miércoles, 29 de julio de 2015

Neo-No-Barroco o barrococó: Hacia una perspectiva menos inexacta del neobarroco - Eduardo Espina


Resumen
Este ensayo analiza las nociones estéticas principales que definen la llamada poética neobarroca. Al respecto, presenta elementos para justificar la utilización de los vocablos neo-no-barroco y barrococó en vez de “neobarroco”, por considerar a este término erróneo, pues proyecta la idea –por el uso del prefijo– que es descendiente directo del barroco español, algo que es una verdad incompleta. La relación del neo-no-barroco/barrococó con la idea fundacional del Romanticismo, de que la poesía debe pensar sobre el pensamiento, es obvia y sin embargo no ha sido debidamente analizada. Por lo tanto, al haber una reconfiguración etimológica de la estética asociada con la dificultad y la superposición de escollos retóricos que le exigen al acto de la lectura una mayor concentración, la poética neo-no-barroca o barrococó podrá alcanzar una más exacta definición y permitirá incluir voces poéticas hasta ahora no consideradas neobarrocas.

Por carecer de un término preciso para definir y tratar de entender el complejo y desconcertante tiempo histórico y estético situado entre ambos siglos, el XX y XXI, y lo que vino después –donde estamos–, la crítica ha recurrido al término neobarroco a la hora de determinar todo aquello que supuestamente genera dificultad de comprensión o presenta una versión fragmentada y expansiva de la realidad, sea empírica o literaria. El término, de extraordinaria ubicuidad, tiene hoy en día tanto uso como en un momento –décadas de 1980 y 1990– lo tuvo la palabra “posmodernidad”. Sufre el mismo manoseo. Si algo no se entiende, es llamado “neobarroco”. Ante cualquier espesor o lugar a dudas de difícil acceso mediante el raciocinio, se recurre con gran liviandad a la polifuncional locución. Por ejemplo, al menú de un restaurante que por ser fusión de distintas gastronomías hace inclasificable al tipo de cocina, se le llama “neobarroco”; un tipo de indumentaria prêt-à-porter que mezcla indiscriminadamente tendencias es considerada “neobarroca”; a un rascacielos donde estilos pasados y presentes coinciden sin una funcionalidad precisa se le denomina “neobarroco” (se utilizó el término para referir a la arquitectura de Frank Gehry), etc.
Hasta los medios informativos y las redes sociales se han apropiado antojadizamente del vocablo, lo han avasallado. Y como si el uso viral del mismo fuera poco, la exageración reiterada ha llevado a articular una clasificación imprecisa y espuria, esto es, a suponer que el neobarroco literario desciende directamente del barroco español, y que el neobarroco latinoamericano habría tenido un comienzo en cierto momento del siglo XX y también un único iniciador (José Lezama Lima). Nada más inexacto y apresurado que ambas reducciones. Se ha ido por el camino más fácil. Por la tangente. El presente ensayo busca aportar, por lo tanto, una perspectiva más próxima a los reales ingredientes discursivos, al repertorio unificador de la única escritura original de nuestra época, una que tiene infinidad de procedencias, perspectivas y resoluciones formales, y presenta asimismo características vinculantes y comunes a determinadas prácticas de escritura poética ocurriendo en nuestro tiempo de manera simultánea.
Tal pareciera –y el presente de indicativo podría con facilidad sustituir al subjuntivo– que el neobarroco está de moda. El siglo XXI comenzó bajo el aura de ese ímpetu. Hasta la crítica marxista le presta atención al fenómeno. Por consiguiente, si para que fuera tema de estudio mejor tratado el neobarroco debería pasar de moda, entonces, bienvenido eso. Aunque, dadas las circunstancias, y considerando que por ser residentes de una muy vigente “era neobarroca” eso difícilmente vaya a suceder, convendría afinar el oído para interpretar la melodía de la época de acuerdo a su tono y no a la interpretación incompleta que se le pueda ocurrir al escucha. En carta fechada el 28 de noviembre de 1914, y escrita en respuesta a un amigo que le había enviado los poemas “Helian”, “Kaspar Hauser Lied”, y “Abendland” de George Trakl, Wittgenstein, a quien la poesía de Rilke le parecía artificial, afirmó: “Le agradezco por el envío de los poemas de Trakl. No los entiendo, pero su tono me pone feliz. Es el tono del hombre verdaderamente genial” (Von Ficker 53). Pues, muy simple, se trata de eso; de acceder con argumentos válidos al “tono” detectado de una genialidad que no necesita ser comprendida, pero que es propia, intransferible, de una forma de escritura que tiene confianza absoluta en el lenguaje y en su alcance más allá de la comunicación inmediata. No en vano, una y otra vez oímos al yo del lenguaje adquirir su personalidad, recuperar una capacidad elocutiva anterior o no existente, la cual confirma la “desaparición elocutiva del poeta” a la que hacía referencia Mallarmé.
Verdadero mecanismo de reanimación que le ha permitido al idioma dar un paso adelante, el neobarroco, al que de aquí en más convendría llamar neo-no-barroco o barrococó para otorgarle más precisión a un ente estético impreciso y absorbente, es el sitio efusivo donde ir a escuchar lo indecible. La poesía como neolengua y retrato oblicuo de la escritura; con sus consecuencias preferibles, con su afán por llevar la expresividad hasta las últimas consecuencias, impone una profundidad exterior, una excepcionalidad al alcance de lo inadecuado, según la cual el raciocinio pasa a tener representatividad limitada. Triunfan las bifurcaciones con trayectoria a cualquier recoveco del pensamiento; el enmascaramiento, la sobredeterminación. También, la reconstrucción en dirección opuesta de las palabras, tal cual consiguen ser una vez libradas de su condición de intermediarias de un posible mensaje y de una comunicación específica, pasando ahora a moverse mediante sustituciones sintácticas sin causalidad. En medio de una distorsión poética acústica saturada de riffs, afín a la del rock heavy metal (pero con mucho de jam session), de una dicción polifónica a la cual le salen acontecimientos, lo sublime emerge como preservación de efectos y suma de intervenciones en la incertidumbre. A esa experiencia radical del habla los estadounidenses la llamarían “experimental”, performativa. Recurrirían al vocablo acumen: el punto de vista tiene la capacidad para existir por su propia cuenta.
En el que fue denominado “Primer Encuentro de la Poesía Neobarroca”, organizado por el poeta colombiano Armando Romero, realizado con gran asistencia de público en la Universidad de Cincinnati en 1988, varios años antes de que se publicara Medusario: muestra de poesía latinoamericana  (1996), y en el que participaron como poetas invitados José Kozer, Roberto Piccioto y quien esto escribe, Samuel Gordon, catedrático de poesía contemporánea de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y uno de los primeros en destacar que la novedad neobarroca se extendía por distintas partes del continente hispano-hablante con incontenible furor, afirmó, en lo que es hoy una frase de marca registrada: “Atacan tanto al neobarroco pues temen que entre al canon; pero los ataques llegan tarde; el neobarroco ya entró al canon”. La profética afirmación de Gordon vino a quedar demostrada en la realidad de los hechos permanentes cuando en 2012 se publicó la cuarta edición del Princeton Encyclopedia of Poetry and Poetics, y en la cual el término “neobarroco” tiene su propia entrada (páginas 927 y 928).
Desde la aparición del boom de la novela latinoamericana, en la década de 1960, ninguna otra expresión referida a la literatura latinoamericana había recibido un destaque similar en dicha enciclopedia. El neobarroco quedaba confirmado como el modernismo de nuestra época, una convergencia de poéticas en diálogo mutuo. Tal cual la más prestigiosa publicación en el mundo de términos literarios lo atestigua, el neobarroco ha entrado en el vocabulario crítico de la academia y es parte irrefutable del canon. Las revoluciones difícilmente pueden ser institucionalizadas (el Partido de la Revolución Institucional, el PRI mexicano, quizá sea la excepción o el colmo, depende de cómo se lo vea), pero las revoluciones lingüísticas de orden literario pueden tener presencia destacada en las ordenaciones taxonómicas de raigambre académica, designadas para entender un determinado periodo de la historia y una manera de escribir con su propio peso. Gertrude Stein dijo en 1926 que el creador de la “nueva composición en las artes es un proscripto hasta que es un clásico, sin que difícilmente haya un momento en medio”. Pues, bien, sin que hubiera habido “un momento en medio”, el neobarroco ha dejado de ser y de estar “proscripto”.
Sin embargo, más allá de su tan frecuente uso, el término neobarroco ha sido víctima reiterada de la arbitrariedad etimológica y del destrato retórico cercano a la ignorancia en acción (producto de esta). Posiblemente la ignorancia y las lecturas de superficie hayan sido cómplices para conformar un espectro de interpretaciones erróneas, inexactas, y para peor, peligrosamente generalizadoras. Hablar de neobarroco hoy en día implica activar una vaguedad, darle cabida a un término en fuga. La definición –algo también muy cuestionable– solo podría aceptarse para detectar y advertir “lo que no es”; para distanciarse de obras y poetas que no son neobarrocos, que nunca lo fueron, y que sin embargo más de uno se animó a etiquetar de esa forma, por haber notado ciertos gestos afines a la fachada de su escritura. De noche todos los gatos son pardos. Algo así. Pero cuidado.
Pablo Neruda no es neobarroco (le hubiera gustado, pero su adicción a las metáforas lo afectó); Vicente Huidobro no lo es; tampoco Jorge Luis Borges (es barroco en sus ensayos, un Baltasar Gracián moderno, también en el cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, aunque hablara con desprecio de toda literatura donde hubiera “barroquismo”); no es neobarroco César Vallejo (solo y en parte lo es en Trilce, en el resto su lacrimoso sentimentalismo es de bolero); Oliverio Girondo ejerce una escritura neobarroca en cuotas y de manera acotada (aunque por el furor entusiasta que recorre su obra debería ser considerado miembro privilegiado del elitista club), y Julio Herrera y Reissig y José Lezama Lima, claro está, pueden ser considerados referentes neobarrocos en épocas diferentes, cada uno con distinto arsenal sintáctico y retórico, por más que el poeta cubano suele ser presentado como supuesto iniciador de lo neobarroco “latinoamericano”, tal vez por el gran trabajo de ‘branding’ que hizo Severo Sarduy.
Herrera y Reissig y Lezama Lima provienen del barroco español (sería una majadería intentar argumentar lo contrario), pero ambos pasaron como esponjas en actividad por la poesía francesa del siglo XIX, que con Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont y Mallarmé inventaron un habla furiosa nada renuente, a la que se le fueron agregando luego nuevos componentes, siendo precisamente eso lo que ha hecho la poesía posterior añadir ingredientes, tal como lo hizo la de la primera modernidad, incluida la anglosajona (algo que la crítica inglesa y estadounidense suele olvidar con frecuencia), pues T. S. Eliot, el primer poeta moderno en lengua inglesa (“The Love Song of J. Alfred Prufrock” se publicó en 1915), es descendiente directo, primera generación, de Jules Laforgue, y así sucesivamente, para atrás y para adelante.
Herrera y Reissig conoció y tradujo antes que nadie a Saint Pol-Roux (uno que se le pasó a Rubén Darío, quien conoció a Lautréamont, pero lo leyó mal o no quiso leerlo bien), considerado el “padre del surrealismo” por André Breton y el grupo surrealista. Herrera y Reissig (1975-1910), un desquiciado intencional, vio en el inconsciente, que por esa misma época desvelaba a Freud, a un amigo ideal para revitalizar el habla de la mente, pero justo cuando estaba por seguir descubriendo territorios verbales inéditos se murió muy antes de tiempo, dejando a medio terminar una obra prevanguardista y neobarroca. Sin haberlos nunca usado, fue el precursor de los prefijos modernos.
Doce años después de la muerte de Herrera y Reissig, César Vallejo radicalizó en Trilce la tarea de desmantelamiento y reversión iconográfica, retórica y sintáctica dejada inconclusa por Herrera y Reissig (por más que “La Torre de las Esfinges”, primer monumento neobarroco de la poesía latinoamericana, pueda verse como un logro fenomenal y acabado), algo que el propio poeta peruano reconoció en carta a su compatriota, el poeta Xavier Abril. Vallejo amortizó con continuidad de ruptura la deuda contraída con las invenciones, sobre todo en el plano sintáctico y prosódico, del poeta uruguayo, quien llevó al torrente verbal del inconsciente –y su relación con la vida onírica– en un vertiginoso viaje de solo ida por la empinada montaña rusa. Lezama Lima, en cambio, nunca entendió bien al surrealismo, incluso lo vio con reiterado desdén, habiéndose aproximado en esa misma época, cosa aún inaudita y difícil de aceptar (incomprensible), más a la poesía de Juan Ramón Jiménez que a la de Antonin Artaud, por ejemplo. Que alguien, si puede, lo explique.
