viernes, 12 de septiembre de 2014

Turbio fondeadero: Política e ideología en la poética neobarrosa de Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher - Karina Elizabeth Vázquez

Karina Elizabeth Vázquez
University of Florida

La forma de poema es una desgracia pasajera. (Lamborghini, “Die Verneinug”, 1977)

En la poética de Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher no son los barcos, como dice el tango, los que van a recalar en el fangoso y turbio Río de la Plata, sino cuerpos que, arrastrados, tapados y penetrados por las corrientes arcillosas, no pueden escapar a las transformaciones que les inflige una marea oscura, desconocida. Esta metáfora podría referirse al destino de las miles de víctimas del terrorismo de estado practicado por la última dictadura militar argentina (1976-1983); podría explicar el uso del lenguaje en la poesía de ambos escritores, o aludir a un modo de entender el sujeto que, de acuerdo a lo señalado por Tamara Kamenszain respecto de la última etapa en la poesía de Oliverio Girondo, "...deviene eso, multiplicación..." (175) (1) De hecho, podría ser las tres metáforas juntas; con lo que se estaría en presencia de una manifestación de lo político y lo ideológico en el lenguaje poético, y de uno de los rasgos principales del neobarroso, el neobarroco rioplatense. Este trabajo analiza esta característica en la poesía de Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher y traza la diferencia entre el neobarroco y el neobarroso, circunscribiéndose a dos aspectos: la exaltación de los espacios y la exuberancia de los cuerpos (2).
Durante la década del ochenta, el neobarroco fue uno de los lenguajes poéticos que expresó la voluntad de reflexionar sobre los efectos de la última dictadura militar en Argentina (3). Esta poética coexistió con otra tendencia --que ya se había iniciado como resultado de la dictadura--, identificada con el alejamiento de lo referencial, el rechazo y abandono del tono coloquial, la estructura narrativa y la intención comunicativa en el discurso poético.
Después de la transición democrática la poesía tendió a desdibujar los límites entre lo interno y lo externo, a romper con la sintaxis y a profundizar los ritmos y las sonoridades. Jorge Fondebrider describe a esta poesía como "Incertidumbre, desconfianza, abordaje oblicuo del discurso, enmascaramiento, fractura, desplazamiento de los grandes temas a la propia subjetividad, búsqueda de un centro ubicado fuera del entorno social inmediato" (13). El neobarroco surgido en la post dictadura, sin embargo, no propuso ni la descentralización externa ni la búsqueda de un eje interno. Por el contrario, mediante la descentralización constante, producto del rechazo de la búsqueda de un centro, promovió el cuestionamiento de la identidad. En este sentido, el neobarroco post dictatorial de Néstor Perlongher comparte rasgos con el neobarroco de Osvaldo Lamborghini, previo al golpe militar, y ambos presentan la característica central del neobarroso: la presencia de lo político y lo ideológico en el texto.
Perlongher, quien recogió influencias de Deleuze y Guattari, José Lezama Lima y Severo Sarduy, trazó una genealogía neobarroca argentina que se remonta hasta principios de los setenta, con los textos poéticos y en prosa de Osvaldo Lamborghini, y llega hasta él mismo.(4) Al definir las características del neobarroco rioplatense, propuso el término neobarroso, al cual definió como "...El neobarroco [...] que se vuelve festivamente neobarroso en su descenso a las márgenes del Plata [...] no funciona como una estructura unificada, como una escuela o disciplina artística, sino que su juego actual parece dirigido a montar la parodia, la carnavalización, la derisión..." (Prosa plebeya 115). En efecto, la exaltación de los espacios y la exuberancia de los cuerpos, resultado de la confluencia de sintaxis barroca, parodia y carnavalización, invita a la lectura política e ideológica del texto poético. En el caso de Lamborghini, lo político y lo ideológico son resultado de la tarea de reconstrucción crítica que el lector debe hacer del “cuerpo social” presente en el texto. Transfiguradas en él, aparecen las contradicciones provocadas por la posibilidad del surgimiento de una izquierda peronista en la década del setenta, y la crítica al sistema cultural propuesto por la izquierda socialista en el caso de Perlongher, la exaltación de los espacios y la exuberancia de los cuerpos abre paso a una lectura política que conduce, más que a la reconstrucción crítica del “cuerpo social”, al cuestionamiento de las categorías de construcción del individuo.
Durante las décadas de los setenta y ochenta el barroco se insertó en el debate intelectual sobre la modernidad/postmodernidad en medio de otra polémica que vio en la experiencia latinoamericana la disonancia de la modernidad (5). Según Irlemar Chiampi, la reaparición del barroco, atestigua “…la crisis/fin de la modernidad y la condición misma de un continente que no pudo incorporar el proyecto del Iluminismo" (17). El texto neobarroco se presenta entonces como la expresión de ese "desorden compuesto" en el que el sentido es devorado por la experiencia de las palabras. El resultado es un sujeto poético conciente del descentramiento que se produce tanto al nivel de la forma como del contenido, y provoca una profunda sensación de “falta de armonía” (6). Se trata del  "...reflejo necesariamente pulverizado de un saber que ya no está apaciblemente cerrado sobre sí mismo. Arte del destronamiento y la discusión..." (Sarduy 103) (7), y de la reflexión sobre la imposibilidad de fijar un sentido único. Los significados pierden su referencia habitual y los cuerpos y los espacios aparecen entonces en un “rizoma” unidos a la experiencia de lo innombrable.
La descentralización es una de las principales características del barroco y del neobarroco. Producto de la tensión entre el deseo de fijar el sentido y la imposibilidad de hacerlo, surge una sintaxis trastocada en la que el sujeto poético "es" en tanto que "no es". Este se materializa en las elipsis que discurren en la corriente de significantes del poema, transformado en un continuo fluir de palabras abandonadas por la denotación y sometidas a lo impredecible de la connotación. Pero mientras que en el barroco (8) antítesis, elipsis, metáfora, parábola e hipérbole son las herramientas retóricas que dan lugar al movimiento y al descentramiento, en el texto neobarroco los mecanismos que operan en el texto son otros: a- la sustitución de un significante por otro alejado en términos semánticos; b- la proliferación de una cadena de significantes alrededor de un significante excluido y c- la condensación, unión de dos términos de una cadena de significantes para producir un tercero, la “insignificación”, mediante juegos fonéticos y neologismos. Estos tres mecanismos generan una ruptura del nivel denotativo de las palabras exaltando el carácter connotativo del lenguaje (9).
El neobarroco, por su parte, además de generar el movimiento y descentralización del sujeto a través de la cadena de significantes (barroco), y de proponer la conciencia de la materialidad del lenguaje (neobarroco), agrega la parodia y la carnavalización. (10) Ambas intensifican la experiencia de la materialidad producida por la cadena de significantes, provocando la exaltación de los espacios y la exuberancia de los cuerpos. En la poética lamborghiniana esto constituye el camino para “inferir” lo político, en vez de decirlo. En primer término, se parodia todo un sistema cultural dador de prestigio, el mismo en el que se erigió la representación realista de izquierda de las décadas del veinte y treinta (11). En segundo término, a la generación de las décadas del sesenta y setenta, que vislumbró en la militancia política --y desde dentro del sistema cultural dador de prestigio que continuaba oponiendo cultura vs. peronismo--, la posibilidad de surgimiento de una izquierda peronista. La poética de Lamborghini, tanto en su prosa como en su poesía, rompe con ambas estructuras al mostrar, mediante la cohesión de cuerpo y espacio, que el lenguaje y la representación parten del hecho político. Este último se halla ausente, pero es aludido mediante el uso paródico y la carnavalización de los significantes (a través de la rima, la aliteración, el exceso del hipérbaton, y la sustitución, proliferación y condensación de los significantes).
Una vez lograda la obturación semántica de lo establecido, del sentido generalmente aceptado, sólo permanece en el texto el significante, que puede unirse a otros referentes y producir nuevos significados. En consecuencia, el lenguaje poético exhibe el carácter inestable de la relación entre significante y referente. Por eso, la lectura de la poesía de Lamborghini se torna necesariamente política, porque requiere un continuo reajuste ideológico, político y cultural de los modos de leer; es decir, precisa de un trabajo de inferencia del contenido político. Se observa esto en los primeros versos de “Los Tadeys” (1974): “…Ya no/Esto no/no pensar sino hormigueo vasto/(algo que se extiende por el cuerpo)/grosero/las palabras hasta caen fuera de la matriz extraída la leyenda…/Hormigueo y bullido/que no bulle ni se evapora/y agregado de la postrer desgracia/Menos aún descansa” (Poemas 1969-1985, 48).
Sin su significado habitual, las palabras son una progresión espacial sin sentido, una desintegración, metafórica, del cuerpo en tanto unidad de significado. De ahí que éste aparezca como un todo denigrado, sometido a la violencia externa. En primer lugar, la gramaticalidad que garantiza el mensaje se quiebra en una progresión de significantes que inexorablemente conduce a la exaltación y cohesión de espacio y cuerpo. Al desestabilizar el “fordismo” del discurso --su lógica--, el relato avanza hasta llegar a exponer los cuerpos y los espacios: “…Cosa de hombres,/la máquina de escribir se traga a los hombres/(rasga el manuscrito)/con evidente perfección/poco menos que fordesca…/Es el encanto,/Todo se entiende tan bien/Tan injusto suena aquello/(ese decir: naides entiende)…” (Poemas 1969-1985, 49). En segundo lugar, el sin sentido de ese avance desnuda al lenguaje y exhibe su materialidad, todo aquello que precede a la conformación del discurso: “…Crece/hasta crecer/hasta creerse en el haber nacido/y en payada cualquiera se raja./Rezuma en su encordado:/'Ajá: o el hombre se hace mundo/o zas: el mundo hombre se vuelve'./Tanto la una como la otra, esas dos procosas/imposibles son./Entonces telón./Veintisiete letras” (Poemas 1969-1985, 49).
Se llega, de este modo, a una desintegración de la individualidad, por ejemplo: “Yo, que tiene que vivir,/progresar en el relato,/decididamente no puede: el poder…/se invierte en todo lugar, conquista/(a la larga) la superficie de cualquier inversión./Así que: ningún qué…” (Poemas 1969-1985, 50). En efecto, aquí la falta de correspondencia entre sujeto y predicado (yo, que tiene), indica, además de la ‘multiplicidad de sujetos’, la desintegración de lo individual a causa de los condicionamientos externos del cuerpo. La agramaticalidad indica así la convivencia de múltiples sujetos en un mismo cuerpo; por ejemplo, en el mismo poema: “…(Te) Estoy de vuelta,/escarnecido y humillado,/con silbos aun a cuestas del dorso./Pero, no importa./En amor, quién sabe./Nunca se sabe de qué lado./No en amor, nunca se certifica la posesión/y ni siquiera se es:/no, quien reconoce abrasa…/Té: una, dos y hasta tres tazas/bebidas en el revés de la pestaña./…” (Poemas 1969-1985, 64). Aquí, el juego con el pronombre (te) y con el sustantivo (té) señala la “cosificación” de la persona y la personificación del objeto y de la acción; ambos son producto de un proceso de inversión cuyo resultado es la exaltación del cuerpo, no ya como unidad sino como espacio en el que ocurren sucesos, en el que se solapa lo público con lo privado (12).
En el constante pasaje de la palabra hacia la materialidad --mediante la denigración e inversión del orden--, se intensifica la percepción de la continua transformación del cuerpo y su integración en el espacio, que en el caso de Lamborghini se trata de un espacio no estrictamente urbano sino más cercano a lo telúrico: “Hoy, Especiado de Contra Tona./Hermético, ridículo poema en cuerda Tikidiki:/hoy había un consejo de Regencia/donde la titiritada diosa aparecía/(llaga invernal o la dostoievskiana eternidad/en el hueco oscuro de una letrina…” (Poemas 1969-1985, 50). La inversión del orden, característica central de la carnavalización, acentúa la experiencia de la materialidad generada por la sucesión de significantes.(13) Según el mismo Perlongher “…hablaría de 'neobarroso' para la cosa rioplatense porque constantemente está trabajando con una ilusión de profundidad, una profundidad que chapotea en el borde de un río..." (Fondebrider 22). Por otro lado, para Nicolás Rosa, "...La extensión producirá una suma infinita de significantes [...] La extensión de un significante como 'goma' daría la gomosidad, lo graso, la grasitud, lo cebáceo, lo craso y lo untuoso..." (69).
El neobarroso remarcaría así las diferencias entre lo que emerge de la cadena de significantes y aquello que está ausente; por ejemplo --haciéndose eco lamborhiniano de “Die Verneinug” (1977)--, en el poema de Perlongher "Un brillo de fraude y neón" (14), donde: “...Y el azogue circulizado festeja la silueta de una sombra, / no deslumbra por luz sino por ebria oquedad en el plegado / del cimbroneo por montajes de piel /..." (Poemas completos 300). En el poema de Lamborghini, la insignificancia revela un sistema de equivalencias transitorias que impone, justamente a causa de su transitoriedad, una lectura política. En “Die Verneinug”, aquello identificado con lo bello de la gramática, con la prosa prolija, es equiparado a lo oscuro, a lo que se identifica con los fluidos y los deshechos corporales: “El retrete, en suma. La plegaria, el duque de Ohm./El deslucido y rasgado papel de los gramáticos…” (Poemas 1969-1985, 77). La sintaxis representa un orden opuesto al movimiento de los fluidos, “… [los gramáticos]No construyen sistemas: se emperran./Es visible sin embargo que estas orejas ofenden al parque/y perpetuo lo incluyen del otro lado./El tiempo, el condenado a gruta ornamental./Y la cara contra allí golpea, se hiere,/falta de imaginación incluso para la protesta./Pero obtenida, todo en orden./Obtenida, con membrete/con un membrete/la patente de cárcel…” (Poemas 1969-1985, 77). El movimiento de descenso que conduce a una progresiva denigración establece equivalencias que provocan la exhuberancia, tales como imaginación=orden; membrete=cárcel; vida=muerte, o masculino=femenino.
En efecto, estas equivalencias exponen la inversión del orden y el carácter provisional de todas las categorías y etiquetas sociales. Por ejemplo, en “Prosa cortada” (1977), “Si hay algo que odio es la música,/Las rimas, los juegos de palabras./Nací en una generación./La muerte y la vida estaban/En un cuaderno a rayas:/La muerte y la vida,/Lo masculino y lo femenino…” (Poemas 1969-1985, 78). Aparece aquí, con mayor nitidez, el sustrato poético presente en “El fiord”, en el que la falta de concordancia entre significante y referente propicia la irrupción de lo público en el espacio textual (15). Ese espacio en el que, transitoriamente, se suceden las equivalencias, puede identificarse en “La madre Hogarth” (1977) del siguiente modo: “El duque de Ohm, fiordizado/vale decir uncido cara a cara/hambrientamente a una muerte/de brillo, de fraude y de neón,…” (Poemas 1969-1985, 89). Retomando el poema de Perlongher “Un brillo de fraude y neón”, aquello que surge de las palabras se encuentra “plegado”, pero mientras que en la poética de Lamborghini lo que aparece es el momento posterior al pliegue, la exhuberancia consumada en la cohesión entre cuerpo y espacio --palabra y acto--, en la poética de Perlongher, el pliegue es constante, la exhuberancia, la “fiordización”, es continua.
En la poesía de Perlongher los lugares comunes del progresismo democrático son ridiculizados por el humor irrespetuoso, la sonoridad lingüística y la insolencia (16). Lo político surge del texto, pero su intensidad y dirección son distintas a las de Lamborghini. Al igual que en éste, una cierta violencia resulta del movimiento de los significantes, de la sonoridad lingüística, de la parodia y la carnavalización, que agrede pero al mismo tiempo adora aquello que está presente --el significante nuevo que emerge del texto--, y aquello que está ausente --lo que se alude parodiando su ausencia. La sonoridad de los textos presenta un cuerpo que ya no se identifica con las versiones normalizadas de la "identidad" (17).
Pero a diferencia de Lamborghini, en Perlongher el cuerpo no ingresa a un sistema de equivalencias, sino que es continuamente vencido por la descentralización de la cadena de significantes. Por eso, en su poesía los fluidos que emanan del cuerpo son los que le dan forma y contenido. Este aparece a medida que fluyen sonoramente las palabras. Su exuberancia es resultado de la exageración grotesca de un ellaél o de un elella, parodia de la ausencia o presencia de lo masculino o lo femenino. Se puede observar esto en "El polvo" (Austria-Hungría, 1980), donde la exuberancia del cuerpo es resultado de la cadena de significantes: "...esos destrozos recurrentes de un espejo en la cabeza de otro espejo / o esos diálogos: / "Ya no seré la última marica de tu vida", dice él / que dice ella, o dice ella, o él / que hubiera dicho ella, o si él le hubiera dicho: / "Seré tu último chongo" /..." (Poemas completos 31). La ausencia de lo masculino/femenino como algo definido se parodia a través del lenguaje, de la rima y aliteración del los significantes: "...espeso como masacre de tulipanes, lácteo / como la leche de él sobre la boca de ella, o de los senos / de ella sobre los vellos de su ano, o de un dedo en la garganta / su concha multicolor hecha pedazos en donde vuelcan los carreros / residuos / de una penetración: la de los penes truncos, puntos, juncos, / la de los penes juntos / en su hondura - oh perdido acabar / albur derrame el de ella, el de él, el de ellaél o élella /..." (Poemas completos 31)
En la poesía de Lamborghini, la cohesión entre cuerpo y espacio es provocada por la parodia y la carnavalización de lo telúrico. La voz del campo, de lo rural, de aquello identificado como la antítesis de la ciudad y de lo civilizado, es parodiada para conducir al cuerpo a un encuentro con el lugar de los prejuicios. Por el contrario, en la poesía de Perlongher, en la que el cuerpo es un continuo fluir, no hay coincidencias; por ende, no hay inversión de un sistema de equivalencias sino un escenario, el urbano, que con su vulgaridad predispone a la inversión constante de las etiquetas de la identidad. En "Nostro mundo" (Parque Lezama, 1990), lo urbano es el recorrido que hace el cuerpo al discurrir: "...un plano de tierra plana. / Cómo urdir un territorio / cuyas fronteras fueran tan lábiles que dejasen penetrar / el flujo de los suburbios y la huelga de las panaderías matinales /..." (Poemas completos 212). En "Pavón", también de Parque Lezama, el cuerpo es el que hace aparecer a los espacios urbanos a través de su continuo deambular: "Si hubiese cruzado la Pavón cuando él meneándose arisco en una falsa amenaza de fuga o de seguir andando sin parar no hubiese rizado el espacio que corroía la distancia entre la botamanga y la pupila de ojos en compota futuramente hueros si no sino su llaverito con gomas de la confitería del molino o fresas..." (Poemas completos 229).
La cadena de significantes ya no muestra una fotografía de lo espacial sino que lo presenta un mapa viviente del cuerpo en tanto éste es múltiples recorridos. Este fluye a través de las palabras y los espacios surgen de esos diversos recorridos. Los barrios son los circuitos por los que el sujeto poético (el cuerpo) sucumbe a continuos procesos de identificación. Para Perlongher, la calle es el lugar de circulación, el lugar en el que "se" deviene deseo, en el que el individuo se convierte en sujeto "deseante", es decir, se transforma. Tal operación se da por lo que se omite, por lo ausente, lo excluido y silenciado, lo que no se es, o lo que se niega ser. En "Chorreo de las iluminaciones en combate bicolor", (El chorreo de las iluminaciones, 1992), se observa del siguiente modo en el encuentro entre dos hombres: "El relajo de los reflectores sobre los poros goteantes / o lamparones que satina el linimento engominado, / las emulsiones de la ilusión recolectaban lo amarillo / del fondo de los ojos inyectadas de una barata / sanguinolencia, o somnolencia, dependiendo de las horas / del gong, del movimiento de los cinturones en la / falsa arena que es Portland pisoteado con polvo /..." (Poemas completos 308).
El sujeto es el que se da cuenta de que no es, y el poeta no es más que un "cartógrafo" que ofrece una crónica de los "circuitos deseantes". Pero la captación, como acto, no se produce para fijar el sentido ni para promover una identidad sino para dinamitar toda posible fijación de ésta. Tamara Kamenszain observa del siguiente modo la exaltación de los espacios y los cuerpos en la genealogía neobarroca que ella misma propone:

