la oratoria de José Martí. La Habana. Ed. Casa de las Américas, 1995.
[12] Severo Sarduy: “Cobra”, en Obra completa, ed. cit., t. I, p. 332.
[13] Ibíd., t. I, p. 435.
[14] Ibíd., t. I, p. 439.

domingo, 31 de marzo de 2013

El Neobarroco - Las letras en la América Hispana



La narrativa americana contemporánea se inscribe dentro de los parámetros estéticos de un movimiento literario, denominado Neobarroco, por las evidentes correspondencias que revela con el cuasi homónimo español del siglo XVII.
Como su precedente hispánico, el Neobarroco se caracteriza por el exceso y la artificiosidad de los recursos estéticos utilizados. Artificiosidad que consiste, principalmente, en la extrema distancia existente entre el plano real y el plano evocado de la metáfora. Esa distancia de por sí lleva a la desmesura, a la hipérbole, otra de las características barrocas.
Varios son los procedimientos lingüísticos utilizados para lograr esa desmesura artificiosa.
• La sustitución consiste en emplear un vocablo en lugar de otro, alejado semánticamente del primero, pero inteligible en ese contexto. Así, por ejemplo, Alejo Carpentier dice en Los pasos perdidos, para referirse a la cordillera de los Andes:
Estábamos sobre el espinazo de las Indias fabulosas, sobre una de sus vértebras.
• La proliferación también es una sustitución, pero por una cadena de vocablos enhebrados enumerativamente, hasta describir una órbita alrededor del significante originario. Ejemplo:
La selva era el mundo de la mentira, de la trampa, del falso semblante; ahí todo era disfraz, estratagema, juego de apariencias, metamorfosis, (Alejo Carpentier, Los pasos perdidos )
• La condensación se produce por la creación de un nuevo vocablo a partir de dos conocidos, cuyos significados reúne. Así Carpentier escribe en la novela ya citada: ... en cuyos balcones dormitaban loros "plumiparados" ... Daban ganas de darles nombres (a las máquinas] que fuesen buenos para demonios me divertía en llamarlas "Flacocuervo", "Buitrehierro", o "Maltridente" .
• La parodia: como en el Barroco hispánico del Siglo de Oro, el texto neobarroco hispanoamericano requiere una "lectura de filigrana" para advertir el real significado subyacente. Es que el narrador contemporáneo escribe entrelazando textos de escritores anteriores a él. Así, su estilo semeja una red, tejida a manera de "collage", con fragmentos, expresiones o personajes literarios. Como ejemplo cabe citar el famosísimo Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, en cuya trama se entrelazan: una frase de Juan Rulfo, un personaje de Carpentier (Victor Hugues, de El siglo de las luces), otro de Cortázar (Rocamadour, de Rayuela) y otro de Carlos Fuentes (Artemio Cruz, de La muerte de Artemio Cruz). Este procedimiento expresivo, o intertextualidad, coadyuva a marcar el carácter paródico de la literatura neobarroca.
Algo similar ocurre con la intratextualidad. Según este procedimiento paródico, adquieren relevancia ciertos fonemas, cuya disposición produce distintos "juegos" fonéticos. Ellos son:
el anagrama, que consiste en la transposición de las letras de una palabra o frase, para formar un nuevo vocablo; el caligrama, que denomina al dibujo representativo de un objeto o un animal, cuyos límites están llenados por palabras; la aliteración en todas sus formas.
El objetivo humorístico de estos procedimientos acentúa el aspecto irónico de las obras literarias.
El uso de estos recursos lingüísticos subraya la característica superabundancia del Neobarroco, hiperbólico y artificioso en demasía. Así, Cabrera Infante visualiza la pequeñez de su personaje mediante un recurso tipográfico:
y el dueño se achicó, si es que podía hacerla todavía y
fue el hombre increíblemente encogido, pulgarcito
o meñique, el genio de la botella al revés y
se fue haciendo más y más chico,
pequeño, pequeñito, chirriquitico,
hasta que desapareció por
un agujero de ratones al
fondo - fondo - fondo,
un hoyo que empezaba con
o

Fuente: Las letras en la América Hispana
Editorial Estrada,
Buenos Aires, 1994

martes, 4 de diciembre de 2012

Erótica Neobarroca: Aproximaciones a una poética en la obra ensayística de Severo Sarduy - Jannette González Pulgar



Resumen
El presente texto aborda la relación entre erotismo y retórica barroca en la obra ensayística del escritor cubano Severo Sarduy; una relación fundada en la analogía cuerpo/texto y descrita, en tanto mecanismo, a través de la noción psicoanalítica de objeto (a). En este sentido, la hipótesis de la investigación señala que el erotismo puede ser interpretado como poética, ya que contendría las leyes o principios de su programa escritural. Poética que aquí denominaré Erótica Neobarroca.

Introducción

La obra ensayística del escritor cubano Severo Sarduy, se constituye como un fascinante cuerpo teórico – crítico sobre el neobarroco, en el que destacan ciertos conceptos y temas recurrentes como retombée, cosmología, simulacro, travestismo, tatuaje y erotismo. Ahora, al revisar dicho corpus, contenido fundamentalmente en sus Ensayos generales sobre el barroco (1987), nos encontramos con la repetición del último de estos conceptos: Erotismo como primer capítulo en Escrito sobre un cuerpo (1969) y como apartado del segundo; luego, ya en 1972, forma parte de la “Conclusión” de “El barroco y el neobarroco”, para ser reinstalado, finalmente, en 1974 como “Suplemento” en Barroco.1
Ante tal insistencia, ¿cabría preguntarse, entonces, por el significado que adopta en tales ensayos y la relevancia que adquiriere en la teoría neobarroca sarduyana? Por supuesto. No obstante, dada la brevedad de esta instancia, me centraré solamente en el capítulo “Suplemento” del ensayo Barroco, pues presenta los conceptos y cuestiones fundamentales y necesarias para desentrañar una poética posible.
En este sentido, la hipótesis de esta ponencia señala que en la obra ensayística de Severo Sarduy, el erotismo puede ser interpretado como poética, en la medida de que contiene las leyes o principios de su programa escritural. Es por lo anterior, entonces, que planteo el término Erótica, una poética sostenida en las analogías cuerpo – texto y erotismo – retórica barroca, y fundada en el juego con el “objeto (a)”, en tanto resto y desajuste. Erótica: origen y devenir del neobarroco sarduyano, proliferación incesante de significantes, desborde de la función meramente comunicativa, economía del exceso, del desperdicio y el derroche de lenguaje.

I. Poética
Sabido es que el término, tiene su origen -dentro de la tradición occidental, por supuesto- en el tratado homónimo de Aristóteles; sin embargo, desde aquel entonces hasta nuestros días, su significado ha “sufrido” una serie de fluctuaciones de las que complejo sería hacerme cargo en esta oportunidad. Sin embargo, y dado que los conceptos de poética que aquí interesan se encuentran sólo a partir de la segunda mitad del siglo XX, cabría señalar, al menos, el momento de su reaparición en el campo de la lingüística y la teoría literaria, y las definiciones que adoptaré para sustentar mi hipótesis.
De acuerdo a lo señalado por F. Lázaro Carreter (1979), la reaparición del término se produjo gracias a los estudios de Roman Jakobson y a la difusión de éstos en el Congreso sobre el estilo realizado en 1958 por la Universidad de Indiana, oportunidad en que habría dado a conocer su “famosa comunicación” (1979; 9) “Linguistics and Poetics”.
Ahora, en cuanto a las acepciones del término, según Ducrot y Todorov (1974), éste nos ha sido transmitido por la tradición como:
“1) toda teoría interna de la literatura; 2) la elección hecha por un autor entre todas las posibilidades (en el orden de la temática, de la composición, del estilo, etc.) literarias (…); 3) los códigos normativos construidos por una escuela literaria, conjunto de reglas prácticas cuyo empleo se hace obligatorio” (Marchese et Forradelas, 1989; 324 – 326).
Pues bien, serán sólo las dos primeras acepciones las que me interesarán, en tanto nos sitúan en aquella elección realizada por el autor para construir su programa escritural, elección que en esta investigación será entendida como una conciencia estética que pretende, a su vez, ser una teoría interna del neobarroco latinoamericano.
Finalmente, cabría destacar la misión específica que tendría la Poética según Lázaro Carreter: indagar “qué es lo que caracteriza al mensaje artístico” (1979; 24), pues, a mi juicio, es lo que realiza el escritor cubano al tejer su teoría interna del neobarroco y plantear esta Erótica que develaré a continuación.