En fin. Por lo tanto, ¿de qué hablamos cuando hablamos de “neobarroco? ¿A qué le llamamos “neobarroco”? El término engaña por una cuestión de fondo: hace creer, por ejemplo, que la poesía neobarroca, surgida en el Río de la Plata a principios de la década de 1980 (con casos muy contados con la mano) y cuyos puntos de afinidad en el continente americano eran las poéticas de José Kozer (cubano viviendo en Nueva York) y Gerardo Deniz (español viviendo en la Ciudad de México), es decir, escribiendo “lo mismo” en otras partes, esa poesía pues, que rápidamente fue metida en la bolsa de lo inclasificable y considerada parte de un “movimiento” literario aunque no lo fuera (nunca se escribió un manifiesto, tal como hicieron los surrealistas), provenía directamente del barroco español. Si bien hay vasos comunicantes con parte del barroco español y con barrocos en otras lenguas (el trato riguroso de la sintaxis, la eufonía, los ritos prosódicos), el resultado final incluía orígenes diversos, como también propósitos indeterminables y de dispersa multiplicidad, la mayoría sin relación alguna con el barroco español.
Considerados los antecedentes, y por respeto a una definición menos anfibia del fenómeno literario y sus especificidades, cabría tal vez, mejor dicho, convendría, hablar de neo-no-barroco o barrococó, en vez de neobarroco para definir el espectro en constante aparición y disolución de una poética multiforme y coral que atraviesa el lenguaje como excavadora y máquina demoledora, convencida de que solo al “otro lado” de las palabras la mente tiene algo para decir y va a decirlo como quiere, sin sentirse responsable de la “comunicabilidad” o no de las palabras elegidas para interpelarla. El emprendimiento de interpretación saca de quicio a cualquier intento por hallar significado donde no es cuestión de que lo haya o no, sino que siempre hay más de uno. En ese plus de desbordes, pero también de autocontención (en la fina línea en medio corre la veta neo-no-barroca: al exacerbar su cometido, el lenguaje se intelectualiza). Todo pasa por la mente, por lo que la poesía pasa a ocuparse del todo justo cuando está pasando.
En esta acometida de la simultaneidad, esto es, en el desafío por acomodar el habla a todo lo que le ocurre cuando entra en actividad, resulta imposible resumir la totalidad del pensamiento en un solo punto de vista. ¿No fue eso mismo lo que hicieron, por nombrar solo a algunos, Hieronymus Bosch, Pieter Brueghel, Giuseppe Arcimboldo, Arnaut Daniel, Maurice Scève, Lautréamont, Robert Browning (en Sordello), Lewis Carroll, Alban Berg, Arnold Schoenberg –de cuyas composiciones Janik y Toumlin afirmaron que “representan ataques en contra de la pseudosofisticación del esteticismo burgués” (66)–, o el cine de David Lynch, sobre todo su filme Inland Empire? ¿Son considerados neobarrocos? No. Entonces, ¿deberían ser considerados? Por qué no. ¿Por qué no ir para el otro lado y agregarle al neobarroco otras acepciones terminológicas, otras prácticas estéticas lindantes o análogas? ¿Por qué no darle un nombre más receptivo a desvíos y variaciones que lo sitúe en su real dimensión en el siglo XXI, por donde transita esparciendo su aura como sinónimo de “hálito de la época”?
Aunque neo-no-barroco o barrococó resulten términos más propicios para contener en su multiplicidad de opciones formales la poética a consideración, al mismo tiempo el presente destaca que cambiarle en estos momentos el nombre al producto, y dejar de llamarlo neobarroco, sería una mala idea. Después de haber llegado al Princeton Encyclopedia of Poetry and Poetics sería contraproducente. Además, la palabra “neobarroco” es una señal identitaria de un determinado momento de la historia, con tan amplio uso como rock and roll. Sin embargo, al mismo tiempo mantener la etiquetación, tan imprecisa en contenido y procedencia, podría acelerar el proceso de desgaste anfibológico y acuñar un vocablo similar a, por ejemplo, “supermercado”, en el cual formas y argumentos diversos conviven en una forma excesivamente democrática, favoreciendo a fin de cuentas la indefinición y el todo vale denominativo. El neobarroco es hoy un ente, un camaleón etimológico, al que no es fácil entrar ni salir con una definición precisa, por más que la mayoría sepa de qué hablamos cuando hablamos de neobarroco. Es una especie de alien que genera réplicas, siendo la mayoría de ellas falsas impostaciones, copias no certificadas de lo que no es, pero podría llegar a ser. A diferencia de la tan repetida premisa de Marshall McLuhan, “el medio es el mensaje”, aquí “el lenguaje es el mensaje”. La fe en este, en el lenguaje, hizo del neobarroco una teología carente de sustitutos.
El neobarroco es la aceptación de todo lo que no puede ser de otra manera, y como esa certeza salta rápidamente a la vista (la estrategia de ocultación de evidencias es una de las bases de esta poética) conduce a una intolerable generalización de la forma de ver las formas, de ocupar el sentido del sinsentido. No obstante, pese a la invitación que la escritura mantiene permanentemente abierta, en términos generales (salvadas las honorables excepciones), crítica y academia no han sabido hasta ahora poner en perspectiva los alcances de esta poética contemporánea en expansión, que venía de antes y que ha seguido después (en el ahora donde estamos). Ante el defecto metodológico consecuencia de la falta de una clasificación precisa, tal parece que se hubiera comenzado a usar el primer nombre disponible, “neobarroco”, al cual en el idioma español, en el castellano de América al que refería Andrés Bello, se le han asociado las poéticas de la dificultad. En muchos aspectos aún estamos en un constante punto de partida, en un empuje originario que no cesa ni nos deja. Convendrá entonces referir a los materiales que componen los pilares del tipo de escritura a consideración.
El neobarroco poético latinoamericano, orquesta de muy pocos miembros, tuvo su eclosión a principios de la década de 1980, sin haber todavía perdido vigencia. Fechas y periodo histórico no son arbitrarias ni pueden ser soslayadas. La época comenzaba a evidenciar un agotamiento de las formas literarias que por entonces eran moneda corriente, asfixiadas en el Cono Sur por los gobiernos de facto, pero también por la falta de alternativas formales a corto plazo. Ya entonces se vivía (¿“pre-vivía”, ya que transitamos la era del prefijo?), la angustia del fin de siglo y de milenio, la cual llevó a creer que con el siglo se acababa una época de la historia, y que una suma de posibles catástrofes separadas venían a tomar control de la realidad. No en vano hubo un verdadero boom (aún no estudiado) de libros alarmistas referidos al estado de la realidad al fin de milenio, la mayoría de ellos de origen anglosajón; The Closing of the American Mind (1987), de Allan Bloom,  El fin de la Historia y el último hombre (1992), de Francis Fukuyama, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (1996), de Samuel P. Huntington, y Fashionable Nonsense: Postmodern Intellectuals’ Abuse of Science (1998), de Alan Sokal y Jean Bricmont, sin olvidar al pensamiento académico francés, popular en esos días de ansiedad global, con libros de amplia circulación como La condición posmoderna (1979), de Jean-François Lyotard, El imperio de lo efímero (1987), de Gilles Lipovetsky, y La Ilusión del Fin (1993), del por entonces omnipresente Jean Baudrillard, entre otros varios.
Con la época se acababa la originalidad. La imaginación claudicaba. En ese contexto de fatalismo mundial, el neobarroco vino a traer una estética de originalidad en varios frentes, saliendo airoso incluso de las mecánicas lecturas de los críticos que lo situaban en un espacio de continuidad manifiesta, procedente a grandes rasgos del barroco europeo (el neo apunta a una descendencia directa), sobre el cual Gilles Deleuze reflexionó en su libro Le pli: Leibniz et le Baroque, ambicioso pero incompleto intento de comprensión, pues el bien argumentado análisis se queda corto a la hora de entrar al fondo de la estética neobarroca y de los registros formales que marcan su diferencia, quedándose en abstracciones demasiado generales, desprovistas de argumentos minuciosos aplicables con mayor especificidad a la poética a consideración, sin conseguir por ello dar en el blanco y demostrando una reticente capacidad de entendimiento (aunque sí de empatía) del des-pliegue retórico y del re-pliegue sintáctico, los cuales, a fin de cuentas, son el principal sostenimiento de la poética neobarroca, en tanto ahí se establecen los principios fundacionales del procedimiento de escritura, del pensar sobre un pensamiento que sale a buscar lenguaje equipado únicamente de lenguaje.
El barrococó o neo-no-barroco (por no venir sola y directamente del barroco ni ser tampoco un mero apéndice de este) latinoamericano de la década de 1980 fue una “coincidencia” o “convergencia” de originalidades. De ahí que no sea arbitraria la relación que tienen con el modernismo, en el cual pasó algo similar. Decir que el neobarroco fue o es un exclusivo Club de Toby no implica modificar la verdad, pues las tres mujeres que aparecen en Medusario (muestra que incluye un total de 22 poetas), Marosa di Giorgio, Tamara Kamenszain y Coral Bracho, poetas con obra valiosa las tres, parecen haber sido incluidas en cumplimiento de un requisito de representatividad de género, tal vez para cumplir con algo parecido a aquello que respondió Mick Jagger cuando le preguntaron por qué habían invitado a Tina Turner a participar en el documental Gimme Shelter (en donde solo cantó una canción: “I’ve Been Loving You Too Long”), y si era únicamente por una cuestión de afinidades musicales: “Siempre tiene que haber por lo menos una mujer”. Además de la exigua cantidad de poetas antologados en Medusario (el libro incluye una larga lista de poetas que fueron nominados –tal como pasa en el Oscar–, pero al final quedaron excluidos), por el camino se rezagaron unos cuantos cuyos lenguajes perdieron espesor prosódico y sintáctico, o bien su poesía se hizo ‘mellow’ (melosa), comunicativa de una inmediatez que no viene al caso; qué alarmante ironía: los cantantes de heavy metal terminaron cantando baladas sentimentales. La resistencia incluyó a pocos, y son esos pocos los que llegan activos hasta el día de hoy, validando descendencias y maneras de adentrarse en las posibilidades de la escritura.
A fines del siglo XX y principios del XXI, con la eclosión de la cibernética y de los nuevos usos industriales, el paisaje de las ciudades se llenó de acontecimientos. El ser humano se acostumbró rápido a “ver más”, sin poder determinar cuánto más era lo que veía. Lo que “estaba” dando la impresión de ser todo ya no le alcanzaba para definir su contenido y determinar qué era lo especifico de lo específico. En verdad, no era un asunto nuevo. Hemos arrastrado esa tendencia desde que la modernidad se pobló de desvíos y atajos cómplices con una discontinuidad acelerada. El ciclo conduce a un caudal insatisfecho que no para de agregar realidades, imágenes, vacíos de la plenitud, estados delicados de la complejidad. Del otro lado del lugar observado terminamos aceptando que hay tanto nuevo, que son tantos los elementos que rigen la cotidianeidad, que la originalidad tiene problemas para sentirse determinada. Le ponemos nombres, ponemos atención a sus metamorfosis, y la sobrecargamos de prefijos. Hay para todos los gustos: pre-modernidad, post-modernidad, neo-historicismo, neo-barroco, poscolonial, post-industrial, neo-con, post-industrial, posvanguardista, pospornografía (expresión utilizada por primera vez por Annie Sprinkle en 1990), biocapitalismo, post-neoliberal, neomanierismo, post-contemporáneo y este, insólito, divertido: post-crítica (que suena a crítica proscrita), etc. Muchos “post” para decir que hoy todos es posterior. En fin, aún no hemos llegado a la era de los post-prefijos, pues estos siguen proliferando, desafiando la hegemonía terminológica. La sobredosis de prefijos evidencia, entre otras cosas, el agotamiento del vocabulario disponible para entender los cambiantes alrededores (buscando entrar o seguir de largo) de la época actual.
Un sino de indefinición ha marcado a fuego a nuestra época. Hemos tenido problemas para entender la dispersión acumulativa y situarla en un horizonte histórico siempre a continuación. ¿O en verdad la continuidad se ha roto y desde los núcleos del corte emigran realidades autónomas a las cuales no todo les da lo mismo, y por eso se aferran a su expansión disolutoria? Las palabras arremeten contra las evidencias del mundo empírico para dejarlas incumplidas. Pasan al lado de la realidad para mirarla fijamente desde lejos. De su perspectiva, la sintaxis y el vocabulario salen con sus propósitos transformados por la actividad. Las rigurosas construcciones, que en algunos casos pueden pasar por proposición matemática, hacen creer al lector que asiste a la película de un pensamiento indirecto en tiempo real. Hay un acto de liberación lingüística aconteciendo donde las palabras se reúnen para dar cabida a un habla espástica. Las palabras, precisamente, también ellas, tienen derecho a expresar lo que más tarde solo ellas serán capaces de entender.
El principio de la irrupción (principio tanto como punto de partida y causa primera de algo) hace hablar a las palabras en primera persona, desatendiendo cualquier responsabilidad que tuviera que ver con reivindicar un haz de significados que caracterizarían de manera sintética, pero definitiva, el ‘contenido’ de los poemas. No en vano, el énfasis sostenido en la digresión consigue sacar de sus casillas a la taxonomía, a cualquier intento por clasificar (aunque sin sistematizar, pues es lo que todavía falta) a ciertas poéticas con patrones comunes y catalogadas bajo el término “neobarroco”. La poesía, el acto poético, es decir, la pauta de un orden acompañado de introducciones al caso, no ha logrado escapar a este proceso hoy tan largo como tedioso de etiquetar para poder comprender en “términos generales”.