...Muchacho de Avellaneda, no le alcanzaría el modo girondiano de hacer de las chicas de Flores un objeto metafórico. Con empuje dominguero -no muy usual para nuestra poesía de días laborables- Perlongher extrajo del domingo porteño una especie de trópico. Los , las , las , los , las , no cuelgan del cuerpo metafórico de las chicas de Flores, sino que se descuelgan sobre la página para construir, dentro de ella, el emporio de los materiales. Si Lamborghini no podía empezar, Perlongher ya no puede detenerse. Junto con el amontonamiento de materiales irrumpen sus infinitas combinatorias para el verso (118).

La cadena de significantes, entonces, a través de la parodia y la carnavalización, desata un movimiento irrefrenable hacia el interior del mismo poema, y a la vez hacia el afuera, al mundo referencial en el que el discurso poético irrumpe a través de lo vulgar y lo grotesco.
En la propuesta  neobarroc/sa de Lamborghini y Perlongher, forma y contenido se hallan unidos en la noción de pliegue o fiord.(18) El pliegue es lo que otorga profundidad a la superficie barroca provocando multiplicidad; simultaneidad; punto de subjetivación sin centro; flujos múltiples; desterritorialización y aniquilamiento del yo; éxtasis a través de la fiesta de la lengua; inflación de significantes; saturación del lenguaje comunicativo y socavamiento de las nociones. Un potlach sensual en el que el cuerpo aparece lleno de inscripciones heterogéneas y conduce a la sexualización de la escritura y la ruptura del contexto exterior (del mundo referencial), un "tajo". (19)  La cadena de significantes que es el poema, desata una "indetenible subversión referencial", y  "...se produce una alteración, una disputa: como si una feria gitana irrumpiese en el gris alboroto de la Bolsa" (Prosa plebeya 96).
La poesía de Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher ratifica las características del neobarroco. Sin embargo, su poética va más allá y le agrega a esta apuesta estética la invitación a la lectura política e ideológica. En el caso de Lamborghini se trata de percibir la inversión de un orden cultural que se leyó a sí mismo y a la política --sobre todo al peronismo--, por medio de la dicotomía civilización y barbarie, en la que encajan otras como lo culto vs. lo popular, lo democrático vs. lo populista o lo intelectual vs. lo irracional. El resultado de tal lectura es la visualización de la cohesión de cuerpo y espacio que presenta el solapamiento del plano discursivo con el de la acción. En el caso de la poesía de Néstor Perlongher, se trata de la participación en una lectura que cuestiona de manera micropolítica las categorías de construcción de la identidad individual. Por eso, en su poesía la inversión es constante y la desidentificación es un resultado de los recorridos que hace el cuerpo por los espacios urbanos, cuyos elementos vulgares y grotescos amenazan las etiquetas ya adosadas a ese cuerpo. Puede decirse entonces que la poética neobarrosa de Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher es una invitación a la lectura política en la que es precisa la simultánea reconstrucción y destrucción de sistemas de equivalencias semánticas. Ambos procesos conforman no sólo una estética neobarrosa sino también una forma neobarrosa de leer.

Notas

(1). La transformación de los significantes muestra el devenir del yo en eco, en multiplicación. El pronombre personal "yo", por ejemplo, se transforma en un verbo, "yollar", que indica que la subjetividad es movimiento y sufrimiento (soy yo sin vos/sin voz/aquí yollando).

(2). La limitación a estos rasgos se debe fundamentalmente a dos razones: en primer lugar, y tomando en cuenta lo formulado por Edgardo Dobry, "...el neobarroco abarcó a poetas de tan amplia variedad estilística y temática que en muchas ocasiones se tiene la impresión de que esa denominación se refiere antes a un corte generacional o a la temporalidad en la publicación de los libros..." (51); en segundo lugar,  el neobarroco, con su exaltación del los cuerpos y los espacios, fue retomado por gran parte de la poesía argentina de los noventa, que, a pesar de su impronta objetivista, vio en estos dos rasgos una estrategia para su discurso. En el objetivismo "El poema [...] transcribe un orden visual, sin melancolía, sin repugnancia moral ni estética. El poema vuelve a la historia, a la Historia; la sunjetividad del poeta se diluye en el paisaje o en la masa [...] una poesía objetivista concebida como una corriente que, nacida con el Romanticismo, recorre la poesía de los últimos siglos [...] No existe valor o sistema de valores con que contrastar la realidad, no existe sistema mítico frente a la mera evolución narrativa [...] en esta poesía no hay nada que venga de fuera, no hay sustento para una lectura moral..." (Dobry 48 - 49). Por su rechazo a los neologismos y al lenguaje coloquial, y por la recuperación del significado directo de las palabras (denotación) y su carácter nacional y de pertenencia a una comunidad, gran parte de la poesía de los noventa se opone al neobarroco. Sin embargo, la exaltación de los espacios urbanos y del cuerpo son dos rasgos que recuperan del neobarroso.

(3). En la década del ochenta surgen diversos grupos poéticos como resultado de la publicación de revistas de poesía, tales como Ultimo reino, Xul, La danza del ratón y Diario de poesía, entre otras. Se generan nuevos contactos entre estos distintos grupos y, de acuerdo a Fondebrider "...De algún modo, las poéticas en ciernes entran en contacto con sus precedentes [...] se intenta reconstruir un tejido desgarrado por los años de la dictadura..." (20). Esto da lugar a la formación de un "ambiente" que genera espacios para expresar esa voluntad de reflexión. En este contexto surge el neobarroco en Argentina, como una propuesta en la que "...el neobarroco, más que un género sea una poética que corresponde al misterio de una época [...] una época que está en la búsqueda de nuevas formas y en su valorización..." (Arturo Carrera, Fondbrider 25)

(4). Rizoma (1966), de Deleuze y Guattari; El pliegue (1988) de Deleuze; Paradiso (1966), de José Lezama Lima, y diversos trabajos de Severo Sarduy, son las influencias que reconoce Néstor Perlongher. En cuanto a los escritores argentinos, se refiere a “El fiord” (1969), de Osvaldo Lamborghini, Nanina (1968), de Germán García, y El frasquito (1973), de Luis Gusmán; y llega hasta Arturo Carrera hacia fines de los ochenta.