II. Texto como Cuerpo
En 1969, Sarduy publica Escrito sobre un cuerpo, título que nos sitúa inmediatamente en la analogía que permitirá plantear una serie de juegos semánticos cuyo principio será que todo texto, en tanto cuerpo, puede poseer cierto erotismo, puede ser erótico. Me refiero a “una serie de juegos semánticos”, ya que así como los textos que Sarduy interpretará, su propio “Escrito”, su propio texto, podrá ser entendido como un cuerpo más en esta cadena interpretativa. Así mismo, podríamos hablar de “Escritura sobre una escritura” y de “Texto sobre un texto”.
A lo largo de su obra no sólo ensayística, Sarduy establece relaciones de semejanza entre escribir, cifrar, tatuar y pintar, hasta homologarlos: Escrito sobre un cuerpo, Pintado sobre un cuerpo: “La literatura es (…) un arte del tatuaje: inscribe, cifra en la masa amorfa del lenguaje informativo los verdaderos signos de la significación.” (1999; 1154)
“El texto que usted escribe debe probarme que me desea.” (2004: 14), afirma Barthes. Es decir, no basta sólo con “crear un cuerpo” a partir de aquella “masa amorfa del lenguaje informativo”, sino que además, es necesario hacer de él un texto coqueto, con textura, un cuerpo que contenga cierta “fuerza erótica”.

III. Retórica barroca y erotismo
“Juego, pérdida, desperdicio y placer: es decir, erotismo en tanto que actividad puramente lúdica, que parodia la función de reproducción, transgresión de lo útil, del diálogo “natural” de los cuerpos.
En el erotismo la artificialidad, lo cultural, se manifiestan en el juego con el objeto perdido, juego cuya finalidad está en sí mismo y cuyo propósito no es la conducción de un mensaje –el de los elementos reproductores en este caso-, sino su desperdicio en función del placer.
Como la retórica barroca el erotismo se presenta en tanto ruptura total del nivel denotativo, directo y “natural” del lenguaje –somático-, como la perversión que implica toda metáfora, toda figura.” (Sarduy, 1999; 1251)
Aquí la relación de semejanza se produce en la medida de que ambos transgreden su función utilitaria: reproducir e informar. Es decir, una noción de erotismo que, por lo demás, es identificable con la de Georges Bataille (1957), para quien la actividad erótica es “antes que nada una exuberancia de la vida” (pp. 8) o, en palabras de Krzysztof Kulawik (2001), “la parte del excedente (la part maudite) de la actividad sexual, la pérdida improductiva, desprovista de la intención reproductiva de la procreación, es decir, de su función de utilidad” (pp. 265).
En 1967 Sarduy publica su (segunda) novela De dónde son los cantantes, cuyo Prólogo, “La faz barroca”, pertenece a Roland Barthes, convirtiéndose en una de las primeras explicitaciones de lo que el crítico francés propondrá más tarde en El placer del texto (1973).2 Lo que Barthes señala específicamente en el Prólogo (además de intentar argumentar la existencia de una “faz barroca” en el idioma francés) es que existiría un placer del lenguaje que precisamente esta novela contendría:
“Un libro viene ahora a recordarnos que fuera de los casos de comunicación transitiva o moral (Pásame el queso o Nosotros deseamos sinceramente la paz en Vietnam) existe un placer del lenguaje, de la misma textura, de la misma seda que el placer erótico, y que este placer del lenguaje es su verdad.” (1980; 4)3
“Placer del lenguaje” producido cuando el despliegue del significante logra superar la búsqueda de un fondo o del contenido de los mensajes, cuando se libera a la escritura y al lenguaje mismo de su función comunicativa, manifestando “la ubicuidad del significante, presente en todos los niveles del texto, y no, como se suele decir, sólo en su superficie (...).” (1980; 4)
Probablemente se trate de la misma libertad de la que habla en la entrevista “Placer/escritura/lectura”, aquella necesidad de “levantar la prohibición erótica que impregna desgraciadamente a los lenguajes, politizados o contraideológicos y los convierte en discursos tristes, pesados, repetidos, obsesivos, aburridos.” (2005: 138)

IV. Sobre la “función erótica” del texto
Otro escritor cubano vendrá a ejemplificar este erotismo de la retórica barroca: José Lezama Lima; pues, así como Roland Barthes se referirá a De dónde son los cantantes de Severo Sarduy para hablar del placer del lenguaje, Sarduy lo hará de Paradiso de Lezama. Al hablar de ella, en un apartado de “Horror al vacío” (1969) segundo capítulo de Escrito sobre un cuerpo que llevará (también) por nombre “Erotismo”, Sarduy explicita la importante diferenciación entre lo erótico y lo sexual al señalar que la fuerza o fundón erótica no existiría en las escenas explícitamente sexuales,
“sino en todo su cuerpo, en todo ese margen entre comillas que el libro abre en la franja, más vasta, de la lengua cubana y, precisamente, por estar comprometido en ella, por sintetizarla en el espejo, aunque cóncavo fiel,4 de su reducción. Es el lenguaje en sí, con su lentitud, con su enrevesamiento, con su proliferación de adjetivos, de paréntesis que contienen otros paréntesis, de subordinadas que a su vez se bifurcan, con la hipérbole de sus figuras y su avance por acumulación de estructuras fijas, lo que, en Paradiso, soporta la función erótica, placer que se constituye en su propia oralidad.” (1987: 297)5
De la caracterización que Sarduy realiza sobre lo erótico de Paradiso – paradigma de la escritura neobarroca latinoamericana –, me interesa resaltar: 1) la proliferación y la hipérbole de sus figuras; y 2) que estaría contenido en su oralidad; en tanto refieren, por un lado, a la existencia de ciertos mecanismos de artificialización, como la sustitución y la proliferación del significante planteados en “El barroco y el neobarroco”; y, por otro, lo propiamente erótico: la oralidad, pero no sólo en cuanto a su materialidad (textura, entonación, etc.), sino también en relación a esa lengua cubana que obras como Paradiso y De dónde son los cantantes son capaces de contener, a modo de intertextualidad y/o palimpsesto.
En cuanto al primer punto, cabe señalar la investigación de Krzysztof Kulawik (2001), sobre lo que él llama “la exuberancia discursiva” en la “dimensión textual-erótica”, siendo uno de los pocos que trata el tema erótico en relación a la escritura y los planteamientos teóricos del cubano, más allá de una mera interpretación de la sexualidad y el homoerotismo presente y patente hasta el cansancio, en la obra narrativa del autor, gracias a que el objetivo de Kulawik es determinar si el tipo de relación existente entre la exuberancia sexual (de los personajes) y la discursiva, está determinado por el contenido, por la forma, o si existe una relación simultánea entre ambos. Pero lo que aquí interesa de su investigación, tiene que ver directamente con el tratamiento de dicha “exuberancia”, fundamentalmente por la incorporación del aparato teórico sarduyano, evidenciado en la siguiente descripción:
“la exuberancia discursiva se puede percibir en el empleo de un estilo artificioso caracterizado por una audaz experimentación lingüística, una presencia excesiva de figuras poéticas como la metáfora, la elipsis, la hipérbole; en el empleo de técnicas lingüísticas como la proliferación, la sustitución y la condensación; en el uso paródico de la lengua mediante la polifonía textual, la intertextualidad y la metaficción (…)” (2001; 1 – 2)
Ahora, en cuanto a la oralidad, en tanto soporte de la “función erótica”, en “Soy una Juana de Arco electrónica, actual”, texto escrito en 1985, el escritor cubano, tal como lo evidencia el título, se compara con Juana de Arco, diciendo: “Como la santa guerrera, oigo voces. No me ordenan ningún sacrificio, ninguna oblación de mi cuerpo, de mi persona. Sólo que no escribo más que para esas voces.” (1999: 30) Pues bien, dicha oralidad (cubana, por cierto) de la que hablaba en 1969 para referirse a la obra de Lezama Lima, ahora la vuelve a tratar, pero para hablar de su propia obra: “Todo lo que escribo se presta para la difusión esencialmente vocal. Creo que no sólo mis poemas, sino hasta mis novelas ganan al ser leídas en voz alta.” (1999: 30) - Y esto, más allá de que De dónde son los cantantes en sus comienzos haya sido una pieza de teatro radiofónico-. “¿Por qué la voz, y no la imagen, por ejemplo? La respuesta es muy simple: por motivos puramente eróticos” (1999: 30). Pues, argumenta, es la voz la que capta o no su atención y su erotismo al encontrarse frente a otra persona, a menos que su imagen sea repulsiva, agrega. De esta manera, para el Sarduy de la década de los ’80, lo erótico corresponde a lo que Barthes denominó el grano de la voz: “Una textura, una entonación, una rugosidad, un timbre, un deje: algo que une al cuerpo con otra cosa, que a la vez lo centra, lo motiva y lo trasciende (…).” (1999: 30) Ahora, ¿no es a la voz acaso que Lacan denominó, entre otros, objeto a?