En tanto proclama de originalidad en voz alta, el neo-no-barroco (o barrococó) es contraseña de acceso a avatares del habla hasta entonces no permitidos o sin visitar. La escritura como consecuencia de un desarrollo y seguidamente de una singularidad, pero también entrada en puntas de pie al último escenario por ocupar de la modernidad concluyente. La entronización de actos reunidos incluye la adaptación a nociones irreductibles, a una disciplina de aptitudes que ejemplifica un pensar sobre el pensamiento. Cabría pues considerar al neo-no-barroco un romanticismo después de la abolición del Romanticismo, algo que por cierto todavía no ha sido decretado del todo. La escritura como acto de rodeo. El derecho a la palabra sin fines utilitarios y el rechazo a la ideología dominante, cualquiera sea, es una de las tesis principales. Además, queda destruida la noción de representatividad autoral, esto es, la falsa noción de que el poeta tiene algo para decir sobre el mundo y sobre sí mismo. Lo autobiográfico es desaconsejable. De ahí que una y otra vez se constata la persistencia de una clandestinidad del yo, ayudada en todos los casos por la proliferación de imágenes sacadas de quicio; las echan por la puerta y regresan entrando por la ventana.
La carga de escritura situada por encima de la desmesura, con enorme cantidad de dispositivos atribuidos a la aprobación de un mecanismo, apela a la capacidad atencional límite del lector, y hasta la rebasa. El efecto de saturación logra su objetivo. El poema es un objeto inasible. Es una creación absoluta, carente de ideología y sin relación alguna con la historia. En ese coloquio de interioridades disolventes queda abolida la ilusión de paradigma, destacándose la preeminencia del lenguaje como solitario acontecimiento en construcción. Una insistencia salta a la vista; el lenguaje se desplaza en tiempo irreal, todo lo opuesto a lo que ocurre, por ejemplo, con los reality shows, los cuales, por imponer una proliferación de puntos de perspectiva (dada por la multiplicidad de cámaras), una manera innumerable, exacerbada, de adentrarse en cierta realidad considerada la única realidad, también podría ser considerado un hecho neobarroco, aunque de carácter absolutamente efímero.
En la poesía neo-no-barroca advertimos la aparición de un pensamiento escrito que entroniza la forma de su diversidad, para permanecer en el “a través”, en la visión donde coinciden un acto de composición y un paisaje retórico inconcebible sin su indeterminación, sin su paso por una combinación simultánea de factores. El histrionismo clausular lleva a las frases a vivir en una acelerada hipérbole, en una emboscada del exceso. Desde el interior de una gramática intransigente, el poema, en tanto ficción de su propia propuesta y representación de sus dudas, magnifica su solipsismo en la proliferación como destino reinventado una y otra vez, al cual todavía no pertenece y sin embargo, ya está ahí. Asume el propósito de ser la proposición que aún no consta, pero que impide ser sustituida.
Apegado a su rutilante actividad en la sintaxis, el poema neo-no-barroco acelera un salto de secuencias, donde factores itinerantes se combinan para crear una perspectiva, que es la del pensamiento mientras piensa. En su incesante continuidad, las evidencias –de las que vive la interpretación– quedan reducidas al máximo y refieren a lo que luego serán antes de haberlo dicho por completo, confirmando la incertidumbre que al privilegiar esparcen. Las palabras están de este lado de lo que sucede, haciendo lo imposible para que el periplo a través de la escritura se agote, existiendo como punto de partida sin saber cómo o por qué, y menos para qué, si igual son la posposición de un llegar a ser en la preexistencia de las frases. En el mundo, tal cual lo han encontrado, la suya es una evidencia circunstancial. En todo caso, es una variación a partir de su influencia.
El poema es una cámara captrópica, en donde una multitud de espejos clausulares reflejan significados cada uno perteneciente a una frase aislada que no se siente subordinada a la totalidad. El lingüista estadounidense Bruce Stiehm, en un artículo escrito sobre mi poesía ha dado en la tecla al hacer una afirmación aplicable a unas de las especificidades operativas clave del neo-no-barroco en sus diversas acepciones:
Es más bien un simulacro de sintaxis que utiliza estructuras sub-oracionales para dar la impresión de apuntar hacia una unidad sintáctica. Cada frase desemboca ilógicamente en otra función incongruente. El resultado es una oración inacabable, siempre abierta a extenderse en contacto con la continuidad de la experiencia (Stihem 120-121).
El poema escapa de sus trampas eludiendo las respuestas definitivas; sus descubrimientos están fuera de toda intención totalizadora, en todo caso, su asimétrico escenario es el único afán totalizante. Los límites del lenguaje están más allá de los límites del mundo donde las ideas representan la posposición del contenido, y también la interrogación de un proceso inagotable. Cancelación y continuidad anteceden al argumento de los ejemplos a ser encontrados. En más de un sentido, los poemas se defienden “de” sí mismos para conservar su forma, su estado de cambiante posibilidad sobre la cual el lenguaje insiste, para confirmar así su voz entre sus voces y la resonancia anterior al habla. La importancia de lo poco familiar se apoya en una estructura de sonidos, en una lógica fuera de la epistemología de las circunstancias de su existencia. Frases y sentido quedan incluidos en la situación de irrepresentabilidad que originan. De esta manera, el lenguaje rechaza la noción de absoluto, contentándose con integrar la poética de una situación a la cual antecede sin obedecer ni describir.
Acción de epifenómenos, de singularidades indirectas, el poema neo-no-barroco (barrococó) borra y reintroduce, manteniendo una ambivalente posición respecto al presente real donde interviene (no hay definición teórica, nada más que un modo de sospecha), exhibiendo aquello mismo ante lo que se rebela por ser lo contrario. Contemplación de una práctica de la cual procede la torrencialidad verbal, el poema representa el aprendizaje de la interrogación de todo aquello que es y que al mismo tiempo puede ser implicado por la falta de explicación y de tiempo específico donde situar su periplo por algún sitio, cuyo único compromiso es con la disimilitud. ¿Va o se queda y en su núcleo expande su ciclo?
La poesía neo-no-barroca hace colapsar la gama de certezas previas de quienes leen pensando que un contenido los guiará hasta un lugar del entendimiento con suficientes motivos como para complacer a la razón. La poesía, como acto de velocidad reinventada, no puede ser otra cosa que el momento culmen de un pensamiento peligrosamente sano, que deja los contenidos de la razón al borde del abismo, de un lugar carente de moderación. Salir de la uniformidad, de aquello que los formalistas rusos llamaban “el mundo tal cual es”, significa producir variedad expresiva para darle cabida a la excepción, la que a su vez origina otras. Se escribe para cambiar los rasgos de la “poeticidad” contemporánea, para instalar frases no preposicionales ni parentéticas que observan al mundo como posibilidad distante, como epifanía imposible, pues no hay ninguna particular intención en hacer accesible al pensamiento, presentando de zigzagueante manera los fenómenos de la conciencia, en caso de que haya control autoral posterior a las primeras versiones de la escritura. El afán apunta a que el lector no se sienta confortable, ni que llegue con agenda previa al lenguaje ofrecido. El poema ya no puede ser como era, ni tampoco significar un mero intento por acceder a un interior blindado. Por supuesto, todo esto lleva a cuestionar qué es lo que convierte a un determinado texto en poema, y a replicar la idea de que todo puede ser poema y al mismo tiempo no serlo.
Conviene recordar al respecto que el neo-no-barroco (barrococó) coexiste con prácticas de escritura poética alejadas de lo común, con computadoras programadas para escribir un poema, y reafirmar la noción lúdica de que fuera del control autoral del lenguaje suceden cosas lo más distantes posible de lo autobiográfico. Los desafíos intrínsecos de la poesía se han cargado de incertidumbre respecto a la dirección de la producción del poema y de ejecución de un habla directa con aspiraciones de “transparencia”. Como contrapartida, la deriva sin inclusión de contenidos hace del lenguaje el ejemplo a replicar, sin anteponerle una definición a los resultados de su acto; el optimismo de la complicación triunfa; el yo autoral o poético se presenta desestabilizado, ilógico y experimental, fuera de la elocuencia secuencial, tras haber convertido la sintaxis en un campo minado de interrupciones, pues de lo que se trata es de llevar al lenguaje más allá de lo que dice; hacia un interés renovado en una dicción estricta, hacia un lugar del pensamiento con otras expectativas formales.
El acercamiento a lo arbitrario es bajo control, en estado restrictivo, siguiendo un compromiso no emocional con las formas que surgen “entre” y cuyo propósito es hacer que el poema sea algo más que una reunión azarosa de fragmentos bellos, tal como veía W.B. Yeats a la poesía moderna. Marjorie Perloff afirma que “las elecciones formales no son nunca sin implicaciones ideológicas” (3). Las implicaciones ideológicas de la desaparición del yo atañen a un cambio contrastante en la sociedad digitalizada, donde las reflexiones líricas sobre la sensibilidad de quien escribe carecen de importancia, pues ese espacio de comunicación ha sido ocupado por las redes sociales, por la rápida ventilación de las intimidades, como si la noción de existencia hubiera pasado a estar relacionada con el acto de hacer públicas las conductas, y de validar los propósitos para estar “en exposición”. El cuerpo dejó de ser locatario de su intimidad. El yo, pues, se ha transformado en una entidad inquietante; es una evidencia demasiado natural como para ser continuada en el lenguaje. El deterioro de la revuelta personal, la sustitución del sujeto por la objetividad de perspectiva, empaña la linealidad lógico-deductiva, modificando cualquier gesto implícito de contención. Al sentirse restringida, la subjetividad se exacerba.
La poética neo-no-barroco (barrococó) resiste, se niega a ser un medio informativo de sentimientos y pareceres sobre la realidad empírica, la de los datos conteniendo los hechos de la historia. Hacerlo sería caer en una incongruencia, pues, ¿qué aspecto de la intimidad queda aún por exhumar en un poema de hoy en día, cuando la vida se acostumbró a vivir al descubierto, con redes sociales siempre prontas para profundizar en el strip tease y con comunicaciones personales hackeadas por piratas informáticos imposibles de localizar, quienes buscan conocer gustos y preferencias de los usuarios de internet, o bien a sentirse fisgoneada por servicios secretos al servicio de ideologías diferentes? En esa coexistencia de realidades intimidantes de la intimidad, ¿cómo hacer hablar a un yo interesante? Poca tolerancia hay para las confesiones, para el paradigma del sujeto hablando de cosas cotidianas y de los placeres o tristezas del presente, presentando un reportaje de sus actividades con emociones in crescendo que a nadie interesan, pues han sido oídas infinidad de veces en otra parte. La paradoja se instaló en la escritura: a la civilización del yo en estéreo, caracterizada por la súper información y la instantaneidad como concepto empírico, le ha dejado de interesar, por tanta sobreabundancia de intimidades expuestas, las comunicaciones personales de la poesía.
En la era digital, en la cual la recepción de la poesía es de por sí un acto creativo, la poesía no puede ser un confort para el entendimiento, un lugar a donde las voces vienen a hablar de sentimientos y relatar la vida cotidiana. De ahí que el poeta neo-no-barroco componga por apropiación y que su poesía sea una investigación que representa el estar vivo del ser. Es una práctica “creativa” no sujeta al sujeto; el poeta pasa a ser el otro que se incorpora al habla y es apropiado. Puesto que cita con variantes, apela al reciclaje, a la transcreación de otras fuentes, a la fotocopia de su propia poética, a comentarios abstractos sin informar su procedencia y ordenados arbitrariamente. En el lenguaje empresarial se habla de merger (fusión) de dos compañías. También en el poema neo-no-barroco (barrococo) constatamos un procedimiento fusional, aunque no efusivo. De ahí que esta pueda ser considerada una poesía intelectual a costa de sí misma, con mínima presencia de emociones, como si las palabras hubieran sido utilizadas para hacer desaparecer a quien las utilizó. Lo “lírico” (en tanto predominio de una realidad textual ocupada por la persona autoral) es puesto en tela de juicio; se le ha otorgado una fisonomía elíptica en lo expansivo, con estrofas de final repentino, carentes de instrucciones sobre cómo deben ser leídas.