(5). Chiampi distingue tres momentos del barroco en Latinoamérica. Un primer momento se iniciaría con el preciocismo verbal y la presencia del mundo exterior en la poesía de Rubén Darío. Para Chiampi este barroco sería una versión coherente con el 'proyecto modernista', que pretendía alinear la literatura americana con el simbolismo y producir una recreación temática identificada con lo español. La segunda reapropiación la harían los poetas de la vanguardia, como Borges y Huidobro con su Ultraísmo, con el que se pretendía un 'transformismo prismático' de las percepciones. Para estos escritores, la metáfora barroca era un modelo contra cierta referencialidad directa del modernismo. La tercera etapa sería la inaugurada por José Lezama Lima (a partir de los cincuenta), quien propuso una 'patente' del barroco en Hispanoamércia. Esta patente es la oscuridad que proviene de la dificultad de asignar un sentido único, resultado de la experiencia de ruptura en el origen y en la realidad de lo Hispanoamericano. Para Chiampi, en la propuesta de Lezama Lima hay una reivindicación de la identidad cultural. En la especificidad de la estética barroca se encuentra la expresión americana, "...Lezama insiste en la idea de lo americano como un devenir (un ser y uno no ser), en permanente mutación..." (26). Podría decirse entonces que es a partir de esta tercera etapa en la que se puede comenzar a hablar de neobarroco como un barroco que además incluye la expresión de lo americano e imprime un sello particular, su patente, a la estética barroca. Chiampi destaca que el texto neobarroco desplaza dos categorías centrales del modernismo: las categorías de sujeto y de temporalidad. Este desplazamiento es resultado de la agrupación de fragmentos, el constante movimiento, la estructura circular, la 'descomposición en orden y composición en desorden, y la ausencia de avances y retrocesos en el texto.

(6). Así, sujeto y temporalidad se desvanecen en el texto neobarroco. El sujeto del texto neobarroco habita espacios eufóricos e intensos, pero temporarios por su fragmentariedad. Para Sarduy, "...el neobarroco, refleja estructuralmente la inarmonía, la ruptura de la homogeneidad [...] reflejo estructural de un deseo que no puede alcanzar su objeto, el deseo para el cual el logos no ha organizado más que una pantalla que esconde la carencia..." (Sarduy 1973, Chiampi 47).

(7). Por ejemplo, en "El pabellón del vacío" (Fragmentos de su imán, 1977), de Lezama Lima, el descentramiento es el vacío de todo significado. Sin embargo, en el vacío, en lo que está del otro lado de las palabras, también hay movimiento; y por eso la voz del sujeto poético reaparece una y otra vez en la superficie del poema: "Voy con el tornillo (se mueve) / preguntando en la pared (está preguntando en el vacío de las palabras) / un sonido sin color (un significante sin significado) / un color tapado con un manto (un significado siempre oculto, siempre del otro lado de la pared, en el vacío) / con las uñas voy abriendo (con el cuerpo abre un significante nuevo) / el tokonoma en la pared / Necesito un pequeño vacío, (voluntad de reflexión sobre la imposibilidad de fijar el sentido) / allí me voy reduciendo/para reaparecer de nuevo, (nuevo significante, que sale del cuerpo) / palparme y poner la frente en su lugar. / Un pequeño vacío en la pared" (Ortega 27).

(8). En el barroco, “antítesis” y “metáfora” se combinan para producir un texto que adquiere la forma de una cadena de significantes en continuo movimiento de avance y retroceso del que surgen nuevos significantes a medida que otros son elididos. Para Severo Sarduy, el texto barroco surge de una estética elaborada y minuciosa que se opone a lo puro y equilibrado de la forma clásica precedente. La antítesis es la figura retórica central del barroco, es decir, la contraposición de palabras antónimas (Todorov - Ducrot 318). La retórica barroca adquiere la forma de una cadena de significantes, muchas veces contrapuestos, que indican movimiento de avance y retroceso circular, del cual surge un nuevo significado. La metáfora es la figura que conduce este movimiento, "...la mudada retórica por excelencia, el paso de un significante, inalterable, desde su cadena 'original' hasta otra, mediata, y de cuya inserción surge el nuevo sentido..." (Sarduy 53). La metáfora es "...el empleo de una palabra en un sentido parecido, y sin embargo diferente del sentido habitual..." (Todorov - Ducrot 319). Otras figuras retóricas caracterizan a la sintaxis barroca, tales como la elipsis (supresión de uno de los elementos necesarios para una construcción sintáctica completa), la parábola (una historia corta y simple relacionada con una fábula) y la hipérbole (aumentación cuantitativa de un objeto o el estado de un objeto). Estas figuras hacen que la retórica barroca sea una retórica en movimiento y descentrada. Asociada al concepto de rizoma, Sarduy advierte que en la representación del los espacios "...la ciudad barroca […] se presenta como una trama abierta, no inferible a un significante privilegiado que la imante y le otorgue sentido..." (61). El texto poético, en tanto texto rizomático, no propone la asignación de un sentido único sino una continua cartografía.

(9).En "Oro" (Oro, 1975), de Arturo Carrera, se observa cómo a través de la cadena de significantes se produce una exaltación de los espacios y de los cuerpos a los que se refiere de modo alusivo; "...le reponden pájaros rojos ojos ocelos / celo en tus ojos rojos un instante de / tus ojos bajan a mezclar la luz con el / mescal / las plumillas de plomo soplan / oro   siempre soplan viento y son oro / en tus trazos no vuelven al libro / no hay soporte / los objetos zumban / giran en torno mío estrepitosamente / no hay soporte en tu cuerpo / no hay superficie en tu cuerpo /..." (Ortega 485).

(10). Se entiende el término parodia tal como lo plantean Todorov y Ducrot: "...En el discurso literario, no basta con diferenciar las palabras 'poéticas' (es decir, utilizadas sobre todo por la literatura) de las demás; se identifican ciertas palabras o expresiones con corrientes literarias, épocas, inclusive autores y obras particulares. Cuando se emplea una palabra así marcada por los contextos precedentes en una función análoga, se habla de estilización; si la función está invertida, se trata de parodia..." (297)

(11). Por ejemplo, en “El niño proletario” (1973), puede hacerse esta lectura sobre los escritores de Boedo.

(12). Tal coincidencia, en efecto, se puede observar en el estudio que John Krasniauskas hace de “El fiord”, en el que analiza la relación alegórica entre Eva Perón y el cuerpo y la nación.

(13). Para Perlongher "...La carnavalización barroca [...] como en el Theatrum Philosoficum de Foucault, todo aquello que es supuestamente profundo sube a la superficie: el efecto de profundidad no es sino un repliegue en el drapeado..." (Prosa plebeya 96)

(14).Dedicado a Osvaldo Lamborghini, en "Un brillo de fraude y neón" (El chorreo de las iluminaciones, 1992), Néstor Perlongher observa del siguiente modo la estética neobarrosa "Agita la morenera la morera castaña de los pelos / El cabello, el capullo: urde el casullo de látex /..." (Poemas completos 300). Cabello, capullo y casullo resuenan en un proceso de sustitución, proliferación y condensación. El cabello, que es parte del cuerpo, con forma de capullo (la redondez del cuerpo, sus partes curvas), en el casullo (concavidad de lo que recubre al cuerpo, el látex, el preservativo). Más adelante el poeta dice "...Untuosa brida desmelena el vello, público: / orquídea negra que esplandece emancipada de las lianas /..." (Poemas completos 300). Untuoso es el fluido que se condensa y adquiere la fuerza mecánica de una brida, forma del pene erecto que emerge del vello púbico.

(15). Este aspecto ha sido expuesto en detalle en el estudio de Susana Rosano sobre las referencias al peronismo y al “otro” en la representación literaria, y el de Josefina Delgado relativo a la forma de representar la nación en “El fiord”.

(16). En la serie que Perlongher dedica al mito argentino de Eva Perón, se observan todos estos rasgos como una 'voluntad manifiesta de blasfemia', de agravio, pero también de adoración.

(17). El cuerpo sucumbe una y otra vez a los procesos de "desidentificación" que le van imponiendo los significantes que surgen de la sonoridad, resultado de la parodia, la ironía, lo vulgar y grotesco de la carnavalización del discurso.

(18). Para Perlongher "...Estado de sensibilidad, estado de espíritu colectivo que marca el clima, 'caracteriza' una época o un foco, el barroco consistiría básicamente en cierta operación de plegado de la materia y la forma [...] Poética de la desterritorialización [...] Al desujetar, desubjetiva [...] No es una poesía del yo, sino de la aniquilación del yo..." (Prosa plebeya 93 - 94)

(19).Georges Bataille desarrolla en La parte maldita (1974) una teoría del Potlach. Es, como el comercio, un medio de circulación de las riquezas, pero excluye el regateo. Es el don de riquezas que un jefe tribal ofrece a su rival con el objeto de humillarlo, retarlo y de dejarlo en una obligación. Quien recibe estas riquezas tiene que corresponder un tiempo más tarde con un nuevo potlach, más generoso que el primero. En esta situación "dar", se convierte en "adquirir" para el otro y pone de manifiesto un poder. Quien consume la riqueza modifica al que da en el acto de la consumación. Esta transformación es lo que constituye el poder del don de las riquezas. Esta relación permite revelar aquello que habitualmente se escapa, a la vez que enseña que se trata de una ambigüedad fundamental.


Bibliografía

Bataille, Georges. La parte maldita (1974). Barcelona: Edhasa, 1974.
Chiampi, Irlemar. Barroco y modernidad. México: Fondo de Cultura Económica, 2000.
Deleuze, Gilles; Guattari, Félix. Rizoma (1966). México: Ediciones Coyoacán, 1996.
Dobry, Edgardo. "Poesía argentina actual: del neobarroco al objetivismo". Cuadernos Hispanoamericanos 588 (Junio 1999):
        45 - 57.
Ducrot, Oswald; Todorov, Tzvetan. Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje (1972). Buenos Aires: Siglo XXI,             1975.
Fondebrider, Jorge. "Treinta años de poesía argentina". Revista de Literatura Hispánica 52 - 53 (Otoño 2000 - Primavera                 2001): 5 - 31
Kamenszain, Tamara. "El escudo de la muerte: de Lamborghini a Perlongher". Río de la Plata 7 (1988): 115 - 120
---,       Historias de amor (Y otros ensayos sobre poesía). Buenos Aires: Editorial Paidós, 2000.
Krasniauskas, John. “Porno-Revolution: el fiord and the eva-peronist state”. Angelaki Vol.6 No.1 (2001). 145-153
Lamborghini, Osvaldo. Poemas 1969-1985. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2004.
Ortega, Julio. Antología de la poesía hispanoamericana actual. México: Siglo XXI, 2001.
Perlongher, Néstor. Poemas completos (1980 - 1992). Buenos Aires: Espasa Calpe, 1997.
Perlongher, Néstor. Prosa plebeya. Ensayos 1980 - 1992. Buenos Aires: Ediciones Colihue, 1997.
Rosa, Nicolás. Tratados sobre Néstor Perlongher. Buenos Aires: Editorial Ars, 1997.
Rosano, Susana. “El peronismo a la luz de la ‘desviación latinoamericana’: literatura y sujeto popular”. Colorado Review of             Hispanic Studies Vol. I, No. I (2003). 7-25
Sarduy, Severo. Barroco (1974). Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1974.


domingo, 6 de julio de 2014

ACERCA DEL BARROCO “Escándalo del aire” - Pablo Fuentes


En la plástica, la literatura y la música, en el Siglo de Oro español y en la América latina contemporánea, el barroco –señala el autor de este trabajo– ayuda a intuir “un goce más allá”, “el arte de excederse, derrochar, derrapar” y “dejar restos”.

En el decadente período de la España de Felipe IV, la poética barroca trata al mundo como oxímoron y, al decir de Gracián, como “concierto de desconciertos”; lleva al uso extremo de la antítesis, dejando la sensación de que todo es inestable y efímero. De ahí uno de los temas obsesivos de la poética barroca: el tiempo. Aparecen muchos textos sobre lo pasajero de la vida, sobre la caducidad de las cosas. Se trata de una poesía sobre las ruinas y lo fugitivo de la existencia. Dice Góngora:

Si quiero por las estrellas
saber, tiempo, dónde estás,
miro que con ellas vas,
pero no vuelves con ellas.
¿Adónde imprimes tus huellas
que con tu curso no doy?
Mas, ay, qué engañado estoy,
que vuelas, corres y ruedas;
tú eres, tiempo, el que te quedas,
y yo soy el que me voy.

De esta mirada trágica de la existencia deriva el gusto barroco por la melancolía, por un tono de desengaño y pesimismo, aun sobre el fondo de fiesta de la exuberancia y de la sensualidad que le son típicas. De ahí también el gusto por las cosas materiales, el aprecio por lo vulgar. Los objetos del mundo aparecen frecuentemente, nombrados, enumerados, llenando el espacio de la enunciación, como la sobrecarga de elementos que aparecen en los cuadros de los pintores del período. Cosas más bien humanas, no tanto naturales: ropas, objetos, herramientas. Cosas en acción, humanizadas.

Si, en la metáfora cristalizada, el barco es llamado “vela”, el poeta barroco lo llamará “llama en fuga”, haciendo el juego, a la vez, con la literalidad y con la extensión de la metáfora inicial. Erupción sobre la superficie del lenguaje, la metáfora es el grumo donde la tersura del discurso encuentra el tropiezo. Sobre el ilusorio grado cero de la lengua, allí donde no habría ninguna figura retórica, la metáfora es lo que delata sus límites, su peligro y su extensión. Es el síntoma de la lengua, su patología. En la poesía barroca, en especial en Góngora, el primer grado del enunciado, el comunicativo, cercano al discurso hablado, desaparece del texto. Como plantea Severo Sarduy, Góngora parte de las metáforas tradicionalmente poéticas y despliega su escritura en un registro suprarretórico, es “una potencia poética al cuadrado”.