V. El objeto del Neobarroco
La relación entre literatura o, específicamente, teoría literaria y psicoanálisis está presente en casi la totalidad de la obra ensayística de Severo Sarduy, desde Escrito sobre un cuerpo (1969), y su análisis a la obra de Sade y la figura del perverso o “héroe sádico”, a Nueva inestabilidad (1987), donde gran parte del capítulo “Hacia la unificación” estará dedicado a la obra de Jacques Lacan. De esta manera, vemos cómo no sólo son “utilizados” ciertos conceptos como pulsión (de simulación) y gran Otro (A), sino que existen otros como objeto a, objeto parcial y objeto perdido que permiten configurar un cuerpo teórico capaz de determinar los fundamentos o principios de su programa escritural y del “barroco actual”, pues Sarduy se valdrá de dichos términos para hablar del objeto del barroco, un objeto que, determinado por el suplemento, por el excedente de lenguaje, fascina y produce placer. No obstante, en esta oportunidad sólo haré referencia al objeto a, término introducido -e inventado- por Lacan en la década de los ’60, “al profundizar las postulaciones freudianas de objeto perdido del deseo y de objeto de la pulsión” (Peskin; 2004). Específicamente, Lacan lo introdujo en su Seminario sobre la transferencia (1 de febrero de 1961), al referirse al Banquete de Platón (Roudinesco et Plon, 1998; 760). Sin embargo, en el devenir teórico del autor, el concepto fue adquiriendo diversas funciones, por lo que puede ser identificado como causa del deseo, plus de goce y resto, entre otros.
Particularmente el objeto a puede ser entendido como “el objeto deseado por el sujeto y que se sustrae a él, al punto de ser no representable, o de convertirse en “un resto” no simbolizable.” (1998; 759) Es decir, “un objeto que por nominación se hace presente, pero es y seguirá siendo un objeto ausente, una falta” (2004) que, a su vez, sólo puede ser identificada bajo la forma de “éclats” (fragmentos; brillos; explosión; resplandor) parciales del cuerpo.6
En la obra sarduyana, el objeto a preside el espacio neobarroco y, concretamente, se configura como 1) residuo: suplemento de lenguaje, exuberancia discursiva, exceso que trasciende la función comunicativa del lenguaje; y 2) desajuste: “entre la realidad y la imagen fantasmática que la sostiene”, entre “la saturación sin límites, la proliferación ahogante, el horror vacui” y la obra neobarroca (1999; 1251), “reflejo reductor de lo que la envuelve y la trasciende”: “la vastedad del lenguaje que la circunscribe, la organización del universo” (1999; 1252). No obstante, aun cuando este desajuste caracteriza también al barroco, es en el neobarroco donde existe la conciencia de su existencia, y aún así se insiste estructuralmente en él: la práctica del barroco actual se vuelve un juego en función del placer, pero un juego que también devela una crisis del sujeto, en tanto se sabe habitado y constelado por una inestabilidad, por una ruptura y una “carencia que constituye nuestro fundamento epistémico. Neobarroco del desequilibrio, reflejo estructural de un deseo que no puede alcanzar su objeto, deseo para el cual el logos no ha organizado más que una pantalla que esconde la carencia.” (1999; 1252) “Barroco que recusa toda instauración, que metaforiza el orden destruido, al dios juzgado, a la ley transgredida (…)” (1999; 1253)


Bibliografía
Barthes, Roland (1972). “Placer/escritura/lectura”, en El grano de la voz. Entrevistas 1962-1980. Siglo Veintiuno Editores, 2005, Argentina. Pp. 133-149.
_____________ (1974). El placer del texto y lección inaugural. Siglo Veintiuno Editores, 2004, México.
Carreter, Fernando Lázaro (1979). Estudios de poética (La obra en sí). Editorial Taurus, Madrid.
Ducrot, O. y Todorov, T. (1974). Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje. Editorial Siglo XXI, Buenos Aires. En Marchese, Angelo y Forradelas, Joaquín, 1989. Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria. Editorial Ariel, Barcelona. Pp. 324 – 326
Kulawik, Krzysztof (2001). Travestismo lingüístico: el enmascaramiento de la identidad sexual en la narrativa neobarroca de Severo Sarduy, Diamela Eltit, Osvaldo Lamborghini e Hilda Hilst. Tesis para optar al grado de Doctor en Filosofía, Universidad de Florida.
Peskin, Leonardo (2004). El objeto a. Revista "Psicoanálisis: ayer y hoy". Sección Reseñas conceptuales. Nº 2, primavera 2004. En http://www.elpsicoanalisis.org.ar/numero2/objetoa2.htm
Roudinesco, Elisabeth et Plon, Michel (1998). Diccionario de psicoanálisis. Editorial Paidós, Argentina.
Sarduy, Severo (1999). Obra completa. Edición crítica de Gustavo Guerrero y Francois Wahl, Tomos I y II, Fondo de Cultura económica, España.