El lenguaje arremete contra sí mismo para establecer un diálogo obstaculizado que impide el cumplimiento completo del acto comunicativo. La innovación se muestra de peculiar manera. Está en la repetición eufónica, en las fuentes primarias y secundarias eliminadas, en la yuxtaposición de partes recortadas a las que les dejó de interesar la regla dorada de la comunicación: que el mensaje sea rápidamente codificable. La poesía neo-no-barroca es una visualidad acústica que se descentra, una estructura autoconfesional, en el sentido de que solo habla de ella, no de quien la escribió. El tiempo del sonido y el sonido del tiempo cumplen con el mandato de John Cage respecto a que la poesía no es poesía “por razón de su contenido o su ambigüedad, sino en razón de permitir que sus elementos musicales (tiempo, sonido) se introduzcan en el mundo de las palabras”. Según Cage, “algo” es un poema cuando no puede ser convertido en prosa, evitando, tal cual acota Perloff, “el paradigma del verso libre (observación, memoria desencadenante, entendimiento)” (8). Puesto que el poema es un ritmo y una melodía que quedan bien incluso en su ausencia, la página, las analogías, metáforas y símiles fácilmente pueden pasar a ser víctimas inmediatas del silencio. Algo rima dentro suyo sin decirlo. Hay que acercar el oído. ¿Qué quiere decir la sintaxis?
El poema se carga de una constelación de frases irreconocibles que prestan la misma atención al ojo que a la escucha, haciendo irreconocible al paisaje de las preposiciones y situando al acto de la lectura en los límites de la ilegibilidad; ¿cómo leer un paisaje sonoro, cómo hacer para que las palabras dejen de exceder a la incertidumbre? El poema, por ser una hipnótica máquina librada de cualquier responsabilidad paradigmática, reconstruye su trayectoria de sentidos y vacíos, haciendo que su énfasis recaiga en la arquitectura morfémica, en la voz implosiva que eclosiona; se borra y vuelve a surgir como instrumento anterior al significado. La espesura etimológica, la densidad sintáctica, son los materiales que componen el método, el pivot giratorio, su función en las antípodas de la funcionalidad.
El desdén por los hechos empíricos, por cualquier tipo de mirada fiel a lo supuestamente cierto de lo real, coincide con un rechazo a la poesía locutoria, en la cual el poeta emerge convertido en ventrílocuo de emociones; como heraldo epifánico y confesional de un yo con veleidades exhibicionistas. El poema neo-no-barroco instala en su interior un estado de alerta itinerante para crear por otros medios una belleza exclusivamente lírica, dando cabida a una sintaxis disyuntiva en donde emergen formas inesperadas de formalizar las formas, de situarlas a contramano del sentido. La poesía es una práctica de interferencia, aunque haya ejemplos recientes que indican, y redimensionan, la necesidad de recurrir en determinadas ocasiones a las voces de los sentimientos inmediatos (como los poemas de José Kozer dedicados a la muerte de su madre y de su padre), más no sea para generar una versión anti-sentimentalista de aquello mismo sobre lo cual se está escribiendo.
En el itinerario con destino a un yo exclusivamente lingüístico se constata de manera unánime la inscripción de un decorado y el estímulo de un procedimiento que han logrado desterrar las semejanzas y que incluyen la coartada preparada para acceder a un interior que se nota mucho por ser incomparable, pero que no deja atraparse por la interpretación, en todo caso, por un razonamiento exclusivamente rítmico. Ni siquiera en los momentos frásticos cuando pareciera que va a esbozarse una historia, un relato cuya verdad es de antemano relativa y puede ser negada por un método exclusivamente poético, puede hablarse de una secuencialidad en plan disertativo, la cual caracteriza a la mayoría de la tan previsible poesía de este comienzo de siglo, ‘yoica’ y referencial, y que proyecta la idea de estar diciendo algo importante, incluso cuando no lo dice (que es la mayoría de las veces). Con su linealidad dispersiva, preocupada en ir a todas partes, la poética neo-no-barroca impulsa su unidad en la fragmentación, en las lecciones de distracción carentes de objetividad, en su constante recurrir a la impersonalizacion del sujeto autoral. La transitividad y lo desiderativo establecen un habla asistemática, única manera de librar a la creatividad de su acotamiento.
En la conferencia “The Poet”, dictada en Nueva York el 5 de marzo de 1842 y publicada en el libro Essays: Second Series (1844), Ralph Waldo Emerson consideró a los poetas “dioses liberadores”. Algunos aún lo son. Han venido a liberar a las palabras de cualquier responsabilidad comunicacional inmediata y al mismo tiempo a incluirlas en desplazamiento admonitorio, dentro del cual las frases no dan nada por hecho. Al establecer una normativa rítmica y lexical, un amontonamiento sintáctico, el poema neo-no-barroco se transforma en un verdadero parque de atracciones clausulares. Tal vez únicamente esté representando la forma de comportarse de un optimismo o el advenimiento de una pretensión de totalidad innovadora. Proyecta la idea de que lo que está sucediendo en su interior sucede por primera vez en el momento que lo está leyendo el lector. Este siente que ha logrado hackear el blindado sistema frástico. En medio de la neurosis digital, de la utopía del avatar y de la estética del Photoshop que caracterizan a nuestra época, las frases no dan nada por hecho y en sus modulaciones reafirman una permanencia en la sintaxis, pues allí las frases ejercen un pensamiento propio, que hasta el momento mismo de ser escrito no tenía la más remota idea de su existencia.
El poema neo-no-barroco (barrococó) es por consiguiente una instancia que suscita y satura, indicio recuperado de un detalle expansivo que solo puede ser verificado en la continuidad de la cual se ocupa, como diciendo que no estamos tan lejos de inventar “nuevas lógicas” de escritura y lectura. En medio de la mecánica incomprensible de la época, la misma que ha hecho imposible imaginar la vida más allá de la tecnología, descuella una realidad textual que ha llegado cuando menos se la esperaba. Al privilegiar los desaires de lo incompleto, de presentar una panorámica del futuro con sus “incongruencias” y datos que dejaron de coincidir con lo esperado, el poema representa una tentativa de indecisión ocupada por realidades diversas ocurriendo a la misma vez y sin parar de ocurrir.
Al evitar las verdades sensacionalistas del yo, el poema privilegia un material abierto cuya descripción cambia de significado y adquiere otros a medida que las frases transcurren sin avizorar condiciones. La cartografía de lo aparentemente incomprensible permite rastrear en la enunciación lugares distantes de lo común. Como si fueran abejas agrupadas en apariencia caótica al entrar al panal, los tramos clausulares acontecen de manera yuxtapuesta, y al superponerse dan la impresión de estar borrándose. La probabilidad de verosimilitud queda en manos de los acontecimientos lingüísticos. De ahí que la poesía neo-no-barroca proyecte con insistencia la idea de ser la invención de una perspectiva: a través de una ventana no está viendo la realidad, sino el paisaje de un pensamiento.
Hemos insistido en la necesidad de aclarar el término “neobarroco”, de agregarle acepciones que lo alejen de su mentado parentesco directo con el barroco español y llamarlo mejor neo-no-barroco o barrococó, pues sus puntos de contacto con una diversidad en desarrollo son más plurales y no han sido tan tenidos en cuenta hasta el presente, como su más que evidente relación con la poesía post-romántica francesa, Lautréamont sobre todo, pero también con la literatura innovadora, críptica y original de Lewis Carroll, especialmente el poema “Jabberwocky”. Epítome del non-sense, “Jabberwocky” aparece incluido en A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (1871). Gran cuota de los vocablos que lo componen fue inventada por Lewis Carroll, palabras (fusiones y neologismos) que luego quedaron incorporadas al idioma inglés, no sin antes generar desconcierto y frustración en el receptor que entra (mal entrenado) al poema, como si este fuera un reservorio a donde ir a encontrar respuestas a las expectativas generadas por la lectura. Alicia lee un libro de poesía, pero las palabras están invertidas, por lo que solo podrá leerlas (aunque no necesariamente entenderlas) si las refleja en un espejo. Comienza leyendo esto: “Twas brillig, and the slithy toves/Did gyre and gimble in the wabe; /All mimsy were the borogoves, / And the mome raths outgrabe”. Después de ese comienzo, traducido también como “Asurraba. Los viscovivos toves” y “Asardecía y las pegájiles tovas”, ¿cómo seguir? Mejor dicho, ¿hacia dónde?
En “Jabberwocky” las palabras, en tanto unidades morfológicas trascendentes por sí solas (sin estar obligadas a acoplarse con finalidad teleológica a las cláusulas), imposibilitan la búsqueda de un significado, dificultando incluso la pronunciación. De la misma forma, la poesía neo-no-barroca actúa como divertimento del pensamiento que sigue las trazas de las redes semánticas que el lenguaje va emitiendo en busca de preguntas para la respuesta que ya encontró. El lenguaje entra muy campante a un pensamiento que rechaza la linealidad lógica-deductiva, siendo por lo tanto crítico del logos y no lapsus de este. Magma de yuxtaposiciones recargadas de volutas sin jerarquías previas, tiovivo no obediente a pautas racionales, el poema enfatiza las torsiones de un idioma reinventado que parece ir a la deriva a toda velocidad, cabal sprinter de sus filologías, pero que sigue con firmeza proteica el rumbo impuesto desde el primer verso, caracterizado por un borroso fondo abstracto y por el atonalismo musical, por frases a las que todo no les da lo mismo, porque ponen en jaque incluso lo que supuestamente expresan, aunque respetan las indicaciones de un pensamiento inquieto, itinerante, que solo piensa sobre aquello que quiere decir, por más que lo piense recién después de haberlo dicho.
La poesía neo-no-barroca complace las manías de polivocidad de frases y palabras, en consonancia con un ritmo no relegable y de movimiento pendular, que desaparece y reaparece, como si en el no pero quizá si, en ese intersticio tan inasible, residiera el núcleo de la poética. Quintaesencia de un magistral manejo de la ambivalencia, la poesía neo-no-barroco o barrococó (a partir de ese pionero registro que fue “La Torre de las Esfinges”, de Julio Herrera y Reissig, en 1909) muestra el progreso de la melodía de frases con algo no decible, para las cuales los límites de la expresividad se han corrido, con todo el terreno despejado por delante. Mensajero de una exageración condescendiente, de una distracción intencional y ampliada, lo mismo que el poema de Carroll (de quien también podría mencionarse The Hunting of the Snark, libro muy bien leído por Neruda para escribir Residencia en la Tierra y tal vez por ello lo mencione en Confieso que he vivido), el caudal lingüístico sale a la caza de acontecimientos fuera de lo habitual en su versión inicial. El lenguaje se hace eco de sentidos y pensamientos presentados como distinción de una sintaxis, que es la fuerza instructiva del procedimiento.
Situada en circunstancias efímeras, en una zona temporal implacable sin dejar de ser inmediata, la escritura se carga de indicaciones persuasivas, cuyo objetivo no es ni por asomo domesticar lo aún no resuelto, ni tampoco incluirlo en un relato. Quizá ya no estemos en el “ciclo de los nervios”, como creía Vicente Huidobro, pero la poesía sigue anhelando que la mente establezca ciclos, esta vez alguno correspondiente a la era de la hipertextualidad, la que acecha con preguntas intermitentes, entre otras la siguiente: ¿de qué manera, cómo, “ver” la escritura desde un instante fenomenológico que rehúsa ajustarse al proceso de la atención? Las únicas responsabilidades de la poesía, tal como esta poética tan contundente lo destaca, son con la forma de percibir al lenguaje en actividad y de resolver de manera menos específica las descripciones de lo real y de lo imaginado, como si se tratara de cambiar los muebles de la casa para que haya más espacio, o dar al menos esa impresión.
Algo similar a la recordada frase dicha por Johnny Carter en “El perseguidor”, de Julio Cortázar: “Esto lo estoy tocando mañana (…) Esto ya lo toqué mañana”, podrían decir los poetas neo-no-barrocos. Trajeron a su época de presente continuo una poética futura. En tiempos como los actuales, de excesiva tranquilidad estética, cuando todavía se sigue leyendo la poesía mediante la “explicación del texto”, la poética neo-no-barroca representa un zarpazo de innovación, de originalidad en cuanto inventa perspectivas, imponiendo una ahistoricidad metódica, autosuficiente, atemporal. Un enjambre sintáctico depredador dificulta la referencialidad, en todo caso, la hace aparecer en otro nivel de dicción, como propuesta de lectura crítica al borde de la descalificación. A ese ritmo sin contradicción, con el cual la poética se identifica, viene a unírsele una diversidad de factores convocados para resistir la descripción, como también el traslado de significados de una zona a otra del poema.
Dando cuenta de la transitoriedad de un trance (dentro del cual puede oírse la “música interior del habla” aludida por Paul Valéry) desprovisto de contraseñas, de un movimiento que activa más movimiento (del pensamiento), la escritura neo-no-barroca o barrococó logra permanecer resonante, incluso cuando se dejó de prestarle atención. Ese resultado sin específicos, de apelación inmediata a la mente y a una tonada librada de sentimentalismos, y que produce interferencias en las cosas que le pasan al lenguaje, no tiene un origen exclusivamente barroco, tal como es evidente. Ya no es solamente neobarroco. Entonces, ¿qué nombre darle a lo que no se había hecho y que camino a su resolución como tesitura difícil se fue cargando de procedencias diversas? ¿En qué tradición literaria incluirlo?