La metáfora al cuadrado es la reversión de la metáfora simple, es el tambaleo de su condición significante y, puede decirse, su graduación como escritura misma, su entrada al estatuto de la letra. El texto barroco, como en las Soledades de Góngora, se despliega con progresión geométrica, en una proliferación metastásica que carcome el plano del discurso corriente. Una palabra de valor metafórico, como “cristal”, puede desencadenar una metonimia de objetos brillantes, fríos y transparentes. Lo legible es cercado por la proliferación de los tropos, por el tartamudeo de la aliteración. En la literatura clásica, la distancia entre figura y sentido es mínima, la cristalización entre significante y significado es el objetivo. La escritura barroca, en cambio, hace imposible la coagulación del signo. Sonido y sentido, imagen y concepto se entraman sobre las ruinas de la lengua hablada –construida en realidad con metáforas naturalizadas– y del mundo entendido como ilusión comunicativo.

En el barro de la América de lengua castellana, el barroco encontró una nueva máscara en la corriente poética llamada neobarroca, que tiene en el cubano José Lezama Lima su figura inaugural. Este barroco latinoamericano, cercano a la experimentación pero no con el rigor militante del concretismo, se caracteriza por su disposición impura a entrar en mixturas e hibrideces textuales. A diferencia de la vanguardia histórica, dominada por su preocupación por la imagen y la nueva metáfora, la poesía neobarroca trabaja mejor la alteración de la sintaxis, la problematización del movimiento respiratorio del texto: es difícil leer en voz alta un poema neobarroco sin perder el aliento. Como el barroco áureo, esta corriente repudia lo inerte y lo fijo, colmo del engaño y efecto de la represión de la retórica oficializada por el discurso social, el “bien decir”.

Modelo del mal decir, la maldición del barroco ya había contaminado los diferentes movimientos de las vanguardias históricas que habían cuestionado, en su momento, los parámetros armónicos de lo neoclásico. Con su dinámica de plegado de las formas y de la materia del lenguaje, la poética barroca no implica un yo lírico sino su aniquilación y, en este sentido, es antirromántica: no es la “expresión” de un sujeto, son las fuerzas del lenguaje las que se manifiestan a través del poeta. “Lo confusional en tanto opuesto a lo confesional”, como razona Néstor Perlongher.

Pero, como aclara el mismo Perlongher, la diferencia entre estas escrituras contemporáneas y el barroco del Siglo de Oro pasa por el sustrato en el que se apoyan: el barroco áureo pisa el suelo de la retórica renacentista y se guarda la posibilidad de que su texto sea decodificado, como hizo Dámaso Alonso con los poemas de Góngora. Los textos neobarrocos no permiten la traducción: la sugieren y hasta estimulan pero, a la vez, la perturban y dificultan. Además, su sustrato es la modernidad y ciertas retóricas vanguardistas, como el surrealismo y la crisis del realismo.

Historieta sagrada

Lacan relacionó el barroco con lo que él llama el “anecdotario de Cristo”, con lo que el barroco configura en torno de una historieta sagrada, ya no historia, de la pasión de un cuerpo y, obviamente, de la narración de su goce. Un relato casi ilegible de un cuerpo gozando en el límite mismo de lo mostrable. Ya las escrituras místicas, como las de Santa Teresa o San Juan de la Cruz, habían anticipado esta estrategia en la cual lo que se escribe como íntimo, por ejemplo el poeta hablando de sí mismo, implica ese vaivén ambiguo entre lo interior y lo exhibido, la oscilación entre el pudor y la mostración, la profunda superficialidad de un yo que se desdice en la medida en que el cuerpo goza en las palabras escritas. Es el carácter éxtimo de la escritura lo que el barroco evidencia al relacionar el goce de la lengua en tanto sustancia orgánica, parte de un cuerpo, con la torsión de los tropos como recurso de artificialización y cifrado del discurso. Pero esto lleva a la idea de que la escritura gira en torno de un centro ausente: el misterio de un goce fuera del cuerpo, donde esa representación exasperada se agota en sus ornamentos, un parloteo feroz, justo antes del silencio.

De ahí también la tensión de este modo barroco con la idea clásica de estilo: se trata de una escritura sin estilo porque se apodera de todos ellos, es propensa al mestizaje. Se trata, mejor, de hacer un cuerpo de escritura, de que asome en la frase lo real del cuerpo que habla. En otras artes, el barroco se sirve de esto, como en las esculturas de Bernini, donde, como señala indirectamente Lacan, se trata de exhibición de goces, donde la carne canta en la blancura del mármol. Blancura, en ausencia de unos colores que potenciarían, en la representación, el carácter significante que aquí tambalea: ¿es una historia lo que se cuenta en El rapto de Proserpina o sencillamente es el mármol que goza? (ver ilustración) ¿Es la lengua misma la que goza en estas escrituras?

La escritura barroca configura un contradiscurso que exhibe las entretelas del lenguaje. Es exasperación del decir lo indecible, exhibicionismo de lo invisible, donde los tropos, llevados al límite, terminan operando con el estatuto de letra al rebasar la función significante del escrito. La escritura merodea su objeto. El barroco es el arte del merodeo, expresión estética de la circunferencia de dos centros de Kepler, representación cosmogónica del elipse, figura geométrica de la estrategia de acecho de ese resto no significante del discurso que se vela y se revela en los plegados infinitos, en las “volutas voluptuosas” (Néstor Perlongher dixit) del barroco.

Es esta índole de artificio de la escritura, su carácter cifrado, esta desnaturalización respecto al lenguaje, lo que el barroco expone. Como si se tratara de un síntoma de la lengua. La lengua, cuando asume una posición elidente, barroquizante, como en el delirio o en el sueño, cuando se escribe en los bordes de lo simbólico, produce el rebasamiento de la matriz semántica y se produce como una carnalidad, alcanza cierta relación exasperada con el goce, cuando el placer del decir trastabilla: “Esos híbridos del vocabulario, ese cáncer verbal del neologismo, ese enviscamiento de la sintaxis, esa duplicidad de la enunciación, pero también esa coherencia que equivale a una lógica, esa característica que, de la unidad de un estilo a los estereotipos, marca cada forma del delirio: a través de todo eso, el enajenado, por la palabra o por la pluma, se comunica con nosotros”, plantea Lacan. Pero el artista barroco despliega esas estrategias con un fondo de fiesta, no como la música del infierno de los enajenados. El cáncer verbal de los locos está antes del goce fálico; el del sueño está en él; la metástasis del verbo barroco se sostiene en un goce más allá.

Goce, brillo del objeto, lujo del exceso, el barroco es el arte de excederse, derrochar, derrapar, dejar restos. Es el brillo de las superficies que es toda la profundidad a la que se puede aspirar. Es abusar del poder de las palabras, es ponerlas en tensión, despegarlas de su propia funcionalidad. En La vida es sueño, Calderón de la Barca habla del disparo de un arma “cuyo fuego será escándalo del aire”. Allí animiza lo natural y, a la vez, pone en evidencia el carácter suntuario, excesivo, de una metafórica que está al servicio de sí misma, que se sale del cuadro del sentido y que incendia la realidad que pretende narrar.

Llama dorada como el oro de las capillas barrocas, ornamentadas con el lujo del exceso y la lujuria de un erotismo sagrado y metálico, sangrante y etéreo: oro como el rey mineral, eterno, lascivo y palpitante de una forma, un estilo o una época que se animó a proliferar con su artificiosidad y su sensualidad por sobre la tiranía del sentido y de la ilusión de la armonía. Derroche de oro, río orondo, oropeles del sueño, la poesía, del delirio, río dorado, olas del fuego del deseo en sus desbordes.


* Extractado del trabajo “El deleite de las sombras. Notas sobre escritura barroca y el orden de los goces”.

lunes, 16 de junio de 2014

Todo sobre el neobarroco - Arturo Carrera


Lo que hemos escuchado y atendido hasta aquí, hoy, ayer, sobre todo en la propuesta poética esbozada por Sergio Raimondi en su ensayo sobre Aldo Oliva, demuestra que las singularidades, su pasión, anulan subrepticiamente las nominaciones.
Anoche en la televisión una orquesta sinfónica y un coro numeroso. Súbitamente, me hubiera gustado ser uno de esos intérpretes solitarios para sí, a pesar de la armonía, anónimos, a pesar del brillo sonoro… un violín, un triángulo… apenas… tres grillos… como quiso Juanele, cómplices…
Pero para no ser nadie, para ser casi naturaleza, para desmerecer, para desafinar, con culpa… no sé… clásica. Tan sólo como entre las posibles definiciones, un clásico es un « efecto de resonancia », pero estropeado por la noción, la nación y la época.
Cierta vez, invitado a hablar sobre la poesía de Tuñón, le puse como título a mi ponencia : « Lo que no sé de Tuñón ». Sin embargo, en esa ceguera, pude comenzar a esbozar una relectura de mi ignorado Tuñón ; una relectura en el sentido que le daba Calvino a la expresión releer : releer para no aceptar consciente o inconscientemente que jamás leímos…
Lo mismo este decir todo sobre el neobarroco : entrar en una humi- litas, lo que no sé, lo que nunca supe, lo que no sabré, lo que nunca pude descubrir por haber entrado en el vértigo de esa especie de pulsión epistemofílica (eso que nos conduciría al seno materno según el curioso Freud) y que es una época, no una generación ni su vanagloria, tan solo una época.
Yo vine a murmurar el neobarroco, con toda esa prepotencia del murmullo. Pero sé que murmurar, en nuestros días, nos alertó Foucault, se ha aproximado infinitamente a su origen. Es decir, a ese sonido inquietante que en el fondo del lenguaje, anuncia tan pronto como se estira un poco la oreja, aquello contra lo que uno se resguarda y, al mismo tiempo, hacia lo que uno se dirige: la muerte. El lenguaje está escuchando ahora, en el fondo de su madriguera, ese rumor inevitable y creciente. Y para defenderse es necesario que siga los movimientos, que se convierta en su fiel enemigo, que no deje entre ellos más que la delgadez contradictoria de un tabique transparente e irrompible. Es preciso hablar sin cesar durante tanto tiempo y tan alto como ese ruido indefinido y ensordecedor —más largo tiempo y más alto para que al mezclar su voz con él se llegue si no a hacerlo callar, si no a dominarlo, al menos a modular su inutilidad en ese murmullo de muchas bocas y sin término que pudo llamarse « ensayo ».
Pero tampoco supe « ensayar ». Sé hacer, en todo caso, lo que imagino que los neobarrocos hicieron : negarme a ser neobarroco, tal vez porque en esa negación está el origen de su sentido. Niego y resto y desagrego en exceso para no soportar el rastro del vacío que nos horroriza. Porque cabría preguntarse por el origen micropolítico neobarroco latinoamericano, que no fue otra cosa más que la opresión, la censura, la inquisición, la dictadura militar : fuerzas de origen, pasajes entre lo que los brasileños llaman lixo (pobreza) y luxo (lujo) ; para no señalar tan sólo su proliferación en la sexualidad o en las andanzas marginales como lo hizo y lo logró Néstor Perlongher.
« Pero vos ya no sos neobarroco » o « está envejeciendo el neobarroco », creí oír ayer, y creo que no. Es cierto que en mi trabajo poético me volví hacia una simple extrañeza personal, como alguien que se mira dormir en el espejo y siente piedad de sí y también miedo de sí. Lo cierto es que me transformé en ese escriba que imaginé al comienzo de mi obra : ese vago durmiente arrastrado por una autobiografía irreprochable por desconocida. La poesía es ese proyecto del que nadie habla, como dijo Ashbery, porque nadie lo volvió asequible, nadie lo alcanzó y eso es neobarroco : esa distancia, esa querella tácita, esa guerrilla cifrada contra el otro cuchicheo de las Parcas. Aunque en ese proyecto esté tantas veces incluido uno mismo —a despecho de sus sentimientos si no de lo sentimental, que uno siempre detesta en la realidad pero colma de emoción en cada sílaba, en cada melodía barata.
Supongo que debo decirles que todos estos años, en mi caso ya más de un lustro, no he hecho otra cosa que serle fiel a la incompletud y eso es acaso mi propio neobarroco estilo : intenté el fragmento, que no es sino el anagrama de mi propio nombre (rotura) : no pertenezco al detalle, al corte, al di taglio etimológico sino a lo fractal, a aquello que por estar separado no se puede conectar con su entero. Pero vivo buscando, no sé si esa unidad perdida o acaso las fuerzas que producen lo accidental.
Busco en esta incompletud una memoria, llamémosle así, que pone en foco « fragmentos de un decir pueril », no sé por qué ; en mi caso, como fuerza, como traducción de totalidad también (puesto que la traducción en mi caso es como la máquina de lavar el oro de la sensación, la pérdida de lo que se gana y la ganancia de lo que se pierde en la experiencia intentada). La criba entre el cuerpo y el yo y el mundo que el poeta imagina o inventa a través de un dialecto : la obsesión dialectizada. Razón, razón ardiente como exigieron Apollinaire y Vallejo... Otra vez, un pedido de restablecimiento de la capacidad negativa de Keats : una manera de percibir la realidad de un modo si no absoluto, desesperado.
¿Y esto es neobarroco ? Dice Yves Bonnefoy : « Cuando los simbolistas del siglo XIX intentaron reflexionar acerca de la analogía, fracasaron precisamente por reflexionar demasiado sobre ella, cuando en realidad debieron captar más bien esa memoria cotidiana de la unidad ». Puedo imaginar que ocurrió algo parecido con el neobarroco. Sin embargo, lo que observo en la poesía argentina de hoy es que los poetas parecen querer incorporar nuevos dialectos de la unidad : lo que la producción deja como vestigio en lo reproducido. Un intento (tal vez, bajo distintos nombres, artes poéticas o estilos) de recuperación de una épica que no se aparta de la ética —acaso como la definió Wittgenstein : « arremeter contra los límites del lenguaje ».
Decirlo de un modo vulgar : voluntad de recordar lo que ha sido olvidado. Lucrecio lo intentó con los filósofos epicúreos : quiso volver a enseñar lo que Demócrito y tantos otros decían. Ahora los poetas van a escribir o rayar otra vez, van a explicarle otra vez a los niños. Lavarán sin escrúpulos las rimas de las canciones, la construcción de los sonetos, el ritmo pulverizado y el alma de Mallarmé : un nudo de ritmos. Todo en nombre de empezar de nuevo, de recordar todo de nuevo. Incluso ingenuamente, como en la antigua reminiscencia de Plutarco, que la memoria está « mediatizada » por el amor, sí, el lozano amor.
Me dicen : « Me gustaría que habláramos un poco del neobarroco, con la perspectiva que hoy nos da el tiempo. ¿Cómo definirías hoy aquel movimiento ? ¿Fue realmente un movimiento o más bien una serie de coincidencias, una escuela un poco a posteriori ? ¿En qué rasgos de tu poesía te reconocés como neobarroco ? ¿Dónde está tu proximidad con, por ejemplo, un Perlongher ? »
Pero el neobarroco no fue un movimiento, fue una nominación. No se fundó. En eso radica su felicidad. No hubo gente trabajando en torno a la piedra o perla irregular llamado « berrueco ». Hubo más bien una dispersión fugaz, una impronta que resiste aún toda la fijeza.
El término neobarroco fue utilizado por primera vez, creemos, por Haroldo de Campos en uno de sus primeros —y lúcidos— ensayos. Después, Sarduy instado por la poética de Lezama y Lezama, que ya en sus Diarios renegaba un poco del barroco, recibió los ensayos meticulosos de Severo como una papa que quema. Severo trabajó muchísimo en su libro tan mal leído luego o no leído : Ensayos generales sobre el barroco. Omar Calabrese teorizó más sobre el término neobarroco en su libro La era neobarroca, donde cita vagamente a Sarduy y se olvida de la primicia americana de Haroldo de Campos.