Notas.-
1 Cabe destacar, que en esta publicación Sarduy le agregó al comienzo el apartado “Economía”.
2 Cabe destacar, que entre ambos escritores existen muchos otros “roces” textuales y conceptuales, explícitos como implícitos. Entre los primeros, por ejemplo, destaca la mención que hace Barthes de Cobra en El placer del lenguaje; la que hace Sarduy en “Erotismo” -escrito en 1973-, al citar un fragmento de “La faz barroca” (1987: 298), y en “Soy una Juana de Arco electrónica, actual” -escrito en 1985- hablar de el grano de la voz de Barthes.
3 El ennegrecido es mío.
4 En relación a esta frase, el mismo Sarduy aclara: “Si he citado el espejo gongorino, aunque cóncavo fiel, es porque en Paradiso ese erotismo pasa por la reflexión o la reducción de la Imagen. La imagen, que en Lezama no es transitiva y cuya única función es la de “imaginar”. (1987: 298)
5 Nuevamente el ennegrecido es mío.
6 www.tuanalista.com/Diccionario-Psicoanalisis/6441/Objeto-a.htm

martes, 2 de octubre de 2012

El señor barroco José Lezama Lima - Jorge Luis Arcos



A diferencia del gran novelista cubano Alejo Carpentier, quien construyó con su impresionante ciclo narrativo una de las imágenes más universales de América Latina, al punto de ser considerado por Harold Bloom acaso el escritor canónico por excelencia de esa parte del mundo, José Lezama Lima continúa siendo una rara avis dentro del imaginario hispanoamericano. El hecho sorprendente de que una importantísima encuesta realizada por la revista Times al concluir el siglo XX situara a su novela Paradiso, en tercer lugar de votos, dentro de la narrativa universal, acrecienta, en vez de disminuir, la extrañeza que le es consustancial a toda su obra. Lezama no influyó, como sí Carpentier y de una manera decisiva, en el llamado boom de la narrativa hispanoamericana. Por ejemplo, novelistas tan universales como Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes reconocen a Carpentier como un antecedente ineludible. En el caso de Lezama, es cierto que la celebridad alcanzada por su novela se debió en parte al favorable contexto de recepción que propició el boom, sobre todo a partir del ensayo de Julio Cortázar, “Para llegar a Lezama Lima”, que incluyó en su libro La vuelta al día en ochenta mundos, donde el escritor habanero aparecía como un raro deslumbrante. Los cinco primeros capítulos de su novela habían aparecido en la revista Orígenes, más un fragmento del último, entre 1949 y 1955, sin ninguna repercusión ostensible. Finalmente, su novela se publica en La Habana en 1966. Es a partir de entonces, y gracias a la crítica inteligente y participante de Cortázar, que la ya dilatada obra de José Lezama Lima comienza a ser reconocida más allá de su contexto insular. Se descubre entonces al poeta acaso más singular del siglo xx iberoamericano, y a un ensayista no menos notable. Sin embargo, su obra continúa ofreciendo una tenaz resistencia, a pesar de que, sobre todo a partir de la década del 80, sucede, tanto en su propio país como en los medios académicos de Europa y Estados Unidos, una suerte de boom hermenéutico de su obra, que nos recuerda aquella entre irónica y melancólica frase suya a propósito del éxito alcanzado por su novela: “Seremos pasto de profesores”. Esto es un buen síntoma, porque prolonga su extrañeza y la concurrente avidez crítica más allá del contexto histórico del llamado boom de la nueva novela latinoamericana. Esa tenaz resistencia aludida se mantiene hasta el presente, acaso porque le es consustancial a su propia obra. En una carta a Cintio Vitier, fechada en 1944, le escribe: “¿Huye la poesía de las cosas? ¿Qué eso de huir? En sentido pascalino, la única manera de caminar y de adelantar. Se convierte a sí misma, la poesía, en una sustancia tan real, y tan devoradora, que la encontramos en todas las presencias”. Y más adelante precisa: “Y no es el flotar, no es la poesía en la luz impresionista, sino la realización de un cuerpo que se constituye en enemigo y desde allí nos mira. Pero cada paso dentro de esa enemistad provoca estela o comunicación inefable”. Se establece así un combate entre el poeta, el poema y la poesía: el poeta en busca de la poesía, que le opone siempre una resistencia, se muestra momentáneamente en el poema pero al cabo huye, desaparece de nuevo, no se deja poseer. Pero fijémonos en que Lezama había dicho que aquella estaba “en todas las presencias”, por donde su avidez poética compromete a toda la realidad. En muchos poemas de Enemigo rumor (1941) se ilustra ese combate, donde el poeta apetece organizar en el poema un cuerpo resistente frente al paso del tiempo frente a la hurañez de la poesía. Así, escribe en “Pez nocturno”: “La oscura lucha con el pez concluye; / su boca finge de la noche orilla. / Las escamas enciende, sólo brilla / aquella plata que de pronto huye”, donde hace más claro, metapoéticamente, el sentido de su famoso poema “Ah, que tú escapes”, donde expresa: “Ah, que tú escapes en el instante / en el que ya habías alcanzado tu definición mejor”. De manera que Lezama se plantea desde un inicio oponer frente a la avidez de la muerte y el tiempo, una avidez equivalente, “una avidez regia” –expresó Cintio Vitier-, una avidez de raíz barroca.

Una de las dificultades que entraña la lectura de su obra reside justamente en su poderoso universo metapoético. Toda su obra, ya sean sus poemas, ensayos, cuentos o novelas, adquieren un sentido primordial, omnicomprensivo, a la luz de lo que él mismo llamó una temeridad, una locura, un imposible: la creación de un sistema poético del mundo. O, como le dice a Cintio Vitier en una temprana carta en 1939, a propósito de una frase de Juan Ramón Jiménez: “seguro instinto consciente”. Dice Lezama: “Yo le llamaría nueva habitabilidad del paraíso por el conocimiento poético. Sabido es que el otro conocimiento fue el que lo hizo inhabitable”. En muy significativo, por cierto, que ese mismo año publique María Zambrano en México (ya la conocía Lezama desde 1936) Pensamiento y poesía en la vida española y Filosofía y poesía, donde la pensadora andaluza expone por primera vez, extensamente, lo que luego configurará, a lo largo de toda su obra, como su razón poética. En todo caso, influjos o fecundaciones aparte o mediante, Lezama se propuso crear con su sistema poético una cosmovisión. Pero repárese en que no se limitó, como sucede en sus ensayos, a describir reflexivamente sus llamadas categorías poéticas o de relación, sino que las desplegó, las encarnó en sus poemas, cuentos y novelas e, incluso, en sus propios ensayos, de tal manera que todas sus creaciones se constituyen en verdaderos “cuerpos vivientes”, a partir de la primordialidad que le confiere Lezama a la imagen. Y aquí se establece el punto de diferencia más importante de Lezama con otros creadores, por ejemplo, con los novelistas hispanoamericanos y con el propio Carpentier.