BIBLIOGRAFÍA

Carroll, Lewis. Through the Looking Glass, and What Alice Found There. Mincola, Nueva York: Dover Thrift Editions, 1999.
Deleuze, Gilles. Le pli: Leibniz et le Baroque. Paris: Les Editions de Minuit, 1988.
Echavarren, Roberto, José Kozer y Jacobo Sefamí. Medusario: muestra de poesía latinoamericana. México: Fondo de Cultura Económica, 1996.
Green, Robert, and Stephen Cushman, eds. Princeton Encyclopedia of Poetry and Poetics: Fourth Edition. Princeton: Princeton University Press, 2012.
Janik, Allan y Stephen Toumlin. Wittgenstein’s Vienna. London: Weidenfeld and Nicolson, 1973.
Perloff, Marjorie. “Poetry on the brink. Reinventing the Lyric”, May 18, 2012, http://www.bostonreview.net/forum/poetry-brink (1-9).
Stiehm, Bruce. “Imagen multivalente y oración calidoscópica en la poesía de Eduardo Espina”. Tradición y actualidad de la Literatura Iberoamericana: Actas Del XXX Congreso Del Instituto Internacional De Literatura Iberoamericana. Pittsburgh: University of Pittsburgh (1995): 117-129.
Stilman y Best, Eduardo. Los libros de Alicia. Pról. Jorge Luis Borges. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1996.

Von Ficker, Ludwig. Briefwechsel, 1914-1925. Innsbruck: Haymon, 1988.

miércoles, 15 de julio de 2015

Lezama Lima - Severo Sarduy: Un binomio desde el neobarroco hacia el Nirvana - Antonio J. Aiello


Un acercamiento a la vida y obra de José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976) y Severo Sarduy (Camagüey, 1937-París 1993) nos remite de algún modo, salvando la época y las estéticas de por medio, a los poetas malditos de fines del siglo XIX(1). Fueron escritores que reflexionaron sobre su quehacer literario, se segregaron de la sociedad, huyeron de los honores y de los puestos oficiales; adquirieron aspectos de marginados sociales y conocieron la miseria, las enfermedades y el abandono. Ya fuera por intención propia, un estilo de vida o rechazo social, todos tardaron algunos años en ser plenamente comprendidos y asimilados para llegar a ser figuras conocidas y respetadas; y sus obras, un patrimonio de la literatura universal.

Por esa vía avanzaron también, de alguna manera, Lezama y Sarduy, dos figuras muy controvertidas de la literatura cubana, sumidas en la incomprensión y el rechazo de quienes pudieron facilitar su difusión y conocimiento durante muchos años, tanto dentro como fuera de la Isla. Sin embargo, ambos fueron abriéndose paso por su propio peso y el esfuerzo personal en condiciones nada favorables, sin olvidar a alguno que otro talentoso escritor, como el argentino Julio Cortázar (1914-1984), quien apreció desde muy temprano su valía, lo que les sirvió de estímulo y de ventana al mundo.

Ambos desarrollaron una relación más allá de la amistad por el deslumbre que la obra lezamiana causó en Sarduy y la confianza que éste representó para el autor de Paradiso, como medio de divulgar su obra fuera de Cuba. Pero más allá de estos nexos, ambos constituyen un binomio perfecto de creación y reflexión sobre su estilo discursivo que de alguna manera se ha llamado el neobarroco.

De la relación entre ellos nos habla el propio Lezama en una carta a Sarduy, recogida en la edición crítica de Paradiso y también en Cartas a Eloísa y alguna correspondencia:

Si en la primavera me vuelve a hacer la invitación la Unesco, quizás haría mis valijas. [Tachado: Ahí podríamos hablar del geugeuma [sic] [gneuma?], de la diacronía, de las aporías.] tendremos oportunidad de hablar del P. Le Tellier, confesor de Luis XIV y devoto del Dr. Kung Tse (el Confucio de los jesuitas) o de los americanos que formaban parte de los ballets del conde de Villamediana, apresados por la Inquisición. Por nuestro encuentro [alusión a Severo Sarduy] les quemaremos un cabrito a los dioses. Un buen amigo suyo es,
José Lezama Lima (Paradiso 720-21)

¿Cuántos deseos se intuyen en estas líneas sobre ese reencuentro de estos dos grandes de la literatura? Un acontecimiento que hubiera significado horas de conversación y constatación de sus talentos y excentricidades. ¿De cuántas cosas hablarían? De “Geugeuma o gneuma”(2), de las diacronías(3), de las aporías(4), todo un léxico de la cultura clásica y filológica. Una muestra, además de la preocupación de estos escritores por el uso de una terminología rebuscada, centrando la atención en los conceptos, una preocupación propia de la tendencia barroca conceptista; o, también, una forma de sintetizar al máximo diferentes temas que bajo estos tópicos podían haber tratado y les eran comunes.

Asimismo Lezama propone hablar de personajes históricos como del P. Le Tellier, confesor de Luis XIV, a quien le atribuye ser devoto del Dr. Kung Tse (el Confucio de los jesuitas) o de los americanos que formaban parte de los ballets del conde de Villamediana, apresados por la Inquisición. Una mezcla de personajes históricos reales, pero con atributos muy simbólicos elegidos por Lezama y que parecen haber sido del conocimiento de Sarduy. A nuestro alcance solo está el buscar lo que de común tenían Le Tellier, Kung Tse y el conde de Villamediana, para deducir cuáles serían los temas de esa ansiada conversación.

Toda la obra de Lezama y Sarduy es el desarrollo de un discurso más allá de las fronteras ontológicas donde se mezclan personajes históricos que nunca se vieron o personajes reales con otros de ficción o simplemente una ilación de personajes cuyos atributos es lo más importante para llegar al significado del discurso. Lamentablemente, este modo de discurrir literario no ha sido comprendido por muchos, quienes han querido ver incongruencias cognoscitivas en ambos, como en otros de la narrativa hispanoamericana desde la época del boom hasta la más reciente, sin avisorar lo que de intención lúdica hay en él para construir la imagen lezamiana. Así, Horst Rogman(5) no vacila en señalar:

Me refiero a las incorrecciones, algunas incorrecciones, de Lezama, que creo que no son tan irrelevantes como a veces se afirma. (…) Un ejemplo modélico de la manera de naufragar la sapiencia lezamesca vemos en La expresión americana, donde un Schelemaicher (Schleiermacher?) se reúne con un Gershin, un Litz, un Tchaikovsky y un Honneger. (…) sobre todo el latín macarrónico de Lezama deleita o irrita al lector por doquier. (78-9)

Desacertadamente, este crítico pierde de vista lo que es la ficción literaria y olvida que toda la literatura está plagada de ella desde la que nos llegó del viejo mundo, ni tampoco avizora que es una de las marcas que se intensifica en el quehacer literario posmoderno que ya en los años 60 venía gestándose. Por el contrario, Sarduy ve en este modo de ficcionar un método de narrar novedoso y de vanguardia, haciendo compatible lo inimaginable:

alógenos, a fuerza de multiplicar hasta “la pérdida del hilo” el artificio sin límites de la subordinación, la frase neobarroca –la de Lezama, por ejemplo– muestra en su incorrección –falsas citas, malogrados “injertos” de otros idiomas, etc. – en su no “caer sobre sus pies” y su pérdida de la concordancia, nuestra pérdida del ailleurs único, armónico, conforme a nuestra imagen, teológico en suma. (…) Barroco de la Revolución. (103-104)

Al final, Lezama propone que por ese encuentro les quemarían un cabrito a los dioses, como voto por su realización. Lamentablemente, esa visita no se fraguó y todo lo soñado quedó en lo imposible.