Tiendo a la incompletud, insisto. A la insuficiencia.

Anhelo esos fragmentos o fractales de que está hecho el cuerpo que resiste en la apariencia de perderse.

Escolios, industrias mínimas, fósiles de sentido…

Por mi parte, no hice otra cosa que publicar Escrito con un nictógrafo, Momento de simetría, La partera canta y mi padre. Y después Arturo y yo. Y al poco tiempo, y casi sobre su muerte, a Perlongher se le ocurre —y ahí hubo un tour-de-fórceps, como dijo Julián Ríos— la palabra neobarroso.
Se produjo una invención, cantó otra partera : hubo una nueva nominación para neobarroco. Y aunque hay una justificación rioplatense del nombre, por el barro del fondo del río, también hay un efecto de superfluo, de contratapa o tapa en contra, como decía Osvaldo Lamborghini : algo no quería fijarse, ni legalizarse, ni territorializarse. Y en eso, insisto, está la felicidad o verdad entre comillas del neobarroco, en esa impermanencia que todavía resiste. En esa especie de non-sense. Porque aceptamos la nominación sin adoptarla demasiado. Se me ocurre asociar esto —no sé por qué— con lo que Pascal Quignard llama « retórica especulativa ». Es decir : « la tradición letrada antifilosófica ». Y aunque todo el neobarroco se sostendría, parece, en la filosofía de Deleuze, el insulto de « es un neobarroco » remite —como pudo hacerlo el « es un literato »— a esa tradición marginal y recalcitrante y perseguida, dice Quignard, por la que la letra del lenguaje debe ser tomada a la littera. Pero esta tradición olvidada es la violencia de la literatura. ¿El neobarroco ha de ser tomado también a la littera ? ¿No es la violencia de la nominación ? Quiera o no el poeta entregarse a la nominación, implica una violencia estúpida. Una vanidad, como denominó el poeta Edoardo Sanguinetti a toda generación.
El neobarroco es un movimiento de categorizaciones, muy amplio. Y muy puntual al mismo tiempo. Es una actitud de época. Nadie lo definió mejor que Omar Calabrese, como categorización que excita el orden del sistema con fluctuaciones y turbulencias. Así Omar Calabrese señala el poder del neobarroco como algo que no se adecua a las definiciones contrapuestas de clásico versus barroco, por ejemplo, sino que va más allá porque rechaza las ideas de un desarrollo o de un progreso, y también las de corsi y ricorsi históricos. Valerio Magrelli, en su prólogo a la versión en español de su libro Ora serrata retinae escribe : « …una cosa de la que estoy convencido es la visión no históricamente progresiva de la poesía […], ese sentido casi progresivo de telenovela, por el cual se combatía contra un tipo de literatura clásica que, se suponía, empleaba instrumentos y estructuras canónicas, y, según este esquema, la Vanguardia colocaba las primeras mechas y hacía explotar las minas, encendía las hogueras y todo se desplomaba ante la victoria de la disociación lingüística ».
Ahora bien, el neobarroco siempre estuvo fuera de esa idea de progreso o mutación. Y entonces me parecía inconcebible que el Diario de poesía en su momento intentara generar una polémica oponiendo objetivismo a neobarroco. Me parecía que se extremaba la creencia en el carácter progresivo de los estilos y los géneros hasta imaginar que el neobarroco abarcaba de algún modo al objetivismo, en todo caso, en su fluidez expansiva. Muchos « objetivistas », sin embargo, me confesaron sentirse neobarrocos (el neobarroco como el peronismo es un sentimiento).
Yo tampoco creo en el progreso de la civilización y menos en el de la poesía. Considero que toda verdadera obra de arte es un escándalo ético y estético, sin más. Pero como suele decir César Aira, yo elegí avanzar hacia una especie de simplicidad. Parece una broma en esta época, pero no lo es. Busqué el helicoide de lo simple, esa escalerilla de caracol donde Yeats soñaba que « cosas pensadas largamente no pueden pensarse más ». Y sin embargo... ¿No deben pensarse más ?
Como es obvio, busqué demasiado la voluptuosidad de lo simple. ¿Eso es neobarroco ? Pero asimismo pude afirmar más que nunca, en esas búsquedas, la idea de que mi actitud disgregante, digámoslo así, no aceptaba el exceso de artificio sino tan sólo una adecuación al ritmo. Acepté ritmos que no excluyen la disritmia súbita, la impermanente. Una nueva manera del juego. Oír más los pies, la métrica de mi alrededor.
Llámesele barroco, neobarroco o neorrococó. Necesitamos todas y más categorías. Más sentido. Toda la variedad. Debo aceptarlo. Debo aceptar las nominaciones. Son útiles para la manera de designar un género, insinuar detalles de un estilo, etc. Pero son instrumentos para la fabricación de conceptos. En el movimiento que produce a veces la crítica para un artista o un poeta, saltan como peces, sin embargo, al retirar las redes, las otras percepciones, los estímulos que sólo saben captar esos artistas y poetas.
Sin duda la eficacia de esos nombres no está sólo ahí, sino en otro lugar que aún no he podido definir a riesgo, como decía el mismo Lezama, de cenizar (« definir es cenizar »).
Pero suelo pensar en dos actitudes estéticas retrogradables, digámoslo así : la de Virgilio Piñera y la de Lezama Lima. Mientras Piñera empezó siendo una especie de sencillista que se volvió barroco al final de su obra, Lezama fue un barroco que en Fragmentos a su imán se va volviendo un sencillista… ¿Quién pidió más, es decir menos, y quién menos, es decir más ?
También suelen decirme : « Hace mucho publicaste una traducción de un largo poema autobiográfico de Pasolini ; me gustaría que me dijeras por qué te interesó en particular este poeta ».
Y suelo responder : « Lo traduje para compartir con los poetas más jóvenes —a quienes por otra parte está dirigido el poema— ese traducir que es el cuidado del otro. El respeto al otro, a la devoción del otro que se transforma en nuestra propia devoción hacia él : « un querer ser ese otro ». Cuando Pasolini exclama : « ¡Ah, ser diferente —en un mundo que también es culpable— significa no ser inocente... ». Pero lo que más me conmovió del poema que traduje : Quien soy, es esa extraña búsqueda de una poesía de la acción. La acción real, parece decirnos Pasolini. El poema busca interiorizar lo real, dice Bonnefoy. Pero Pasolini encuentra la acción hacia el final del poema, en el poder de la música. Y le confiesa al jovencito lector, antes de dejarlo, que él querría ser un músico : « y vivir entre instrumentos musicales, en la torre de Viterbo, en el paisaje más hermoso del mundo, donde Ariosto se volvería loco de alegría al poder ver con toda inocencia los robles, las colinas, el agua, las hondonadas, y componer allí música, la única acción expresiva, alta e indefinible, como las acciones de la realidad ».

Referencia en papel
Arturo Carrera, « Todo sobre el neobarroco », Cahiers de LI.RI.CO, 3 | 2007, 257-263.
Referencia electrónica
Arturo Carrera, « Todo sobre el neobarroco », Cahiers de LI.RI.CO [En línea], 3 | 2007, Puesto en línea el 01 octubre 2012.
URL: http://lirico.revues.org/793
Arturo Carrera: Poeta, crítico, Buenos Aires, Argentina.
Derechos de autor

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domingo, 11 de mayo de 2014

“LA NATURALEZA ES EL ÚNICO NEOBARROCO QUE NO PASA DE MODA” – CONVERSACIÓN CON EDUARDO ESPINA - Juan Luis Landaeta

Eduardo Espina nació en Montevideo. Sus trabajos en la escritura van desde la poesía hasta el ensayo. Su obra incluye los poemarios: Valores personales (Buenos Aires, 1982), La caza nupcial (Buenos Aires, 1993), Lee un poco más despacio (New York, 1999) y El cutis patrio (México, 2006). Resultó dos veces ganador del Premio Nacional de Ensayo en Uruguay por los libros: Las ruinas de lo imaginario y Un plan de indicios en los años 1996 y 2000 respectivamente. Fue ganador del Premio Municipal de Poesía en Uruguay y su poesía ha sido traducida al inglés, francés, italiano y portugués. En 1980 fue el primer escritor uruguayo invitado al International Writing Program en University of Iowa. En 2010 recibió la beca Guggenheim.

Si algo no se puede hacer con sus textos es leerlos de pasada. Hay una propuesta de “suspensión” del tiempo cronológico para dar paso al tiempo interno de la lectura, el tiempo del poema. Espina tiene a Zenón y tiene a la repercusión. Hábleme de su perspectiva del tiempo.

Es una gran aspiración mía llegar al poema infinito, me refiero al poema infinito en que la resonancia sea el proceso grafotécnico de construcción de una visualidad escrita, como a la resonancia de la invisibilidad, el rastro que deja el poema, que podría ser un momento efímero que prolifera, como sería un haiku, pero al mismo tiempo otra versión podría ser la que propongo: la de un poema que nunca va a terminar, que termina en un momento, pero en realidad no es por un fin, es por una pausa. De ahí, esa forma rigurosamente estructurada de mis poemas que están conteniendo al tiempo, domesticándolo, pero domesticándolo pasajeramente. Es decir, ningún poema termina, el último verso de un poema es el inicio de una pausa que rompe el próximo poema y así sucesivamente. Esto también me sucede con los libros, de ahí que no escribo poemas sino libros de poemas. Es decir, enfrento una masa temporal a la cual le inyecto otra temporalidad que es la que pueden traer las palabras, una temporalidad más precisa, una frase tiene unas letras que se pueden contar mentalmente, lo que entendemos como unidad de sonido es precisamente el tiempo cronológico. Y esto es lo extraño de la poesía porque, si bien busco captar esa velocidad, esa anomalía de la lentitud que plantea el espacio de escritura, el poema a su vez no requiere la paciencia que requiere leer una novela, sino una velocidad desarmada. Es decir, una velocidad que pierde abstracción, que es distinta a la velocidad de los carros a toda velocidad, velocidad silábica. El número de letras y también (esto es lo interesante) el tiempo que aporta la voz, que es en definitiva el único tiempo definitivo. Uno se sienta y lee un poema y descubre que el tiempo del poema escrito es diferente y no se había dado cuenta. Quizás la mejor definición del tiempo espasmódico que se achica como un chicle después de masticado la haya dado Marilyn Monroe, quien leía poesía y que respondió a ¿Por qué lee poesía? Con un exacto: I save time.

Lo leí comentar en una entrevista que era progresiva e inevitable la incorporación del español al uso diario y a la cultura en los Estados Unidos. ¿Piensa en un neobarroco en inglés? ¿Sería posible?