A partir de su teoría de la imagen, Lezama expone lo que puede servirnos para comprender la raíz barroca de toda su obra. Desde su ecumenismo católico tomista, una suerte de catolicidad incorporativa que linda con la heterodoxia –católico órfico, le llamó María Zambrano-, Lezama parte de las categorías tomistas de la imagen y la semejanza para explicar el centro de su sistema poético. Si el hombre, por el pecado original, y su expulsión del paraíso, perdió la identidad, es decir la semejanza con Dios, sólo le queda la posibilidad de ser imagen. De ahí que, según Lezama “la imagen deba empatar o zurcir el espacio de la caída”. Citando concurrentemente a Pascal dice que si la verdadera naturaleza se ha perdido, todo puede ser naturaleza, esto es, todo puede ser imagen, por lo que la imagen es naturaleza sustituida o se erige en una segunda naturaleza. La imagen será pues, en última instancia, realidad de un mundo invisible, pero que no pierde el vínculo encarnado con la realidad de las apariencias, simbolizadas por la inmensa red de metáforas con que el poeta construye el poema y que aspiran a destilar una imagen, una imagen significativa, lo que él llamó el cubrefuego de la imagen, para que dote de sentido final, último, trascendente, también retrospectivo, a todo el poema. La imagen será la mediadora entre los dos reinos enemistados, intentando borrar aquel dualismo de raíz sagrada, por donde el poeta despliega con su arte de cetrería y con esa resistencia una suerte de conjuro propiciatorio: la infinita urdimbre de metáforas y analogías crean una tensión horizontal dentro del mundo inmanente (tal en la tropología aristotélica) pero para dar de sí otra tensión, esta vertical, anagógica, que completa la cruz, y que culmina con la relación entre lo inmanente y lo trascendente, o, como diría Lezama, entre lo cercano y lo lejano, entre lo telúrico y lo estelar. De ahí que Lezama espere todo conocimiento de la imagen poética, suerte de correlato de la razón o logos poético zambraniano. Lezama se propone llenar aquella carencia, aquel vacío, con su imagen, en este sentido barroca, es decir, frente al horror vacui, Lezama despliega lo que él llama la ocupatio, la incesante de proliferación de imágenes, que acaso halla su paroxismo creador en su poemario Dador. Dice, por ejemplo, Fina García Marruz:

“Esta poesía tachada de oscura, de hiperbólica, de excesiva, nos da de pronto algo poco frecuente en los predios abusivamente líricos de la poesía, la corporeidad de las cosas. Las vemos con una netitud que parece que se toca. No su interpretación, no su comentario, sino su cuerpo que no precisa ser comprendido. ¿Quién comprende a una silla, un frutero, un astro? La costumbre de verlas nos hace olvidar que a veces ellas son una mancha de color para nosotros, el comienzo de un pensamiento que no les concierne o una forma que no significa. En realidad las cosas son endemoniadamente oscuras. A veces nos alargan un brazo, un color o una indiferencia, otras un exceso, una jocosidad inatendida.”

Si a todo esto agregamos su creencia en la sustantividad de las imágenes, que vale tanto entonces para lo conocido como para lo desconocido, para lo visible como para lo invisible, comprendemos entonces otra diferencia importante. La imagen para Lezama no es lo imaginario, lo sustitutivo, lo ornamental, lo indirecto, lo figurado, en fin, un añadido tropológico, un procedimiento retórico, sino lo directo, lo real, lo sustantivo. Cintio Vitier, a partir de sus lecturas de los innumerables comentaristas de Góngora, e inspirándose en la definición que da Alfonso Reyes de la figura retórica catacresis (abuso): nombrar lo que no tiene nombre, en un librito muy importante aunque casi desconocido, Poética (1961), desarrolla la que hasta ahora mismo, al menos para mí, es la aproximación más satisfactoria al fenómeno poético. Allí concluye que: “para las realidades que persigue la poesía, no hay otro nombre que el que ella les da”. Repárese en que el centro mismo de la reflexión que hace Alejo Carpentier sobre la necesidad de un lenguaje barroco para revelar la realidad o singularidad innominada de América, está esa necesidad adánica de nombrar las cosas. Pero no las cosas ya conocidas, sino las otras, las nuevas, las vírgenes, inéditas, desconocidas- Se pregunta Cintio: “¿qué sentido tendría volver a nombrar lo que ya está nombrado? Quiero decir: ¿qué sentido estético y creador? ¿No será que esas cosas del poeta se le aparecen a él, siempre, como islas sin nombres, como realidades, veladas, misteriosas y desconocidas? ¿No será que la poesía, ya en un plano óntico y no retórico, es catacresis esencial, nombrar lo que esencialmente no tiene nombre?” De aquí se derivaría que la poesía es esencialmente un menester de conocimiento, y un conocimiento de lo desconocido. Es muy significativo que en la propia etimología de catacresis aparezca la acepción de abuso, tan vinculada a uno de los procedimientos retóricos del barroco. Y aquí conviene detenerse para tratar de comprender el sentido que le damos al termino barroco aplicado a Lezama Lima.

Acaso él mismo contribuyó en parte a la confusión de la crítica en la que se terminó por diluir el sentido creador, genésico con que empleaba el término barroco José Lezama Lima. De ahí que en dos borradores de una carta a Carlos Meneses, fechados en 1975, ante las preguntas que este le hace sobre el barroco americano, Lezama le conteste con un tono algo excesivo:

“Creo que cometemos un error, usar viejas calificaciones para nuevas formas de expresión. La hybris, lo híbrido me parece la actual manifestación del lenguaje. Pero todas las literaturas son un poco híbridas. España, por ejemplo (...) // Creo que ya lo de barroco va resultando un término apestoso, apoyado en la costumbre y el cansancio. Con el calificativo de barroco se trata de apresar maneras que en su fondo tienen diferencias radicales. García Márquez no es barroco, tampoco lo son Cortázar o Fuentes, Carpentier parece más bien un neoclásico, Borges mucho menos. // La sorpresa con que nuestra literatura llegó a Europa hizo echarle mano a esa vieja manera, por otra parte en extremo brillante y que tuvo momentos de gran esplendor. // La palabra barroco se emplea inadecuadamente y tiene su raíz en el resentimiento. Todos los escritores agrupados en ese grupo son de innegable talento y de características muy diversas. No es posible encontrar puntos de semejanza entre Rayuela y las Conversaciones en la catedral, aunque lo americano está allí. De una manera decidida en Vargas Llosa y por largos laberintos en Rayuela.”

Creo que al final de su vida Lezama reaccionaba -algo excesivamente, advertía- contra esa crítica académica que prefería la facilidad de las comunidades generales a la precisión de las diferencias, de las singularidades. El propio Lezama incorporó del barroco más de un elemento a su práctica escritural, a la vez que defendió, en La expresión americana, el surgimiento de ese señor barroco americano, tan diferente al europeo, aunque sin renegar nunca de su fuente primigenia, sobre todo hispánica. Pero fijémonos en que, a diferencia de Carpentier, que parece extender la necesidad y la presencia de un barroco americano a toda la historia de América, incluyendo la precolombina, Lezama lo ciñe al período de la conquista y la colonización, sin negar tampoco sus antecedentes prehispánicos. El propio Carpentier, acaso movido por la necesidad de fijar su propia poética, trazó una equivalencia demasiado categórica entre lo barroco y lo real maravilloso. Sin embargo, aunque su propia poética conoció de una notable evolución y enriquecimiento a partir del texto inaugural de 1948, su prólogo a El reino de este mundo, alrededor de esa misma fecha, en un texto muy poco conocido, “Tristán e Isolda en Tierra Firme” (1989), había hecho prevalecer como rasgo distintivo de la cultura  hispanoamericana al romanticismo. Escribe entonces: “El hombre hallado dentro y no fuera, lo universal en lo local, lo eterno en lo circunscrito. Ese sistema, ese método de acercamiento, único posible en América, es de pura cepa romántica”, y más adelante: “Nuestro pasado, nuestra historia, son románticos”, aunque en algún momento reconoce que “es en el Nuevo Mundo donde hay que buscar la apoteosis del barroco”. Una lectura atenta de este manuscrito demostrará que, con posterioridad, muchas de sus argumentaciones fueron utilizadas en ensayos posteriores, prácticamente textuales, sólo que cambiando lo romántico por lo barroco. Creo que es precisamente contra esa excesiva generalización contra la que pudo oponerse Lezama, quien también en La expresión americana, dedicó un ensayo entero a nuestro singular romanticismo americano, a veces, con ejemplos semejantes a los de este texto entonces desconocido de Carpentier.