De la solidez y confianza de esta amistad, hablan las empresas que Lezama, siempre tan desconfiado, había puesto en el joven escritor, quien venía a ser como su representante literario en París. Veamos el siguiente fragmento:

Te remito [alusión a Severo Sarduy] el posible contrato con la Casa du Seuil, para que lo entregues a la persona o personas indicadas. Responden a la solicitud de esa Casa según último cable que me enviaron. Si están de acuerdo, basta que hagan el contrato y me lo envíen. Como no conozco los usos y procedimientos de esa casa en relación con el número de ejemplares a editar, ni el tanto por ciento sobre la venta de cada ejemplar que me correspondería por derecho de Autor, le envío las condiciones que a mí me han parecido en relación con esos puntos. Al mandarme el contrato firmado, la Casa du Seuil deberá fijar sus condiciones, las cuales serán estudiadas por mí. Es decir, estas bases que yo señalo en el contrato pueden servir de punto de partida, pudiendo establecerse las modificaciones consiguientes puestas de acuerdo ambas partes.

Desearía una respuesta lo más rápidamente posible, para saber a qué atenerme en relación con esos extremos. Por lo demás, la Casa du Seuil tiene todo mi afecto y gratitud por su decisión adoptada de publicar mi novela Paradiso. (Cartas 335)

Dos figuras de talento que de algún modo naufragaron en las mismas aguas, lo que quizás posibilitó el que establecieran una coherente y devota simpatía intelectual, que les sirvió de paliativo, defensa y protección de sus obras. Basta recordar las palabras de Lezama a Sarduy en sus Cartas a Eloísa y otra correspondencia para tener una idea:

Yo he recibido tus cartas [alusión a Severo Sarduy] y los recortes de periódicos, todas las cartas las he contestado al día, pues es muy agradable para mí, y no es pirueta de cortesía, tener frecuentes conversaciones epistolares contigo. Siento que se haya perdido la última carta que te envié, donde te daba las gracias por tus innumerables cuidados y cariños con mi obra. (343)

Asimismo, entre cuidados y cariños hacia la obra de Lezama, Sarduy fue descubriendo el quid de ese quehacer literario y desarrollando toda una teoría centrada en el estilo neobarroco, que él también asumió aunque de un modo diferente. Fue justamente Barthes, su maestro del estructuralismo, quien escribió sobre su escritura: “El texto de Sarduy merece todos los adjetivos que forman el léxico del valor literario: es un texto brillante, ágil, divertido, inventivo, sorprendente y, sin embargo, claro y afectuoso”. (1)

No obstante, Sarduy es también un representante y teorizador del neobarroco. Sus estudios al respecto, recogidos en dos valiosos ensayos Escrito sobre un cuerpo (1969) y Barroco (1974) dilucidan los puntos de vista del escritor sobre este estilo de la narrativa hispanoamericana presente en gran parte de sus autores del siglo XX, y que ha tenido otras apreciaciones a partir del ensayo de Carpentier Tientos y Diferencias (1964), y el ensayo de Lezama La expresión americana (1969). Sin embargo, ha sido Sarduy el que pudo recoger esa tradición de los teóricos cubanos del neobarroco y desarrollar su propia teoría en el marco de los cambios culturales de los años 60, o sea, cuando la crisis de lo moderno comienza a desalojar el discurso intimidatorio de la razón y la estética posmoderna comienza a fraguarse haciendo uso de un nuevo estilo barroco: el neobarroco. De este modo,

el barroco actual, el neobarroco, refleja estructuralmente la inarmonía, la ruptura de la homogeneidad, del logos en tanto absoluto, la carencia que constituye nuestro fundamento epistémico. Neobarroco del desequilibrio, reflejo estructural de un deseo que no puede alcanzar su objeto, deseo para el cual el logos no ha organizado más que una pantalla que esconde la carencia (...) Neobarroco: reflejo necesariamente pulverizado de un saber que sabe ya que no está apaciblemente cerrado sobre sí mismo. Arte del destronamiento y la discusión.” (Barroco 183)

Una descripción del neobarroco que alude a rasgos de la literatura posmoderna apuntados por muchos críticos(6), la inarmonía, lo heterogéneo, la carencia, la política del deseo, lo abierto, lo discutible, entre otros. Su teoría del Barroco se organiza a partir de tres conceptos: la artificialización (estructurado en tres etapas de desarrollo: la sustitución, la proliferación y la condensación de significantes), la parodia y la carnavalización, al centro de la productividad textual latinoamericana:

Espacio de dialogismo, de la polifonía, de la carnavalización, de la parodia y la intertextualidad, lo barroco se presentaría, pues, como una red de conexiones, de sucesivas filigranas, cuya expresión gráfica no sería lineal, bidimensional, plana, sino en volumen, espacial y dinámica. (Barroco 175)

De ese neobarroco, consideró a Lezama uno de los modelos centrales cuando refirió en una entrevista que le realizara Emir Rodríguez Monegal:

Sí, yo creo que Lezama, con una de esas intuiciones geniales que lo caracterizan, ha practicado precisamente este sentido de la parodia y hasta lo ha formulado teóricamente. En Analecta del Reloj, a propósito de Góngora, Lezama habla de los múltiples idiomas que forman la voz única del texto, y de las "traducciones" en el interior de un mismo lenguaje. Yo, forzando un poco el texto de Lezama, quisiera postular que esos idiomas son los textos que dialogan en la parodia bakhtiniana. Lezama, aunque mucho después que Bakhtine, pero sin haberlo leído, puesto que las primeras traducciones a lenguas occidentales del formalista ruso han tenido lugar recientemente, formuló los mismos conceptos de base. Paradiso es, en el sentido fuerte de la palabra, un carnaval. (339)

Sin lugar a dudas, ambos hicieron del neobarroco su razón de ser como escritores, asumiendo ese estilo; y como críticos, analizando la tradición teórica y la manifestación de ese estilo en la obra de los escritores del momento. Centrados en el neobarroco pudieron medrar en el mundo de su tiempo, y tras los avatares de sus vidas llegar desde el neobarroco – una vez que fueron plenamente comprendidos, asimilados, conocidos y respetados– al nirvana, ese estado que para el hinduismo y el budismo implican la liberación definitiva del sufrimiento, de la existencia, y el alcance de lo absoluto. Precisamente en esa dimensión, los críticos y enamorados de la literatura los ven por todo el orbe hoy por hoy.

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Citas y Notas

Los poetas franceses Baudelaire (1821-1867), Verlaine (1844-1896), Rimbaud (1884- 1891) y Mallarmé (1842- 1898).
Gneuma es un término griego que alude al espíritu o aliento de vida.
Diacronía es un término griego para referirse al desarrollo o evolución de los acontecimientos a través del tiempo.
El término aporía, también del griego se refiere a los razonamientos en los cuales surgen contradicciones o paradojas irresolubles, dificultades lógicas de índole especulativas.
Profesor de la Universidad de Bonn, Alemania, durante el Coloquio Internacional sobre la obra de José Lezama lima (1982), celebrado en la Universidad de Poitiers en Francia, presentó un artículo titulado “Anotaciones sobre la erudición en Lezama Lima” donde se hace eco de esa corriente europea que tras el boom de la narrativa hispanoamericana quiso tildar a sus autores como de falta de erudición en correspondencia con su mundo subdesarrollado.
Consúltese el modelo de lo posmoderno descrito por Ihab Hassan en su obra The Dismemberment of Orpheus: Toward a Postmodern Literature. New York: Oxford University Press, 1982: 267-68.

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Referencias

Barthes, Roland. “Severo Sarduy: La cara barroca”. La Quinzaine Litteraire 28 (1967): 1.

Hassan, Ihab. The Dismemberment of Orpheus: Toward a Postmodern Literature. New York: Oxford University Press, 1982: 267-68.

Lezama Lima, José. Cartas a Eloísa y otra correspondencia. Madrid: Editorial Verbum, 1998.
--- Paradiso [Edición crítica] Madrid: Edición Cátedra, 1988.

Rodríguez Monegal, Emir. "Conversación con Severo Sarduy". Revista de Occidente 93 (1970): 315-343.

Rogman, Horst. “Anotaciones sobre la erudición en Lezama Lima.” Coloquio Internacional sobre la obra de Lezama Lima. Poesía. Madrid: Editorial Espiral/Fundamentos, 1984. 83-85.

Sarduy, Severo. Barroco. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1974.
--- Escrito sobre un cuerpo. Buenos Aires: editorial Sudamericana, 1969.



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Dr. Antonio J. Aiello is a faculty at the College of Charleston, SC. He also has taught as visiting assistant professor at Oregon State University, graduate associate teaching in the University of Arizona and New Mexico State University, adjunct faculty at Pima Community College in Tucson, Arizona,assistant professor at University of Kabul, Afghanistan and assistant professor at University of Camaguey, Cuba. He has taught Spanish language as second language in basic, intermediate and upper levels; Spanish and Spanish American Literature, and Hispanic Linguistics since 1977 to students from various countries from America, Europe, Africa and Asia.
His formation began in the Higher Pedagogical Institute “José Marti” in Camaguey, Cuba as a Bachelor in Spanish and Literature. He got his Master in Latin American Studies in the University of Camaguey. Later he took different courses about Semiotic and Theory of Information with the University of Valencia, Spain, and University of Oriente, Cuba. Finally he got his Ph. D. in Spanish at the University of Arizona, with a major in 20th - 21st centuries Spanish American Literature, and two minors in 20th – 21st centuries Spanish Literature, and Hispanic Linguistics.
His researches have been related with the Postmodern Literature, the Spanish and Spanish American Literature, the literature in the cinema, the Hispanic Linguistics and the process of languages acquisition,. Their results have been presented at various international events and at various universities and associations in the United States. He is also author of the book Presencia de la episteme posmoderna en el discurso narrativo hispanoamericano de los umbrales del siglo XXI: Carlos Fuentes Macías, Mario Vargas Llosa y Leonardo Padura Fuentes, and some textbooks for the Spanish as second language teaching. Besides, he has published several articles with the results from his investigations. Furthermore, he has collaborated with publishing house like Arizona Journal of Hispanic Cultural Studies, John Wiley and Sons, Inc.; Hispania a Journal of AATSP; La gota de agua, Philadelphia, PA. and the journal Mexican Studies/Estudios Mexicanos of The University of California Institute for Mexico and the United States, and the Universidad Nacional Autonoma de Mexico’

His current research focuses on postmodern Spanish American Literature about narrators as Zoé Valdés, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa and Leonardo Padura. He expects to fulfill soon some books called Lezama recipe book, The Postmodern Narrative from Zoé Valdés and The postmodern narrative in Cuba. A reality: Leonardo Padura.