Lo veo difícil, pues no hay tradición de literatura barroca. Podemos hablar de un barroco inglés, del cual podríamos citar por ejemplo a John Donne, Alexander Pope, Gerald Hopkins, pero creo desde mi perspectiva como lector que en ese caso estamos hablando de un hermetismo controlado. El barroco es un hermetismo descontrolado, proliferante, el primer barroco trabajaba formas métricas como Góngora, Sor Juana, pero que el lenguaje desborde el contenido imposibilita el control, porque además, la poesía no puede tener control, el barroco representa la maquinaria de la mente. ¿De qué está hecha esa maquinaria? ¿Cuáles son los componentes? No lo sabemos, ni la neurología lo sabe, no nos puede decir cómo es que soñamos, cómo es que recordamos. El neobarroco intenta hacer un cientificismo lingüístico del funcionamiento de la mente. Y cuando digo intento, no me estoy refiriendo a la idea de hacer algo para ver qué pasa, sino más bien a un meticuloso trabajo de prueba y error. Creo que hay una consciencia en los poetas neobarrocos con respecto a ello. Los barrocos estaban muy restringidos por la métrica, los neobarrocos desbordamos las posibilidades creativas de la mente, de ahí que el poeta neobarroco como si fuera un gran masturbador, vuelca como referente de su acto lo primero que esté al alcance. Y eso, en un periodo de tiempo, te puede dar un muestreo de infinidad de cosas al alcance. Quizás deberíamos ver a la poesía neobarroca, sobre todo a la de los poetas fieles a ese trabajo de investigación de prueba y error, como un acto de mapeo de la mente. Y dentro de ese mapeo: el deseo, la memoria, la visión, es decir, todos los atributos de conocimiento que tiene el ser humano. Por eso que cuando dicen que el neobarroco es inentendible estamos hablando de personas cuya imbecilidad es total. Es como si alguien que desconozca el significado de la palabra “física” diga que la teoría de la relatividad es difícil de entender. Y me animaría a decir que el neobarroco ha aportado algo que ahora resulta innegable, incluso para la tradición anglosajona (desde su reciente edición, el neobarroco aparece en la Enciclopedia de Princeton University). Dejémonos de boberías si está de moda o no está de moda. ¿Después de esto qué se puede hacer? ¿Qué viene después? Jardiel Poncela decía: “los barbaros búlgaros huyendo de la vacuna” pues bien, no se puede huir del neobarroco, está ahí, no es un accesorio, no es una moda. Es un planteamiento de cómo la poesía puede seguir haciendo un escrutinio de la mente a partir de todo esto y seguir adelante. Creo y más que creo, estoy convencido de que con el neo barroco la poesía ha dado un paso adelante, porque ahora se puede escribir de todo, sobre todo y con todo.

¿Se acercan otras disciplinas artísticas a su escritura?

La cercanía es con la música. Mi resonancia anímica siempre me lleva a la música y sobre todo a ciertos instrumentos como la guitarra eléctrica y también el piano, quizás el fraseo acústico tenga que ver con el fraseo tipográfico, que resuelve la vida primera de un poema. Aunque resulte un exceso de la presunción, trato de que las frases toquen la guitarra y se distorsionen lo máximo posible. Es interesante, porque la mayoría de los escritores supuestamente cultos, son oyentes de música clásica o jazz, lo cual, obviamente, queda más cool que decir “me gusta Ozzy Osbourne” o bien la música que escucha un camionero. Me gusta la música del “White Trash”, esa música con cero educación literaria pero ¿qué voy a hacer? La vida me ha tratado de esa manera, haciéndome adicto a ciertas resonancias, que la mayoría de la población del planeta y otros planetas detestan y la llaman simplemente: ruido.

Una primera aproximación a la estructura de sus textos podría emitir dos juicios. El primero, que la métrica está supeditada a brindar esas estructuras rectas en la página y la segunda, el despojo del lirismo. ¿Pero cuál lirismo? ¿Qué es el lirismo?

Creo que mi poesía es muy lírica, lírica para mí. La concibo como un vehículo audiovisual, no es un discurso prosaico como puede ser por ejemplo, gran parte de la poesía declamativa de Ernesto Cardenal, o de otro poeta, que está declarando intenciones en el poema. Menciono a Cardenal porque muchos poemas me parecen muy buenos. Yo creo en que el poema debe tener una estructura interna. En un principio, empecé escribiendo sonetos que nunca publique y no pienso publicar, porque me parece que un artista debe aportar formas y estructuras diferentes y el soneto y la décima no son formas para nuestra época ¿Cuál es la forma de nuestra época? No lo sé y cada vez lo sé menos, por la sencilla razón de que en la generación de Twitter de los 140 caracteres, quizás un poema de más de diez o veinte versos será visto como algo totalmente anacrónico, inabordable. Creo que nunca antes en la historia de la literatura, ha habido casi una obligación, un mandato de hacerse la pregunta por lo menos: ¿Qué escribir?, ¿Cómo escribir? No sobre qué, eso no importa cuando estamos en la era de la distracción, el entretenimiento y lo breve. ¿Cuánta gente hace uso completo de los 140 caracteres que permite un Twit? La mayoría no llega a eso. 140 caracteres les parece un exceso. Obviamente estamos nosotros diciendo: “la literatura sigue teniendo importancia” eso yo no lo discuto, lo que sí digo como una observación es que quizás habría que plantearse otras formas de acceso a la escritura del poema, como por ejemplo el híper haiku, o un esplendor fragmentario. Los comerciales en TV, duran 40 segundos y en esos 40 segundos no hay narración, solo imágenes a veces con comentarios inconexos y sin embargo llegan al público que quieren llegar entre 14 y 25 años. Nunca antes la literatura enfrentó un déficit de atención tan grande, sin embargo, creo que el único género salvable es la poesía. Por la sencilla razón de que un gran verso puede ser tan poderoso como un slogan que diga “priceless”. Una novela nunca alcanza eso, la poesía puede alcanzar, digamos, la resonancia redimensionada en un segundo, la resonancia propia, esa, “la del segundo” lo que dura nada, pero deja ecos.

Leí unas citas suyas de “Las Confesiones”, ese pequeño gran libro de San Agustín. Es en ese mismo libro donde Agustín dice que en lo creado está el creador. ¿En su relación con la naturaleza, el entorno y la vastedad, considera la naturaleza barroca? ¿La naturaleza apunta hacia el pliegue?
La naturaleza es el único neobarroco que no pasa de moda. El otro día, vi, a una vaca con tres pájaros diferentes encima del lomo y debajo una tortuga. Estaba parada encima de por lo menos cuatro o cinco tipos de flores silvestres. Ante esa imagen esplendorosa, uno se hace la pregunta ¿por dónde empezar a mirar? Extrañamente, la crítica literaria, crea un modelo artificial de acercamiento a la obra mediante el cual, cree que puede entrar en el núcleo de esa obra a través de un progreso lineal: un comienzo, desarrollo y conclusión. Sin embargo, lo que aprendo con la naturaleza todos los días, mirándola, es que la naturaleza como la poesía, no tiene comienzo ni tiene final. Es y está en un determinado momento. Es de eso de lo que escribo, de lo que es y está en un determinado momento. Mi vida coincide justamente con ese momento, por lo tanto, ¿no será el neobarroco una forma de realismo más fiel que los demás llamados realismos que simplifican y sintetizan? Todo está en la naturaleza, todo está en lo que está y es. Me pareció que uno de los pájaros era un robin, pero no estoy seguro.

Muchos poetas en la madurez de sus vidas han confesado preferir cierta paz, cierta tranquilidad (que no la del reposo) a la felicidad. Nos ha dicho que actualmente la conciencia de la muerte es un tema que le llama la atención, ¿siente la paz como una resignación frente al deseo? ¿es el frenesí la antítesis de la reflexión? La muerte alimenta esos polos.

La felicidad es una enorme abstracción y la calma es una abstracción determinada por el tiempo. Yo no persigo, más bien sigo al deseo, el deseo es lo que me ha guiado, el deseo que me lleva a escribir un poema, a comer, a todavía desear a las mujeres. Al deseo no le podemos encontrar una finalidad, creo que buscar la felicidad y buscar la calma es una forma de conformismo, porque en el momento que uno entra en la estela del deseo, sabe que está jugando a la ruleta rusa con el fracaso. Uno empieza un poema creyendo que está inspirado y le puede seguir un poema peor de los que escribía Santos Chocano. Lo mismo pasa con una mujeres, nadie dice estoy con Mademoiselle Ivonne y tampoco nadie dice “estoy con ella porque me da felicidad” quien dice eso es un conformista. Está con ella porque no puede estar con otra, porque el amor es polígamo, pero el deseo la mayoría de las veces es obsesivo con un objeto y es por lo general, monogámico. En otras palabras, creo que la poesía es llevada por el deseo de alterar el orden que es lo que uno hace cuando ama, juega porque le incrusta a la calma, la vulnerabilidad.

En su poesía hay una interpretación propia de los elementos del mundo: obras, personas (Magallanes, Da Vinci) y pensamientos. Muchos textos parten de aporías. ¿Cómo se implica con el pensamiento, el reino de las ideas?

Puede ser una aporía, una imagen, un sentimiento, una observación, la poesía es siempre un comentario posterior sobre algo. El que diga que “mi poesía es sobre nada o no tiene tema” no ha pensado la poesía. La poesía es el arte de transformar el comentario en el referente que está antes del comentario mismo e invierte el orden de los factores. En última instancia, la poesía es caníbal, hace desparecer la aporía y se convierte en tema de sí misma.

Ha hablado del deseo y me hace pensar en la productora de Almodóvar (con esos curiosos “El Deseo presenta…” y después viene una historia) y también, de hecho, en la película “La ley del deseo”. A su vez nos comentó que prepara un texto de largo aliento sobre la belleza (estética y verdadera) en la historia. En la noción heredada de Grecia, la verdad, que podría ser carroña o cruel, es bella. El deseo, esa fuerza desprovista de sujeto alguno, mueve al mundo: se mata, se ama, se vive por deseo. ¿Es el deseo lo que finalmente motiva su poesía?

Es la primera vez que me hacen una pregunta excelentemente respondida por la pregunta. Si vos te das cuenta, estamos hablando de grandes abstracciones que al mismo tiempo podemos ver reflejadas con exactitud en la realidad empírica, ahora que me haces esta pregunta tan inteligente, recuerdo el comentario que me hizo el oncólogo que trató a mi madre poco antes de que muriera. Yo le pregunté ¿cómo la ve a mi madre, doctor? Y él me dijo “no perdió el deseo de vivir”. Me di cuenta en ese momento de que la gran belleza de la vida es no perder nunca el deseo. Puede ser un deseo con mayúscula, como es el deseo de vivir, o también el deseo de comer un helado de chocolate o de escribir un poema, sabiendo que quizás nadie lo va a leer, pues, la escritura de un poema, como el acto de comerse un chocolate es autocomplaciente. Yo creo que he construido mi poética en base a eso, a no tener expectativas de ningún tipo, salvo una: que la escritura de un poema como el comer un helado de chocolate, me sigan realzando el deseo de vivir. Y es, después de todo, un deseo intransferible, aun a alguien que se quiere suicidar yo no le puedo hacer una transfusión de mis ganas de vivir, o al que odia o no le gusta la poesía, no le voy a insistir: lea mi poema. Por lo tanto, cuando escribo un poema donde celebro de la forma que quiero celebrar el deseo de vivir, me digo en voz baja, para que no me escuche mi vecino por la dudas, soy mi poeta favorito.



domingo, 2 de febrero de 2014

(NEO)BARROCO Y MODERNIDAD LATINOAMERICANA – Augusto (Blog limaneobarroca)

INTRODUCCIÓN: BARROCO Y POSMODERNIDAD

Vivimos lo que se ha denominado la última fase de la modernidad, en donde se han intensificado sus características e incongruencias al tal punto de poner en riesgo su propia existencia. El rótulo más utilizado para nuestra modernidad, la llamada condición posmoderna, tiene como derroteros conceptos como contradicción, complejidad, hibridez y globalización, los cuales son estudiados exhaustivamente por todas las disciplinas humanas y ciencias sociales. Sin embargo, desde los años setenta, nuestra modernidad viene tomando un nuevo nombre para explicar sus circunstancias. Últimos escritos sobre la situación contemporánea, en términos sociales y estéticos, están revalorando un concepto tan complejo y olvidado como el Barroco. Así, el término Neobarroco aparece para explicar, manejando la analogía y la visión diacrónica, lo que ya se había planteado como posmodernidad.

El término Neobarroco ha sido utilizado por diferentes personajes del ámbito literario contemporáneo: el poeta cubano Severo Sarduy fue el primero, con su artículo “El barroco y el neobarroco” aparecido en 1972. Luego fue incorporado en los trabajos críticos de muchos filósofos europeos, entre ellos, sobre todo, el italiano Omar Calabrese, profesor de la Universidad de Bolonia y autor del libro La era neobarroca de 1987. El escritor argentino Néstor Perlongher continuó la investigación sobre la presencia del neobarroco en la poesía latinoamericana, en 1991. Otros estudiosos europeos del tema son Gilles Deleuze (Le pli), Christine Buci-Glucksmann (La raison baroque. De Baudelaire a Benjamin e De l’esthétique baroque); Benito Pelegrin, profesor en la universidad de Aix-en-Provence y traductor y especialista en Baltasar Gracián (Étique et esthétique du Baroque); Guy Scarpetta, profesor de la Universidad de Reims (Eloge du cosmopolitisme); Paul Virilio, profesor de la Universidad de París (Esthétique de la disparition; traducción de Noni Benegas, Estética de la desaparición); Francisco Jarauta, profesor de la Universidad de Murcia (Fragmento y totalidad: los límites del clasicismo); y Andrés Sánchez Robayna, poeta, profesor de la Universidad de La Laguna, Tenerife, y director de la revista Syntaxis (Tres estudios sobre Góngora).