Pero había adelantado que en esa calificación de barroco al gesto creador de Lezama, y que al final de su vida no le complacía, había ayudado en parte el propio creador de Paradiso. En efecto, Lezama no fue para nada ajeno a la revalorización que hizo la Generación del 27 de Góngora. El mismo escribió un importante ensayo, “Sierpe de don Luis de Góngora” (1951), del cual, por ejemplo, extrae el neobarroco Severo Sarduy muchas de sus claridades. Pero la lectura de Sarduy es parcial, limitada a lo que del Góngora lezamiano interesa para su propia poética. Pero el Góngora lezamiano va más allá del cordobés, lo cual sí tiene mucho que ver con la peculiar incorporación creadora, re-creadora, imaginal (no imaginaria), que hacía Lezama de la cultura. Me refiero, por ejemplo, al momento en que, buscando una imposible síntesis, más bien una solución unitiva que perdure como lección creadora para la contemporaneidad, Lezama une a Góngora y a San Juan de la Cruz. Escuchemos ahora uno de los momentos más altos del ensayo iberoamericano en el siglo XX. Dice Lezama:

“Faltaba a esa penetración de luminosidad la noche oscura de San Juan, pues aquel rayo de conocer poético sin su acompañante noche oscura, sólo podía mostrar el relámpago de la cetrera actuando sobre la escaloyada Quizás ningún pueblo haya tenido el planteamiento de su poesía tan concentrado como en ese momento español en que el rayo metafórico de Góngora necesita y clama, mostrando dolorosa incompletez, aquella noche oscura envolvente y amistosa. Su imposibilidad del otro paisaje cubierto por el sueño y que venía a ocupar el discontinuo bosque americano; la integración de las nuevas aguas extendidas mucho más allá de las metamorfosis grecolatinas de los ríos y de los árboles, unido a esa ausencia de noche oscura, negada concha húmeda para el gongorino rayo, llevaban a don Luis enfurruñado y recomido por las sierras de Córdoba. ¡Qué imposible estampa, si en la noche de amigas soledades cordobesas, don Luis fuese invitado a desmontar su enjaezada mula por la delicadeza de la mano de San Juan!”

Y más adelante concluye: “Será la pervivencia del barroco poético español las posibilidades siempre contemporáneas del rayo metafórico de Góngora envuelto por la noche oscura de San Juan” Esta visión creadora de la cultura, esta impulsión recreadora de la imagen hacia lo desconocido, fue lo esencial en Lezama, lo que llevó a Fina García Marruz, en un importante ensayo, “La poesía es un caracol nocturno”, a decir: “Su actitud pareció casaliana, su poesía gongorina, cuando estuvo en realidad más cerca –pese a las obvias diferencias- de Martí que de Casal, como –pese a los obvios parecidos- de San Juan de la Cruz que del racionero cordobés”. Lo que confundió a la crítica fue, como siempre, lo exterior, lo más visible, lo más conocido, lo más generalizable. No se atendió a la descomunal capacidad incorporativa y re-creadora del propio Lezama, aquella que hizo escribir a Cintio Vitier en un juicio memorable de su Lo cubano en la poesía: “Su originalidad era tan grande y los elementos que integraba (Garcilaso, Góngora, Quevedo, San Juan, Lautréamont, el surrealismo, Valéry, Claudel, Rilke) eran tan violentamente heterogéneos, que si aquello no se resolvía en un caos, tenía que engendrar un mundo”. El propio Cintio no rehuye el calificativo de barroco, pero siempre aclarando que se trataba de un barroquismo diferente, singular.

Ya en otro texto he insistido en que solo una lectura superficial puede establecer una equivalencia entre la poesía de Góngora y la de Lezama, pues si aquella soporta ser descifrada hermenéuticamente, como hizo un Dámaso Alonso, la de Lezama se resiste a este tipo de lectura crítica. Su sentido no depende de una posible traducción tropológica, ni una búsqueda, casi siempre infructuosa en su caso, del referente, sino de la gravitación de una imagen final. En este sentido la poesía de Lezama exige una lectura casi literal del poema, quiero decir natural, no literaria, sin por eso dejar de reconocer aquellos significados esclarecedores que nos puede aportar una lectura metapoética, eso sí, acorde con los postulados intrínsecos a su llamado sistema poético del mundo. Debo aclarar que, por ejemplo, de acuerdo al significado que le confiere Cintio a la catacresis, la propia poesía de Góngora puede ser traicionada al descifrarla, al traducirla, pues ninguna lectura puede sustituir a la primera. Esas imágenes gongorinas son reales, es decir, crean esas realidades, furiosamente particulares a la vez que extrañamente simbólicas, resonantes. Por cierto, una lectura en este sentido del culteranismo gongorino puede aportarle a su gesto creador un sentido mucho más trascendente que el meramente literario, con ser este tan importante. Pero regresando a Lezama, y como demuestra, por ejemplo, en La expresión americana, su conocimiento del barroco español no se detenía en sus grandes figuras sino que alcanzaba a sus poetas llamados menores, algo que desconcertó a Karl Vossler cuando lo conoció en La Habana. No por casualidad Lezama defiende la necesidad de la existencia de esa llamada poesía menor en la poesía hispanoamericana –llega a hablar de “ese malo poeta imprescindible” o “necesario”-, incluso de la llamada poesía popular. Basta la lectura de La expresión americana para borrar esas acusaciones de cultismo, etc., de que fue objeto Lezama. Incluso, con esa pista, acaso podamos entender mejor cierto despojamiento culterano, preciosista que fue acusando su poesía con el tiempo, y que lo llevaron a acceder a una visión de la poesía casi natural, salvaje, quiero decir, no afincada en lo meramente literario. De ahí, y no de un exceso de amaneramiento barroco, se deriva ese barroquismo áspero, incluso feo, tan suyo, tan alejado de un lirismo fácil o lindo–para el que estaba, por otra parte, tan dotado-, como se explaya, por ejemplo, en Dador, y que contrasta con el de sus primeros libros, Muerte de Narciso (1938) y Enemigo rumor (1941). Y aquí tendríamos que regresar al juicio ya citado de Fina sobre Dador (1960). Incluso, en su poemario póstumo, Fragmentos a su imán (1977), con título ya barroco, integrador, unitivo, Lezama crea, para el que sepa leer, otro barroco, esta vez íntimo, confesional, el “barroco carcelario”, muy condicionado por las trágicas circunstancias en que transcurrió el final de su vida.

Pero hecha esta larga introducción, porque de eso se trata, acerquémonos ahora a algunos de los contenidos más incitantes de su libro La expresión americana (1957). Lo primero que debe condicionar nuestra lectura es su noción de la visión histórica en contraposición al tradicional sentido histórico, y, a la vez –y para ello se hace necesario la lectura de otro libro suyo, La cantidad hechizada (1970)-, la formulación lezamiana de las eras imaginarias, que todavía en La expresión americana son denotadas como “entidades naturales o culturales imaginarias”, que, por cierto, como arguye Fina García Marruz, debió llamar imaginísticas o imaginales, para precisar aún más la preeminencia de la imagen por sobre lo meramente imaginario, ambos conceptos inseparables de los contenidos metapoéticos de su llamado sistema poético del mundo, desplegado en estos y otros libros suyos, Analecta del reloj (1953) y Tratados en La Habana (1958). De ahí la inicial dificultad que puede entregar una lectura parcial de la obra lezamiana.