sábado, 4 de julio de 2015

Lezama / Sarduy / Hockney: ejercicio comparado - Úrsula Starke


Sarduy fija en una breve imagen el ejercicio verbal de Lezama Lima en su obra: como la mariposa inmóvil dentro de la burbuja de resina de un pisapapel es la metáfora lezamiana, que sujeta el movimiento natural de tiempo que significa la descripción de imágenes. Como en la estalactita, detenido el movimiento de chorrear, ya no hay tiempo sino fijeza.
Lezama entonces, vendría a presentar sus redes de imágenes –entiéndase metafóricas- como una descripción del tiempo fijado, como una fotografía, captura del instante justo del movimiento de la mariposa volando dentro del cristal que impide su dispersión en el espacio.
Hockney busca hacer ver al tiempo mediante el ensamblaje de fotografías fijas, imitando la mirada, que escruta en un juego de ir y venir, de entrar y salir, del todo al detalle y de vuelta al todo. Primero lo improvisa luego lo descubre. “Los ensamblajes eran mucho más fieles a la manera en que observamos las cosas, se acercaban más a la experiencia real”. Hockney parte de la fijeza de la imagen en lo visual con cada fotografía independiente, luego las ensambla y evoca el movimiento, evoca el tiempo pero lo vuelve a fijar. Finalmente, los ensamblajes siempre han sido imágenes fijas que evocan tiempo pasando, siendo, pero que efectivamente no se mueven ni transitan.
Lezama evoca fijeza. A la metáfora le es inherente el movimiento, de lo primero a lo segundo, que remite a lo primero en su propio cuerpo. Es inevitable moverse de una cosa a otra cuando la imagen es una metáfora. Pero Lezama la delimita de tal modo que anula su movimiento: no se refiere a lo primero, ni a lo segundo, sino que a lo tercero, el resultado del juego. Se salta el vaivén, el ir y venir, entrar y salir del todo al detalle para ir directo al la imagen fija: “Esa gran lasca de piedra que se prolonga, que se sigue a así misma; no, ahí está la voluntad loyoliana para hacer que el espíritu descienda, se aclare, quepa justo en el círculo de nuestro ansiar vigilante (…) ¿Qué habanero en un día de recorrido de estaciones, de fiesteo navideño, o de plegado secreto por el San Cristobalón, no se ha detenido, después de aquél majestuoso además, verdaderamente cardenalicio, de la piedra en un fugato, en el pequeño, sonriente, amistoso balcón, que se entreabre entre el extendido orgullo de la piedra?
El movimiento es tiempo, por lo tanto ambos están planteándose la representación del movimiento como tiempo en la obra, mediante soportes diferentes y con intenciones diversas. La ilusión es, en uno y en otro, la intención de crear mundo.


Nota.- David Hockney, (9 de julio de 1937) es un pintor, proyectista, escenógrafo, impresor, y fotógrafo inglés. Fue un importante contribuidor del movimiento de Arte Pop en la década de 1960, es considerado uno de los artistas británicos más influyentes del siglo XX.

sábado, 14 de febrero de 2015

EL NEOBARROCO EN LA ARGENTINA - Daniel García Helder

Hace ya varios años que en Argentina se viene hablando del neobarroco, cubano-gongorismo o, en palabra de Perlongher, neobarroso.(1) Si repasamos la producción de poesía desde aproximadamente 1980, en seguida notamos algo así como una tendencia barroca; si profundizamos un poco, nos convencemos de que el barroco eterno, o al menos el barroco intermitente de las letras españolas, comenzó a escribir un nuevo capítulo en nuestro país, consecutivo de otro que, hacia 1937, con la publicación de Muerte de Narciso de Lezama Lima, se había empezado a escribir en Cuba, consecutivo a su vez del segundo y gran capítulo barroco de la poesía en español; me refiero al modernismo. Nietzsche remontó los orígenes de este estilo al arte griego; Eugenio D'Ors vio fenómenos barrocos creo que hasta en las cavernas; Menéndez Pidal notó en los cancioneros españoles de fines de la Edad Media cierta artificiosidad que prefigura la del gongorismo; nosotros, siendo estrictos, decimos que esta novela empieza a escribirse, en español, en el Siglo de Oro.
Pero volvamos a Argentina y al presente. Dijo Nicolás Rosa en 1983: "Existiría —según parece— un barroco moderno: no podemos usar otro nombre frente a la proliferación de formas barrocas que se instauran, en diferentes niveles, en la literatura actual".(2) Estas formas, que no llegan a excluir del panorama a otras formas, constituyen una verdadera tendencia de revitalización barroca; dentro de ella, incluso, pueden distinguirse algunas subespecies: el barroco etimológico de Héctor Píccoli, el nonsense barroco de Emeterio Cerro, el barroco mallarmeano de Arturo Carrera, el barroco sensualista de Néstor Perlongher, la gauchesca barroca de Leónidas Lamborghini (*), etcétera.
El guía de esta tendencia no es argentino sino cubano: Severo Sarduy, que reside desde hace tiempo en París. Gran parte de las características neobarrocas ya habían sido notadas o pronosticadas por Sarduy en su artículo de 1972 "El barroco y el neo barroco".(3) Y así como el guía es cubano el modelo también lo es: el ya legendario José Lezama Lima. Presentando a Arturo Carrera, Tamara Kamenszain dijo que "pertenece a una rara estirpe de lectores de Lezama";(4) y dijo Sarduy en su paso por Buenos Aires: "Carrera es a mí lo que yo soy a Lezama lo que Lezama es a Góngora lo que Góngora es a Dios" (a esta genealogía se le puede objetar, sin propósito, el que mucha gente conozca a Dios con el nombre de Petrarca).
La propensión del barroco clásico al artificio, a la exuberancia verbal, al ornato y a los contrastes bruscos, que constituyen una impugnación parcial de la estética del Renacimiento, tiene su correlato en la misma propensión del neobarroco, con la diferencia de que éste no impugna ningún período de imitación clásica (a menos que consideremos que Enrique Banchs y Borges conforman un período ellos solos). El espíritu neobarroco no coincide, por supuesto, con el espíritu contrarreformista del barroco clásico; en una entrevista,(5) Sarduy lo condensó en las siguientes voces: kitsch, camp, gay. Uno se ve tentado a admitir tal caracterización o caricatura, por más que Perlongher, luego, haya manifestado que fue una boutade de Sarduy; pero tampoco puede comprobarse que tal espíritu afecte a todos los autores.(**)
Pasemos a considerar ahora algunos procedimientos y otros aspectos particulares de las obras.

SUPERFICIE: El vínculo vulgar entre un sonido y su significado directo (la transparencia) es burlado por los neobarrocos mediante diversos procedimientos, como la proliferación, la aliteración, la pesquisa de anagramas, hipogramas y demás calembours; "el Ste alude a un Sdo elidido", dice Nicolás Rosa, ob. cit. Las palabras entran en un estado de opacidad, se remiten entre sí y no se subordinan a un fin comunicativo. Esta suerte de interplay, muchas veces, logra hacer del español una lengua física, con peso y relieve, y en esto hay que concederles una victoria sobre ese gran generador de opiniones que fue Borges y que sentenció nuestro idioma al grado de lengua abstracta, comparándola al latín y oponiéndola al inglés. Es frecuente que este —digamos— materialismo los conduzca a practicar una escritura de superficie, desvaneciendo toda ilusión referencial e impidiendo todo descenso a un fondo semántico. Dice Sarduy en su artículo: "Nada, ninguna otra lectura se esconde necesariamente bajo la aliteración, su pista no reenvía más que a sí misma y lo que su máscara enmascara es precisamente el hecho de no ser más que una máscara, un artificio y un divertimento fonético que son su propio fin." Para desvirtuar este tipo de divertimentos nos bastaría abrir al azar cualquier libro de Emeterio Cerro, pero no creo que haga falta descender tanto; Perlongher aliteró "sabrosos hombres broncos hombreando hombrunos" y cosas por el estilo. El abuso de esta técnica antigua de vez en cuando depara una línea más significativa que la anterior, como por ejemplo la de Carrera "ser: res, residuo, resaca", cuyo acierto no se repite habitualmente.
El significado está elidido, y elidido quiere decir que no está o que está debilitado. Si el lector ha de alcanzar un sentido, no será en el desciframiento de una metáfora complicada o en la atención al desarrollo de una idea, sino en las reverberaciones y asociaciones de sonidos, en las magnificencias verbales, sugestivas, o en la eficacia de los jeux de mots. Esta voluntad de producir una textura más que un texto, esta intención de perder profundidad para ganar bulto no es posible, a menudo, diferenciarla del automatismo psíquico; los surrealistas del 50 no llegaron a ser tan franceses como los neobarrocos, o tan swinburneanos; éstos sobredimensionan el prestigio del significante como no lo había hecho nadie, entre nosotros, después del Lugones de Los crepúsculos del jardín, en 1905. Los ejemplos más acabados de esta superficialidad los vemos en Cobra (1972) y Big Bang (1974), de Sarduy; en Austria-Hungría (1980) y Alambres (1987), de Perlongher; en La partera canta (1982) y Mi padre (1985), de Carrera, como en varios poemas incluidos en las dos antologías de la revista Xul (una de 1983 y otra de 1985).
Y junto al poder sugestivo de lo sonoro se explora el de lo tipográfico, lo visual. En las páginas de Carrera y Píccoli —verdaderos sagrarios postmallarmeanos— los espacios en blanco están celosamente administrados y tenemos la impresión de que su valor es parejo al de la escritura. Píccoli, en Permutaciones (1975) y Si no a enhestar el oro oído (1983), llegó a incluir páginas desplegables, tal vez con el propósito de que el largo del poema pudiera verse de un solo vistazo; en el primero combinó letras rojas y negras y trazó líneas verticales y horizontales, también rojas y negras, para dividir grupos de sílabas; en el segundo los caracteres son más pequeños que los que acostumbraba usar Juan L. Ortiz: el lector está obligado a agudizar la vista y, por contigüidad, agudiza el oído. Carrera, en Escrito con un nictógrafo (1972), invierte los colores: blanco para la letra, negro para el papel; las estrofas son de pocos versos y están separadas por grandes espacios —recurso que repite en la mayoría de sus libros—; en Mi padre separó los párrafos en prosa con líneas enteras o de puntos y jugó con la espacialización de algunas palabras en la página. Parecidos y diversos procedimientos encontramos en las dos antologías de Xul: texturas visuales ilegibles, dibujos con palabras, uso de distintos caracteres en un mismo poema y otras experiencias análogas a las de Apollinaire, Cummings, los hermanos de Campo, Décio Pignatari, Falström, el mismo Sarduy y demás poetas.