A su vez, y durante todo el siglo XX, lo barroco ha estado en discusión en la esfera literaria latinoamericana. Escritores como Rubén Darío, los cubanos José Lezama Lima y Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, el mencionado Severo Sarduy u Octavio Paz han insistido en la idea de lo barroco como realidad cultural latinoamericana, como nuestra modernidad disonante. Y es que todo debate sobre la modernidad y su crisis en América Latina que no incluya el barroco resulta parcial e incompleto. Nuestra América, que es en sí misma una encrucijada de culturas, mitos, lenguas, tradiciones y estéticas, fue un espacio privilegiado para la apropiación colonial de lo barroco, y continua siéndolo para los reciclajes modernos y posmodernos de aquel “arte de la contraconquista”, en el cual Lezama Lima bien ubicó la fundación del auténtico devenir americano (Chiampi 2000).

La modernidad latinoamericana se comprende como un reciclaje ideológico de lo barroco como un factor de identidad cultural, dentro de la práctica de la fragmentación, de la celebración de lo nuevo, del afán de ruptura y de la experimentación.

La relación barroco-modernidad aquí tratada procura ubicarse más allá del debate académico generado por la oposición entre un concepto del barroco como estructura histórica y un concepto del barroco eterno, atemporal. O sea, por un lado, el barroco como un estilo, una práctica discursiva del siglo XVII, fuertemente ligada a la contrarreforma, a las monarquías y a la clase aristocrática – por lo tanto, un concepto reaccionario y antimoderno – y, por otro lado, el barroco como una forma que resurge, no importa cuándo ni dónde, para negar el espíritu clásico (Chiampi 2000).

Pensar la cuestión del barroco después de esa dicotomía que nutrió tantas cátedras supone reconocer que el imaginario latinoamericano siempre tuvo dificultad para manejar la idea de historia lineal, en un esquema que rechaza las ideas sustancialistas, las esencias que transmigran, las entelequias que apenas se encarnan en las cosas concretas. En esa posición cultural se entiende por qué estamos más propensos a reinventar “lo barroco” en diálogo con el lenguaje contemporáneo. En lugar de pretérito perfecto o de negación de la temporalidad, lo barroco se dinamiza para nosotros en la temporalidad paralela de la metahistoria: es nuestro devenir permanente, el muerto que continúa hablando, un pasado que dialoga con el presente a través de sus fragmentos y ruinas, acaso para prevenirlo de volverse teleológico y conclusivo (Chiampi 2000).

Con esto, el neobarroco aparece como una herramienta interesante para atacar el problema de la cultura latinoamericana: por primera vez en la cultura occidental se da una herramienta teórica que avala, valida, justifica e incluye la cultura americana, sí y solo sí se entiende ésta como una expresión “anticlásica”, plural, contradictoria e híbrida, bajo el rótulo de la actitud (neo) barroca.

El presente artículo intenta encontrar algunos conceptos sobre lo barroco y neobarroco en la literatura contemporánea que funcionen como criterios de investigación para un mejor análisis y estudio de la situación urbana y arquitectónica limeña. Esta alternativa interdisciplinaria pretende validar las distintas situaciones urbanas y edilicias acontecidas en nuestra capital, muchas de ellas despreciadas por los limitados cánones occidentales aprendidos en las facultades de arquitectura y en escasas revistas en circulación, en donde la racionalidad y modernidad siguen minimizando las expresiones ajenas a ellas. Como se pretende mostrar, hoy en día la teoría cultural de occidente se presenta abierta y tolerante con nuestra expresión cultural, ya que compartimos los mismos argumentos formulados en el concepto de neobarroco.

BARROCO Y NEOBARROCO

Como se sabe, el nacimiento del estudio sobre lo barroco, en la Europa del siglo XVII, se estudió desde una doble perspectiva ante mencionada: como estructura histórica y como concepto eterno, atemporal. El primer caso podemos encontrarlo en los estudios de Arnold Hauser. En su Historia social de la literatura y el arte, dedica un capítulo a este estilo, definiéndolo como una diversidad de manifestaciones artísticas, no compactas ni exclusivas, diferentes según el lugar donde aparezca. A su vez, identifica dos “corrientes” (prefiero llamarlas “actitudes”) recurrentes en la Europa del siglo XVII: el barroco de carácter sensualista, monumental y decorativo, y el barroco “clasicista”, más estricto y riguroso.

Si bien es una descripción del Barroco del setecientos desde un enfoque social, en donde se relaciona íntimamente las producciones artísticas con los diferentes contextos sociales de ese continente, en un período histórico determinado, Hauser define características, derivadas de varios teóricos del arte, que bien pueden expresar nuestra situación urbana contemporánea, no solo global, sino también local: subjetivización de la visión artística del mundo, transformación de la “imagen táctil” en “imagen visual”, del ser en parecer, la concepción del mundo como impresión y experiencia, la comprensión del aspecto subjetivo como lo primario, y la acentuación del carácter transitorio que lleva en sí toda impresión óptica, la transformación del ser personalmente rígido y objetivo en un devenir (concepto fundamental en la obra de Lezama Lima), la sustitución de lo absoluto por lo relativo, lo más estricto por lo más libre, la composición más o menos incompleta e inconexa, la conmoción de todo lo firme y estable, las visiones aparentemente casuales, improvisadas y efímeras, (el arte, arquitectura y ciudad) como un espectáculo transitorio (intención cinematográfica), violentas superposiciones, abandono de líneas de orientación, el impulso hacia lo suelto, ilimitado y caprichoso, la fealdad (entendida como falta de composición y proporción en clave clasicista), sensualismo subjetivo y disolución de formas, la falta de unidad estilística (hay tantos estilos como grupos sociales que los crean), entre otros (Hauser 19??).

Todos ellos son rasgos que, haciendo una transposición diacrónica, podemos encontrar en las principales ciudades occidentales y, como pretende este artículo, en nuestras ciudades latinoamericanas en la actualidad, no solo en lo que respecta al arte y la estética, sino en las posturas, condiciones e imaginarios que las clases sociales exploran para expresarse hoy en día.

El segundo enfoque lo encontramos en la conocida obra de Wölfflin, Conceptos fundamentales de la historia del arte, que presenta una revisión histórica del arte partiendo (y definiendo) dos grandes posturas del quehacer estético, caracterizadas en dos momentos históricos específicos: el Renacimiento y el Barroco. Dos aspectos que valen la pena subrayar, por la trascendencia sobre el tema que nos compete, son:

1.- La validación del Barroco como un momento estético importante y trascendente, con valores positivos propios y colocados al mismo nivel que el pensamiento clásico europeo. Wölfflin eleva al barroco como una tradición artística paralela (y no deformada) del clasicismo y desmitifica el concepto despectivo del arte del siglo XVII.

2.- La condición de lo Barroco como categoría meta-histórica, entendiendo más que el “estilo” como tal, un “actitud” barroca presente en toda la historia del arte, en estrecha relación con las manifestaciones artísticas que, de alguna manera, se alejan de la tradición racionalista grecorromana.

Con estas ideas definidas, renace lo barroco como expresión artística y actitud atemporal, listo para ser utilizado como un marco teórico y referencial en aquellas circunstancias en donde la producción cultural se aleja de los cánones idealistas del clasicismo europeo. En este caso, Latinoamérica es el escenario ideal para la aplicación de dicho concepto. En Latinoamérica, la postura de Alejo Carpentier, con su apreciación constante de lo real maravilloso en nuestras culturas, se acerca a esta idea de atemporalidad de lo barroco.

En lo que respecta a la reapropiación de término barroco Omar Calabrese, en su libro “La era neobarroca”, expone una teoría que, por medio de algunos conceptos principales, trae la idea del barroco a la actualidad, para comprender la situación contemporánea. El poder y seducción de las imágenes, la idea de lo efímero, la crisis de los metarrelatos racionalistas (según lyotard), la ampliación del repertorio compositivo en la arquitectura y las artes, lo recargado, el desorden, el exceso, etc., son conceptos que definen tanto nuestra realidad global como la vivida en Europa del siglo XVII.

Así, la idea del barroco, no entendida como un período histórico, sino como una actividad cultural presente en varios momentos culturales, más allá de un tiempo y espacio específico, es tomada por Calabrese para describir la situación cultural global y contemporánea.

El autor plantea una serie de conceptos que definen nuestra condición actual (límite, exceso, detalle, fragmento, desorden, caos, entre otros), utilizando ejemplos dispares (literatura, música, televisión, comics, etc.) y relacionándolos con el estilo barroco del siglo XVII. Así, más allá de generar una nueva ética de la estética para el siglo XXI, presenta un panorama dispar, lleno de riqueza y variedad, en donde los metarrelatos modernos dan paso a la ficción de los instantes, a la hibridez de los objetos y situaciones, y muestra un escenario teórico - nunca visto en occidente - ideal para revalorar nuestra situación americana, y no solo a partir de nuestra mirada. Pensar la ciudad de Lima bajo los criterios neobarrocos de Calabrese nos genera un abanico de posibilidades inclusivas hacia casi todas las manifestaciones urbanas y arquitectónicas acontecidas en nuestra capital, y en general, en todas las ciudades latinoamericanas. Estudiar la arquitectura emergente de los asentamientos humanos y los llamados pueblos jóvenes bajo los parámetros del fragmento o la inestabilidad, pensar el crecimiento urbano según los conceptos de límite y exceso, entender los procesos sociales desde las teorías del caos y el desorden, son algunas de las posibilidades metodológicas que el neobarroco nos propone.

NEOBARROCO LATINOAMERICANO

Dos libros que definen de manera eficiente el concepto de barroco como la verdadera expresión cultural latinoamericana son los de la catedrática de literatura hispanoamericana Irlemar Chiampi, con su libro “Barroco y Modernidad” y el del poeta cubano José Lezama Lima “La expresión americana”. En ambos casos, lo barroco es entendido como expresión netamente ibérica y americana, desligado del barroco europeo,  caracterizado por la adición más que por la fusión e hibridación propia de nuestro continente.

El primer texto explora la crisis de la modernidad en América Latina bajo el concepto del barroco. Es una mirada, desde la literatura del siglo XX en Latinoamérica, en donde se muestra nuestro territorio como un espacio privilegiado para la apropiación del barroco. Desde la época colonial hasta los reciclajes posmodernos, el concepto de “arte de la contraconquista” utilizado por Lezama Lima explica que lo barroco es específicamente nuestra expresión, y no la Europea. La literata brasilera se apoya en las teorías de Severo Sarduy, Alejo Carpentier y Lezama Lima para explicar las distintas expresiones de la literatura de vanguardia de principios del siglo pasado, así como las aparecidas en los años setenta y ochenta, en el llamado boom latinoamericano. La ya mencionada encrucijada de culturas, mitos, lenguas, tradiciones y estéticas en América hacen de lo barroco un factor de identidad cultural, en donde la fragmentación y experimentación mencionadas al comienzo del artículo tienen su correlato en los mismos conceptos estudiados por el neobarroco occidental de Calabrese.

Se genera entonces una propia expresión que explica no solo fenómenos literarios, sino que se amplía hasta fenómenos como lo arquitectónico o lo urbano. Así, se puede tener una lectura muy comprehensiva, interesante y enriquecedora sobre dichas esferas de la cultura, ya que el panorama urbano occidental, latinoamericano y, sobretodo, local, aparece con todos los síntomas y signos de esta actitud (neo) barroca.

El caso de Lezama es muy interesante. En su libro La expresión americana propone la idea de una historia cultural, en donde las imágenes subjetivas del americano son entendidas como entidades susceptibles de análisis y descripción, eras imaginarias las llama, con el fin de develar la tradición y cultura eminentemente americana. Estas imágenes forman una suerte de entidades abstractas de conocimiento, que devienen meta-históricas y se encuentran hábiles para un análisis diacrónico del devenir cultural americano. Bajo ese concepto, la “actitud barroca” cobra vigencia para transportarse por las diferentes épocas y fundamentar nuestra lógica y nuestra expresividad. Para Lezama el barroco es nuestro devenir, siempre en constante movimiento creándonos y recreando nuestra cultura. Esta idea se acerca a dos disciplinas muy contemporáneas en el estudio del hombre. La idea de los imaginarios, presente en la historia de las mentalidades o historia cultural, valida la subjetividad inherente de toda cultura, de la misma manera que Lezama valora los imaginarios tanto o más que la pretendida objetividad de la historia lineal moderna. Esto también sintoniza con los trabajos de Sergei Gruzinski, que anuda tanto la idea del barroco y neobarroco como hito fundamental de nuestra cultura americana, como con la importancia de las imágenes en el estudio y comprensión d elos fenómenos sociales y culturales.

El segundo capítulo del libro de Lezama expone el concepto de barroco como la primera manera original de la expresión americana,  antes incluso del momento nacionalista de las independencias de años posteriores, y los revivals nostálgicos aparecidos en el siglo XX.

En formato de fábula, y por medio de un personaje inventado – el señor barroco – Lezama expone con claridad la verdadera identidad expresiva americana: un movimiento que no acumula ni yuxtapone, como el barroco europeo, sino que trabaja con los conceptos de tensión y plutonismo, los cuales definen la verdadera identidad de nuestra expresión americana.