Lo primero sobre lo que queremos llamar la atención en la lectura de La expresión americana es en la cualidad simultáneamente poética y narrativa de estos ensayos. Cuando digo poética no me refiero a las cualidades líricas de su lenguaje sino a que a menudo sus juicios y valoraciones reflexivas se ofrecen desde el conocimiento que le es inherente a la imagen, algo muy diferente, por ejemplo, del estilo reflexivo de Alejo Carpentier, en este caso muy cartesiano. Asimismo, el ensayista se vale muchas veces de personajes –él mismo los califica como “el sujeto metafórico”- reales o simbólicos: Fray Servando Teresa de Miers (en quien, por cierto, basó su más perdurable novela Reynaldo Arenas), Francisco Miranda, Simón Rodríguez, José Martí, o el señor barroco, el señor estanciero y el desterrado romántico. De Martí llega a hablar como “señor delegado de la ausencia”. También habla de “los grandes encalabozados, los desterrados galantes, los misántropos huidizos, los inapresables superiores de veras” del siglo XIX americano. Es la imagen la que guía sus reflexiones, a veces dramatizadas por ese cambiante “sujeto metafórico”. Es, en última instancia, lo que preconiza en “Mitos y cansancio clásico”, ensayo que sirve como introducción y deslinde teórico de ciertas posiciones que le fueron contemporáneas de Splenger, Toynbee, T. S. Eliot, Nietzsche, incluso Hegel, con relación a una interpretación de las culturas en la historia, al decidirse por la proposición de Ernest Robert Curtius: una técnica de ficción. Dice: “Nuestro método quisiera acercarse a esa técnica de la ficción, preconizada por Curtius, que al método mítico crítico de Eliot. Todo tendrá que ser reconstruido, invencionado de nuevo, y los viejos mitos, al reaparecer de nuevo, nos ofrecerán sus conjuros y sus enigmas con un rostro desconocido. La ficción de los mitos son nuevos mitos, con nuevos cansancios y terrores” Y enseguida advierte: “Si una cultura no logra crear un tipo de imaginación, si eso fuera posible, en cuanto sufriese el acarreo cuantitativo de los milenios sería toscamente indescifrable”

Se debe reconocer que no otra perspectiva, aunque no tan presente en sus ensayos como en algunas de sus novelas, guía la perspectiva narrativa de Alejo Carpentier. Es muy interesante que esa lectura imaginal lezamiana lo lleve a conclusiones muy revolucionarias, muy singulares, sobre la expresión americana. No se olvide que en la primera mitad del siglo XX, hasta avanzada la década del 50, se desarrolló tanto en España como en América Latina la preocupación por las culturas e identidades nacionales, de ahí la búsqueda de una españolidad, mexicanidad, argentinidad, peruanidad, cubanidad, y, concurrentemente, la preocupación por una expresión americana, preocupación esta última que se desarrollaría aún más a partir de la década del 60 como la búsqueda de una identidad latinoamericana. De ahí incluso las polémicas en torno a la especificidad o no de una teoría de la literatura hispanoamericana, etc. Llamo rápidamente la atención sobre todo esto para comprender el contexto epocal en que Lezama escribe La expresión americana. Ya el propio Lezama, en su Coloquio con Juan Ramón Jiménez (1937) había desplegado su teoría de “una insularidad poética” que, dice, “no rehuye soluciones universalistas”, porque entonces quería separarse de cierto énfasis en los componentes raciales. Finalmente aboga por la solución que guió toda la aventura origenista: “la ínsula distinta en el cosmos o, lo que es lo mismo, la ínsula indistinta en el cosmos”, y que tuvo en un libro como Lo cubano en la poesía, de Cintio Vitier, su ejemplo más profundo y polémico. Hay que insistir en que su perspectiva final, la que encarnó en las llamadas eras imaginarias, fue universalista, sin olvidar por ello los aportes concretos de lo nacional o incluso regional. Dice Lezama:

“No basta que la imagen actúe sobre lo temporal histórico, para que se engendre una era imaginaria, es decir, para que el reino poético se instaure. Ni es tan sólo que la causalidad metafórica llegue a hacerse viviente, por personas donde la fabulación unió lo real con lo invisible (...), sino que esas eras imaginarias tienen que surgir en grandes fondos temporales, ya milenios, ya situaciones excepcionales, que se hacen arquetípicas, que se congelan, donde la imagen las puede apresar al repetirse. En los milenios, exigidos por una cultura, donde la imagen actúa sobre determinadas circunstancias excepcionales, al convertirse el hecho en una viviente causalidad metafórica, es donde se sitúan esas eras imaginarias. La historia de la poesía no puede ser otra cosa que el estudio y expresión de las eras imaginarias”

No obstante, en un ensayo muy posterior a La expresión americana (1957) y a sus ensayos sobre la eras imaginarias, “Imagen de América Latina” (1972), Lezama reconoce que “Lo que hemos llamado la era americana de la imagen tiene como sus mejores signos de expresión los nuevos sentidos del cronista de Indias, el señorío barroco, la rebelión del romanticismo”. No es ocioso tampoco señalar que uno de los mejores conocedores de la narrativa cubana; Roberto Friol, no vacila al afirmar que “Paradiso es (...) un fruto del barroco americano”. Otros críticos han discurrido incluso sobre el manierismo lezamiano.

Lo que en última instancia propone Lezama es una interpretación no meramente racionalista o historicista, también le llamará causalista, de la historia. Con su lectura imaginal, con su defensa de una visión histórica contra un sentido histórico, Lezama trata de liberarse de una lectura horizontal, diacrónica, para proponer otra vertical, sincrónica. Trata de captar aquella historia significativa, no apócrifa, como diría María Zambrano. Justamente al releer la historia desde una perspectiva no sólo racionalista sino poética, Lezama, como también quiso la Zambrano, pretende igualmente rescatar toda una historia marginal, sumergida, oculta. De esta manera trata de apartarse de ciertas valoraciones pesimistas sobre la historia y las culturas en general, a la vez que zafarse de ciertas miradas eurocentristas a la hora de interpretar las singularidades de la historia de América. Por eso precisa: “He ahí el germen del complejo terrible del americano: creer que su expresión no es forma alcanzada, sino problematismo, cosa a resolver. Sudoroso e inhibido por tan presuntuosos complejos, busca en la autoctonía el lujo que se le negaba, y acorralado entre esa pequeñez y el espejismo de las realizaciones europeas, revisa sus datos, pero ha olvidado lo esencial, que el plasma de su autoctonía, es tierra igual a la de Europa”. Juicio donde también parecen resonar posteriores ecos carpenterianos. Es muy curioso cómo durante al menos dos décadas , la del 60 y 70, se privilegiaron ciertos ensayos de Carpentier, sin duda de verdadero valor, y se obviaron estos anteriores de Lezama. Pero esto ya nos abocaría a otra historia. Por lo demás, como demuestra aquel texto ya comentado, “Tristán e Isolda en Tierra Firme”, muchas preocupaciones de Lezama y Carpentier fueron coincidentes, si bien en Lezama, por su mayor poeticidad, queda siempre como un más allá, un sin fin de insinuaciones, de potencialidades, que no puede albergar el discurso más puramente racional de Carpentier. Acaso habría que plantearse –cosa que no podemos ni siquiera esbozar aquí, por su dilatada dilucidación-, junto a la contraposición, ya bastante asediada por la crítica, de los términos “lo real maravilloso” carpenteriano y el realismo mágico, profusamente aplicado a García Márquez, de estos a la luz de otro equivalente de Lezama: “lo maravilloso natural”, más apegado al sentido ya enunciado de la imaginización de lo real. Asimismo, tanto Carpentier, como Lezama, aunque desde diferentes miradores críticos, incorporaron el surrealismo a sus respectivas cosmovisiones y prácticas escriturales, a la vez que de distinto modo guardaron una distancia crítica de sus consecuencias.