COSMÉTICA Y PARODIA: El gusto por lo frivolo, exótico, recargado, la ornamentación, las descripciones exuberantes o de la exuberancia, el cromatismo, las transcripciones pictóricas, las citas y alusiones culteranas, etcétera, son rasgos neobarrocos que esbozan la reapertura de algo que parecía definitivamente extinguido: el modernismo, la tradición rubendariana de Azul y Prosas profanas, no la que se inicia con Cantos de Vida y Esperanza. "Hay que maquillarse" —dice Sarduy en la entrevista, y podría haber dicho Darío—, seducir. Un libro es como una puta. Hay que maquillarlo, hacerlo más atractivo, tiene que ser lo bastante cosmético." Ahora bien, ¿qué nos hace suponer que tal cosmética, fastidiosa en el modernismo y recusada por las subsiguientes generaciones de poetas y lectores, no nos molestará en el neobarroco? ¿Por qué unos versos de Perlongher ("como tigresa encadenada echóse / sobre ti, que yacías / en el ligero sueño") nos parecen o deben parecemos menos cursis que unos de Darío ("La tigre ufana / respira a pulmón lleno, / y al verse hermosa, altiva, soberana, / le late el corazón, se le hincha un seno")? ¿Por qué una enumeración de Sarduy ("La coronaban aros de vasos rotos, saleros al revés, pimientos, clavos, racimos de ajo, un jabón, cucharones de cobre y un molino de café cuya manigueta seguía dando vueltas") nos parece o debe parecemos menos cargosa que una de Darío ("Topacios y carbunclos, / rubíes y amatistas / en la ancha copa etrusca / repleta de ceniza, / los lechos abrigados, / las almohadas mullidas, / las pieles de Astrakán, los besos cálidos / que dan las bocas húmedas y tibias")? Sin duda la respuesta gira en torno a un refuerzo de sentido presente en Perlongher y Sarduy y ausente en Darío: la parodia.
No puede afirmarse que Darío tuviera en cuenta la parodia, o que cifrara parte de la eficacia de sus textos en otra clase de sobreentendido, pero varios de sus recursos son los recursos de la parodia neobarroca, como el de remitir antes al arte que a la naturaleza (Darío: "cual la que pinta fra Doménico Calvaca en sus Vidas de santos"; Carrera: "como las casas en blanco de Kazuo Shinohara"; Perlongher: "a la manera de un figurín de Jaumandreu"), o el de la cita y las alusiones. Si Darío citaba insistentemente, con y sin comillas, no siempre porque lo exigiera el poema, y aludía al mundo de la cultura casi con desesperación, interesado en no dar con el mundo de las cosas sino después de un rodeo, la manera de citar y aludir de los neobarrocos no es menos caótica. Este procedimiento, que ya es exagerado en Góngora, es cansador en Darío y exasperante en Sarduy.
En su artículo de 1972, Sarduy indica qué íntimamente ligadas están la cita y la alusión a la parodia. Con respecto al uso de la parodia llega a ser temerario: "Sólo en la medida —asegura— en que una obra del barroco latinoamericano sea la desfiguración de una obra anterior que haya que leer en filigrana para gustar totalmente de ella, ésta pertenecerá a un género mayor". Afirmación, creo, simplemente caprichosa; la bondad de una obra, incluso una barroca, no depende exclusivamente de su capacidad de desfigurar otra obra; hasta puede prescindir de tal capacidad sin resentirse. Para lo que a menudo sirve esta insistencia de parodiar, citar y aludir sin coto es para mantener en vilo al auditorio, sumirlo en un estado de sospecha permanente. Tenemos la impresión —fomentada por el texto— de que cuando se dice una cosa en realidad se está diciendo otra, o contestando una expresión perdida en una obra del pasado no explicitada; nos parece que el texto alude a una obra, luego a otra y luego a otra, sin que podamos descubrir entre la primera, la segunda y la tercera un factor medianamente significativo: el factor suele ser trivial. El hecho de que el lector sea competente y esté atento a estas intercomunicaciones no garantiza su placer; incluso si sospecha que son gratuitas se exasperará. Quiero decir que parodiar no es un valor en sí, es un útil; varios autores no sólo de nuestra época nos dan ejemplos de lo bueno y lo malo que se puede hacer con él.

ENSIMISMAMIENTO: Si algo se le reprochó a Rubén Darío y al modernismo en general es no haber entendido a Mallarmé; los neobarrocos puede decirse que sí lo entienden, o al menos entienden lo que Barthes dijo era la nueva de Mallarmé: "confundir en una misma sustancia escrita la literatura y el pensamiento de la literatura".(6) En Cobra, por ejemplo, encontramos frases como "La escritura es el arte de recrear la realidad", seguidas de párrafos como "Respetémoslo. No ha llegado el artífice himalayo, como se dijo, alhajadito y pestiferante, sino con un recién planchado y viril traje cruzado color crema". No puede insinuarse que tal frase esté de más, siendo que está incluida en una obra donde todo está demás, todo es demasía; sino que intenta ser irónico, y es banal. Entre nosotros, y en materia autorreflexiva, no hay nadie más perseverante que Arturo Carrera; el español Julián Ríos dijo que Góngora y Mallarmé se prolongan en la línea de sus poemas, lo que constituye una evidencia: "escribo como si robara", "el escriba reescribe", "soler hablar es poco o nada. Escribir es nada aún", "lector, descree de nuestra locura y nuestra labia", "el escriba aletarga", "el escriba piensa", "el escriba escribía" pertenecen a un tipo de sentencias infinitamente frecuentes en sus libros.
La poesía como tema de la poesía, los poemas cuyo tema son la palabra, el lenguaje, lo dicho o lo no-dicho, el discurso, la escritura, etcétera; éstas y otras tautologías, parientes cercanas del writing on writing, no son propias del neobarroco sino patrimonio común de los poetas modernos argentinos, preocupados en abordar o rozar los temas de la lingüística y el psicoanálisis así como los poetas de antes abordaban o rozaban los de la filosofía y la ética. Pero si bien los neobarrocos no son los únicos en ensimismar la poesía, son los que llevan a cabo un proceso que se inició con el modernismo: el acercamiento de lo que se tiene por tipicidad española (la naturaleza barroca) a cierta tipicidad francesa postmallarmeana (la confusión de la literatura y el pensamiento de la literatura). El modernismo no sólo adaptó un número de metros franceses a la prosodia del español; adoptó el formalismo de los parnasianos y la teoría de las correspondencias simbolistas. En esto último, sin embargo, los modernistas no fueron más allá del manejo de las sinestesias y del tono puramente declarativo, como el de "El coloquio de los centauros" de Rubén Darío. De igual modo, los neobarrocos adoptan el relajamiento formal del surrealismo, su libertad de asociaciones, a un material barroco, confundiendo aquí y allá lo que se hace con lo que se dice que se hace. El primer paso de este acercamiento lo dio, por supuesto, Sarduy, que en París entabló relaciones con el grupo de la revista "Tel Quel"; en nuestro país, mucho ayudó la tolerancia del intelectual medio para con la crítica francesa y su ductibilidad, en general, para aprehender los rudimentos de cualquier ciencia y enterarse de lo último.

PERSONALMENTE: "La gran literatura es sencillamente idioma cargado de significado hasta el máximo de sus posibilidades." (7). Los que nos apoyamos en esta sentencia de Pound, aun temiendo por la gran restricción que supone, por el estrecho margen operativo que deja, no apreciamos, obviamente, estas obras del neobarroco, expresivas, ricas en especies y artificios, en fin; deliberadamente barrocas. Estas obras no nos afectan, no nos conmueven sino de vez en cuando, y siempre después de una larga deriva, por casualidad, con la gracia de un párrafo aislado, con un verso milagrosamente comprensible, con una imagen destinada a grabarse con nitidez en nuestra imaginación, como el gamo de Sarduy que pasa mojado, veloz, contra el naranja del bosque, o como la iguana en la luz de Píccoli, fija en su santidad. Incluso podríamos señalar unos cuantos poemas que, por motivos personales, por simpatía o por ser menos barrocos, nos gusta recordar, como "Un día en 'La Esperanza'" de Carrera, como "Sacra privata" de Píccoli, como "El cadáver" (no ese otro poema "Cadáveres") de Perlongher, pero no veo que el gusto deba anteponerse al juicio crítico siempre que éste trata de hacer generalizaciones que considera útiles para el desarrollo de la poesía de un país.
Ya Gracián, en su Oráculo Manual de 1647, había aconsejado: "Amaga misterio en todo; la arcanidad provoca veneración; aún en el darse a entender se ha de huir la llaneza". Puede decirse que también los neobarrocos entienden esto, como entienden a Mallarmé; no se trata de acusarlos de oscuros o difíciles y reeditar la polémica del siglo XVII entre los detractores y apologistas del gongorismo; se trata de detectar lo que la mayoría de las veces constituye un fraude: amagar misterio en todo, armar simulacros de revelación donde no se dice nada, a imitación del sueño de Góngora, que "sombras suele vestir de bulto bello". Precisamente es Pound quien puede contestar a Gracián; a su entender, la segunda causa de la falsa literatura (la primera es de orden económica) "es el deseo humano de hablar de lo que no se conoce, o hacer pasar una vaciedad por una plenitud".(8)

Inversamente, todavía nos preocupa imaginar una poesía sin heroísmos del lenguaje, pero arriesgada en su tarea de lograr algún tipo de belleza mediante la precisión, lo breve —o bien lo necesariamente extenso—, la fácil o difícil claridad, rasgos que de manera explícita o implícita censura el neobarroco. Que la palabra justa, ese sueño de Flaubert y de tantos otros, sea una ilusión de prosistas con la que los poetas a menudo no quieran transar, no invalida el esfuerzo de nadie por conseguir el sustantivo más adecuado y el adjetivo menos accesorio para lo que intenta decir. Contra esta economía de lenguaje el neobarroco ostenta el derroche, la expansión expresionista. La noción de una poesía puramente ideográfica, no inventada pero acuñada también por Borges, "directa comunicación de experiencias, no de sonidos",(9) merece nuestra estima y creemos que no ha echado suficientes raíces entre nosotros. Todo lo que acabo de exponer opone al deseo de provocar veneración, y al axioma "maquillarse para seducir" de Sarduy, el deseo, no por más humilde menos pretencioso, de emocionar, emocionar sin exaltar ni enternecer, es decir procurar para uno mismo y para el lector una percepción emotiva del mundo.

Debo reconocer que esta nota no abarca la totalidad de los fenómenos de la tendencia y que cuando digo "tendencia" contradigo la experiencia que cada uno tiene en su casa como lector. Concretamente: leemos libros, apiñarlos en una tendencia es un presentimiento. La descripción que hago de las características neobarrocas esboza una utopía, ya que difícilmente encontremos un texto que las contenga a todas y posiblemente demos con alguno que contenga a éstas y a otras más. Los autores que considero más representativos; las dos antologías de Xul —más de veinte nombres— completan un poco el panorama y muestran cómo muchos están subidos a un animal que no doman, quiero decir: no a todos les resulta inevitable expresarse de la manera en que lo hacen, y la insinceridad está a la vista. El hecho de que, siendo el tema el neobarroco en Argentina, haya citado tantas veces a Sarduy, que es cubano y vive en París, se debe a su calidad o actitud de guía y a la permanente circulación de sus libros y su nombre entre los que Kamenszain llamó "rara estirpe de lectores de Lezama". Dejo para otra oportunidad, y tal vez para otra persona, un tema complementario y asimismo importante: la relación del neobarroco con Lezama Lima y la de éste con Góngora, con la que llegaríamos al origen de la genealogía trazada por Sarduy.

Esta nota amplía algunos conceptos incluidos en "Tres libros", ponencia de Martín Prieto en el Encuentro Nacional de Literatura y Crítica organizado por la Universidad Nacional del Litoral de setiembre del año pasado.


(1) Ver reportaje de Pablo Dreizik a Perlongher en el suplemento de cultura de Tiempo Argentino del 3/8/86.
(2) Ver prólogo a Si no a enhestar el oro oído, de Piccoli (Ed. La Cachimba, Rosario, 1983).
(3) Incluido en América Latina en su literatura, compilación de César Fernández Moreno (Siglo Veintiuno, México, 1972).
(4) En crítica a Mi padre, de Carrera, aparecida en La Razón/Cultura del 17/11/85, donde también puede verse una fotografía a Severo Sarduy de Alicia D'Amico.
(5) Entrevista de Armando Almada Roche a Sarduy publicada en La Razón /Cultura del 5/1/86.
(6) Ver "Literatura y metalenguaje", en Ensayos críticos, de Barthes (Seix Barral, Barcelona, 1967).
(7) Ver Ezra Pound, El arte de la poesía (Ed. Joaquín Mortiz, México, 1970).
(8) Ver Pound, El ABC de la lectura (Ed. de la Flor, Bs. As., 1968).
(9) Ver "La supersticiosa ética del lector", en Discusión, 1932.

(Diario de Poesía Nº4 Otoño de 1987)
Daniel García Helder (Argentina, Rosario, 1961)


(*) Sin embargo, el uso de la parodia en Lamborghini, apuesta a potenciar el sentido del texto original, poemas como "Eyaculatoria de un gaucho", "Seol", ya fuera del imaginario gauchesco, y otros poemas, reactualizan las formas y permiten una relectura en otra clave de la tradición. (Nota del administrador del blog original (i)).
(**) En una entrevista realizada por la revista 18 Whiskys (Nros.3/4, marzo de 1993) al poeta chileno Diego Maquieira, este afirma: Se puede ser barroco sin ser maricón. (Nota del Administrador del blog original (i))

(i) LA BIBLIOTECA DE MARCELO LEITES.