Se ha debatido mucho sobre cierto pesimismo que late, al menos como posibilidad, en la visión de la historia carpenteriana desarrollada en sus novelas. En este sentido, Lezama es más optimista, al menos por el resguardo de su ontología religiosa, que le hace oponer frente al tiempo y la muerte la imagen de la resurrección. Lezama es un apocalíptico positivo. Ya se sabe que Lezama, frente a la idea de Heiddeguer del hombre como un ser para la muerte, esgrime su confianza en el poeta como el creador de una causalidad para la resurrección. Por eso confía, en última instancia, proféticamente, en la encarnación futura de la poesía en la historia: la imagen como una partera de realidades y de actos. Y es por este sentido trascendente que Fina García Marruz, en un libro que se ha tornado muy polémico en Cuba, La familia de Orígenes, establece una tajante diferencia entre el sentido del barroquismo lezamiano y el neobarroco de un Severo Sarduy, quien incluso trató de presentar a Lezama como un neobarroco, y a sí mismo como su heredero. Acaso Fina sea muy categórica, en tanto ningún argumento ideológico puede negar ninguna práctica escritural. Ni siquiera, en literatura, un argumento, una opción cosmovisiva, pueda negar la validez o al menos la legitimidad de otra diferente. Pero lo que sí es evidente es la distinta percepción, ya no sólo de lo barroco, sino del mundo, que detentan Lezama y Sarduy. No es un secreto que este último se ha considerado siempre un discípulo de Lezama, pero habrá que convenir también en que es un discípulo que se desvía creadoramente de su maestro a través de eso que denominó Bloom como una mala lectura. Fina, que acaso no ha leído toda la obra reflexiva y narrativa de Sarduy, se basa en una “Entrevista de el inventor del neo-barroco Severo Sarduy con Jorge Fontefrider”, publicada por el Diario de Poesía, en Buenos Aires, en 1981. Allí expresa Sarduy que “Cuando yo utilizo la pacotilla del drug-store de Saint German des Pres, textos canónigos del budismo tibetano, imágenes que hallé en Bombay, recetas de cocina china y cubana, todo está en el mismo nivel, no hay perspectiva ideológica y religiosa”. Luego habla de su tendencia al “aplanamiento”. Ciertamente, y no sólo por los argumentos de Fina, es obvio que hay una diferencia de raíz entre Lezama y Sarduy. Ya Lezama, en un texto muy anterior, “Mann y el fin de la grandeza”, fechado en 1955, había dejado muy clara su posición frente al pesimismo histórico, igual que lo hace en La expresión americana. En aquel ensayo expresa:

“Desconfiamos de la posiciones crepusculares, de su pesimismo en las artes, pero es innegable que nuestros días conllevan una crisis de lo germinativo. Parece una sustancia, que cansada de soportar su antítesis, comienza a extinguirse. Muchos signos de nuestra época están llenos de que es su propio soporte el que se doblega, y que los movimientos en las artes y en el pensamiento actuales estaban ya revertidos en sus precursores. ¿Podría alcanzar el existencialismo una elevación más poderosa que en Pascal o en Kierkegaar? ¿Podrá el arte abstracto realizar más que en Klee o en Kandisky? No lo creemos, y un arte que nace ya abarcado o contenido por sus precursores, se convierte en mera ilustración de sus fichas eidéticas. Así también la novela, al abrir su compás en una forma tan desmesurada que comprende en un solo signo las situaciones espaciales y el dominio de lo temporal, entra también en la crisis de la región que tiene que atravesar o descubrir. Gérmenes, orígenes, plasmas nuevos tienen que ser descubiertos por la nueva novela después de Proust, de Joyce o Mann. Y los atisbos que se muestran parecen muy alejados de toda esa grandeza.”

Pero, además, para Lezama, como expresa en el último ensayo de La expresión americana, “Sumas críticas del americano”, parece haber una salida –y repárese en que el término “americano” incluye para Lezama a Norteamérica, como demuestra cuando elogia a Melville y a Whitman, y expresa: “instauran en pleno siglo XIX, la era de los hombres de los comienzos”. Esa salida, esa esperanza se avienen con una imagen completamente suya: la del espacio gnóstico americano. Espacio “abierto”, precisa. “Las formas congeladas del barroco europeo-continúa-, y toda proliferación expresa un cuerpo dañado, desaparecen en América por ese espacio gnóstico, que conoce por su misma amplitud de paisaje, por sus dones sobrantes. El sympathos de ese espacio gnóstico se debe a su legítimo mundo ancestral, es un primitivo que conoce, que hereda pecados y maldiciones, que se inserta en las formas de un conocimiento que agoniza, teniendo que justificarse, paradojalmente, con un espíritu que comienza”. Es conveniente, para comprender estas ideas recordar la importancia que tiene dentro de la cosmovisión poética lezamiana la noción del nacimiento, de la inocencia –Cortázar habla, por ejemplo, de un barroco inocente en Lezama: “Su expresión es de un “barroquismo original (de origen) por oposición a un barroquismo lúcidamente mis in page como el de un Alejo Carpentier”, precisión que, por cierto, agradó a Lezama- y, por último, de la resurrección, para Lezama, la mayor imagen creada por el hombre. De ahí que se detenga justamente en el momento de crisis europea que coincide con el llamado descubrimiento de un mundo nuevo, y exprese: “Sólo en ese momento América instaura una afirmación y una salida al caos europeo. Pero un nuevo espacio que instaure un renacimiento sólo lo americano lo pudo ofrecer en su pasado y lo brinda de nuevo a los contemporáneos”. Luego añade: “hemos ofrecido inconciente solución al superconciente problematismo europeo”. En definitiva, lo que hay de barroco en Lezama, más allá de las precisiones sobre su estilo, su “sintaxis barroca”, su “poética del exceso”, su manierismo, etc., es su lección genésica, creadora, su poderoso poder incorporativo, abierto, inteligente, conocedor, todas cualidades de ese espacio gnóstico, capaz de incorporar una cultura anterior y recrearla, vivificarla, acaso porque, como arguye Fina: “Lo realmente nuevo no es nunca ni una continuación sin nacimiento ni una brusca ruptura, sino un encuentro, algo que realiza las potencialidades de lo anterior”. Por eso Lezama siempre desconfió del espíritu de ruptura del vanguardismo, de la lucha generacional, y opuso una resistencia frente a cualquier fuerza de desintegración, a la vez que apostaba por la concurrencia, por la integración, por la resurrección, por un nuevo nacimiento. Por eso pudo escribir: “y otra vez la eternidad”. Acaso sea hasta superfluo intentar calificar a Lezama como un escritor barroco. Es cierto que siempre apelamos a lo conocido para nombrar lo desconocido. Y la obsesión de Lezama fue justamente lo desconocido, lo imposible, lo invisible. Al final de su vida, añoró en su último poema, “El pabellón del vacío”, perderse en el tokonoma, un pequeño vacío en la pared, según una antigua tradición japonesa, para acceder a un tiempo otro, ubicuo, un tiempo sin tiempo, imagen de la eternidad. Pero el pensamiento que quizás más nos incita es cuando expresa que él pertenece a “la gran tradición, la verdaderamente americana, la de impulsión alegre hacia lo que desconocemos”.