Sobre estos conceptos, el mismo escribe:

“Nuestra apreciación del barroco americano estará destinada a precisar: primero, hay una tensión en el barroco; segundo, un plutonismo, fuego originario que rompe los fragmentos y los unifica; tercero, no es un estilo degenerescente, sino plenario, que en España y en la América española representa adquisiciones de lenguaje, tal vez únicas en el mundo …”

Para señalar la idea de tensión específicamente, utiliza algunos ejemplos muy convenientes para este artículo:

“Si contemplamos el interior de una iglesia de Juli, o una de las portadas de la catedral de Puno, ambas en el Perú,  nos damos cuenta que hay allí una tensión. Entre el frondoso chorro de las trifolias, de emblemas con lejanas reminisencias incaicas, de trenzados rosetones, de hornacinas que semejan grutas marinas, percibimos que el esfuerzo por alcanzar una forma unitiva, sufre una tensión, un impulso si no vertical como el gótico, sí un impulso volcado hacia la forma en busca de la finalidad de su símbolo. En la basílica del Rosario, en Puebla, donde puede sentirse muy a gusto ese señor barroco, todo el interior, tanto paredes como columnas es una chorretada de ornamentación sin tregua ni paréntesis espacial libre. Percibimos ahí también la existencia de una tensión….”

Refiriéndose al concepto de plutonismo, explica:

“Vemos que en añadidura de esa tensión hay un plutonismo que quema los fragmentos y los empuja, ya metamorfoseados hacia un final. En los precioso trabajos del indio Kondori, en cuyo fuego originario tanto podrían encontrar el banal orgullo de los arquitectos contemporáneos, se observa la introducción de una temeridad, de un asombro: la indiátide (cariátide en forma de india)…. en un mundo teológico cerrado, con mucho aún de furor a lo divino tan medieval, aquella figura, aquella temeridad de la piedra obligada a escoger símbolos, ha hecho arder todos los elementos para que la princesa india pueda desfilar en el cortejo de las alabanzas y las reverencias”

Con esto, Lezama valida como verdadera expresión americana la fusión de elementos extranjeros con los autóctonos para lograr, siempre, una unidad. Siguiendo con los ejemplos arquitectónicos, propone que los materiales constructivos y la tectónica son una riqueza más que diferencia el barroco europeo y el nuestro:

“…Para ello la primera integración de la obra de arte, la materia, la natura signata de los escolásticos, regala la primera gran riqueza que marcaba la primera gran diversidad. La platabanda mexicana, la madera boliviana, la piedra cuzqueña, los cedrales, las láminas metálicas, alzaban la riqueza de la naturaleza por encima de la riqueza monetaria. De tal manera, que aún dentro de la pobreza hispánica, era la riqueza del material americano, de su propia naturaleza, la que al formar parte de la gran construcción, podría reclamar un estilo, un espléndido estilo surgiendo paradojalmente de una heroica pobreza”

Un último concepto encontrado en la obra del poeta cubano es la singularidad que genera la inclusión del paisaje en las obras poéticas y literarias americanas, el cuál denomina como espacio gnóstico. Haciendo una revisión a los principales textos barrocos europeos (Góngora, entre otros), encuentra siempre una descontextualización geográfica en dichos textos, que no recurren al paisaje ni lugar para enriquecer su arte.

Sentencia la idea del barroco americano con una definición muy sugestiva, que revela el carácter auténtico y original de nuestra expresión: el arte de la contra-conquista, dándole vuelta a la conocida frase  que definía al barroco como arte de la contrarreforma.

Con el ejemplo de Lezama Lima, podemos empezar toda una descripción de los fenómenos arquitectónicos y urbanos contemporáneos en nuestras ciudades, y encontraremos que los materiales y el lugar aún forman parte del imaginario arquitectónico, así como encontraremos tensión y plutonismo en la arquitectura popular o “chicha”, en donde lo foráneo y occidental es unido con imágenes tradicionales locales, generando una verdadera tensión en todos los elementos que conforman la arquitectura.


Para terminar, y siguiendo las ideas de Edward Said sobre la teoría de las culturas, sostengo la importancia de lo local y la memoria en la definición de identidad cultural. No podemos hablar de identidad cultural sin entender no sólo el pasado, sino la realidad del presente en toda su amplitud y complejidad. De esta manera, se justifica la necesidad de una construcción de cultura sin ningún tipo de restricciones: las influencias occidentales y la globalización están, pues, incluidas en nuestro proceso cultural, y la hibridación que incluye presente y pasado, lo propio y lo ajeno, se muestra como la propuesta real de nuestra cultura. Desde la literatura, tanto occidental como latinoamericana, existen varios derroteros con los cuales se puede tener una mirada más seria y comprometida hacia nuestra arquitectura y ciudad.

sábado, 1 de febrero de 2014

Tatuado en la piel del texto - Rafael Toriz

Célebre por haber sido uno de los autores principales de la segunda mitad del siglo XX latinoamericano, el Fondo de Cultura Económica publica un tomo con los principales ensayos del cubano Severo Sarduy, un autor notable que renovó la lengua y expandió, como pocos en el continente, las posibilidades reales del barroco literario.

Entre la afanosa muchedumbre de escritores, se cuentan con los dedos de una mano aquellos que iluminan el firmamento de su época con una luz audaz y verdadera, transformando la manera en que leemos, cambiando la manera en que miramos. Son ellos, auténticos meteoros peregrinos, quienes incendian la manera en que pensamos, vertebrando formas nuevas de sentir. Empero, fieles a su sino de centellas, su designio es no durar y consumirse: alumbrar sólo un pedazo de la noche, como los cocuyos en el campo.
A dicha estirpe perteneció el cubano Severo Sarduy (1937-1993), un poeta de primera que exploró, al amparo de Lezama, las posibilidades insondables del barroco, una visión de mundo que trasciende la estética, y configura, en la tierra americana, toda una visión del universo.
Poseedor de una obra original y sensible, así como protagonista indudable de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX, Sarduy es un autor extraordinario al que, estoy seguro, cada vez se acercan menos los lectores (de poco ha servido, para el caso, que sus obras completas hayan sido editadas por la estupenda colección Archivos de la Unesco).
Por tanto la publicación del tomo Obras III. Ensayos por parte del Fondo de Cultura Económica es el pretexto obligado para recordar a un artista nacido con corazón de rumbera.
Un testigo fugaz y disfrazado. Sarduy, cubano por nacimiento y parisino por vocación, fue uno de los exponentes principales del barroco literario, en compañía de Cabrera Infante y Reinaldo Arenas, siempre bajo la sombra luminosa de José Lezama Lima. Todo en su obra es un signo que encubre un signo, un abuso y un excedente: megáfono para la significación. Todo en Sarduy es emblema, lectura y construcción del (neo)barroco. Proveniente de la exuberancia tropical de Camagüey, no es de extrañar que, durante su visita al puerto de Buenos Aires en 1968, se hubieran referido a él como “el millonario del lenguaje”.
Siendo muy joven marcha en 1956 a La Habana para estudiar medicina, carrera que abandonará para abocarse a su carrera literaria, que entonces apenas iniciaba al amparo de la revista Ciclón (célebre publicación antagónica a la revista Orígenes y al grupo comandado por Lezama Lima), cuyo cabecilla intelectual era el poeta Virgilio Piñera, otro vagabundo que supo andar por Buenos Aires.
No tardará mucho en colaborar con la página cultural de Diario libre y con el magazín Revolución. Finalmente, trabajará en el mítico Lunes de revolución, suplemento dirigido entonces por Cabrera Infante.
En diciembre de 1959, con una beca otorgada por el gobierno cubano, partirá a París con la finalidad de estudiar crítica de arte en la Escuela del Louvre. Será un viaje sin billete de retorno. Durante los años que le resten de vida, jamás volverá a la isla.
Ya instalado en Francia entablará relaciones estrechas con François Wahl, Roland Barthes, Jacques Lacan y Philippe Sollers; situación que lo llevará a sumergirse en la moda estructuralista de la época y a colaborar en su órgano representativo: la revista Tel Quel. Sobre su relación con este grupo, pero sobre todo con Wahl que fue su amante, algo se ha dicho, pero no lo suficiente. Son varios los testimonios que cuentan la ascendencia nefasta que tuvo el intelectual de segundo orden sobre la visión y la vida de Sarduy, quien fue presa de modas y amaneramientos, lo que, tristemente, dificulta la lectura de algunos de los ensayos publicados por el Fondo. En una extensa entrevista, disponible por la red, el artista cubano Ramón Díaz Alejandro destaca que Sarduy vivía sofocado por la presencia intrusiva de su compañero, quien lo “alfabetizaba” en sus prejuicios mediocres de francés insoportable, por lo que Sarduy confiesa con amargura  “¿te das cuenta que yo me tengo que leer a todo Freud y a todo Marx para no ser nada más que la mulata que se acuesta con él?”. Tales personajes han sido definidos por Edgardo Cozarinsky como “esas nulidades de quienes dependía el escritor para su subsistencia, que le imponían aliados ideológicos y mundanos”.
Tiempo después sería editor de literatura hispanoamericana para Editions du Seuil y también para Gallimard.
Sin contar un primer libro de poemas titulado Tres publicado en Cuba cuando el autor tenía 15 años, en 1962 publicará su primera novela Gestos, a la que seguirán De dónde son los cantantes, Cobra, Maitreya, Colibrí, Cocuyo y de manera póstuma Pájaros de la playa.
Como ensayista escribirá los tomos Escrito sobre un cuerpo, Barroco, La simulación, Nueva inestabilidad, que son los que agrupa la edición del Fondo, y donde brilla la ausencia del que probablemente sea uno de los mejores textos híbridos jamás escritos en castellano: El Cristo de la Rue Jacob.
Como poeta, la parte más dura, viva y decantada de su obra publicará Big Bang, Flamenco, Mood índigo, Un testigo fugaz y disfrazado, Un testigo perenne y delatado y Poesía bajo programa, entre otros.
Escribió también algunas obras de teatro y piezas radiofónicas que, en definitiva, no se encuentran entre lo más logrado de su producción.
En el corazón de sus intereses, que se ven abordados por una mirada inteligente, travestida y humorística, se encuentra el barroco y sus implicaciones estético-históricas en América latina. El mismo se asumió como el heredero de Lezama y contribuyó, con el conjunto de su obra, a ensanchar una lectura sobre una de las obras capitales de la literatura hispanoamericana del siglo pasado, aunque, como la suya, ahora apenas cuente con lectores.
Al margen de su notorio interés en la historia de la ciencia (durante su vida en París trabajo como corresponsal en dicha área para Radio Francia Internacional), es evidente que entre sus preocupaciones recurrentes la relación entre cuerpo y escritura ocupa un lugar fundamental. Para Sarduy “sólo cuenta en la historia individual lo que ha quedado cifrado en el cuerpo y que por ello mismo sigue hablando, narrando, simulando el evento que lo inscribió”; por lo tanto escribir es similar a tatuar –en los límites, en la superficie del lenguaje– al mismo lenguaje.
Siguiendo el desarrollo de sus ideas, es evidente que en Sarduy la escritura es una experiencia corporal, ramalazo permanente de fascinaciones sensibles, “recorriendo esas cicatrices, esbozo lo que pudiera ser una autobiografía, resumida en una arqueología de la piel. Sólo cuenta en la historia individual lo que ha quedado cifrado en el cuerpo y que por ello mismo sigue hablando, narrando, simulando el evento que lo escribió”. Para él, “la escritura sería formulada en tanto que inscripción corporal, en tanto que jeroglífico somático. Utilizando un juego de virajes muy gráfico podría decirse que todo libro es un cuerpo, un volumen en el espacio, pero al mismo tiempo el cuerpo puede ser vivido fantásticamente como un libro, como una topología en que se inscriben signos”.
La escritura como cicatriz, como inscripción y como tatuaje. Un cuerpo que llama a otro cuerpo. Invocación. Deseo de hacer el amor a través del texto: Sarduy es una experiencia trémula que se resuelve en la fascinación y sensualidad del lenguaje. Un espasmo. Un orgasmo: el lenguaje enfebrecido por el delirio tropical.
Exiliado de su patria, y acaso también de sí mismo, Sarduy es un enormísimo poeta y, precisamente por la distancia elegida y asumida, profundamente cubano; circunstancia que nutre sus efluvios gongorinos de botella, rumba y bofetá. Fue García Márquez quien expresó, en una de esas frases venenosas que lo caracterizaron, que Severo era el mejor escritor de la lengua castellana pero el menos leído.
Y es que, para un autor transterrado –que encima cultivó un género exigente como el barroco– es más complicado hallar a sus lectores. Severo, también, es una de las caras tristes del exilio: “No es que decidiera quedarme: me fui quedando… Hoy en día el balance es paupérrimo. No tengo nada y los que debían leerme, que son los cubanos, no me conocen ni me pueden leer. Hace poco me llamó un amigo para comunicarme la infausta noticia de que yo no existía, al menos en los anales recientes de la literatura nacional. Ese olvido pre-póstumo no me asombró.
El exilio es también eso: borrar la marca del origen, pasar a lo obscuro donde se vio la luz”.
En El estampido de la vacuidad, otro texto memorable, relata una de sus cuitas a Gombrowicz: “Estoy perdido y solo, escribo en español, y más bien en cubano, en un país que no se interesa en nada que no sea su propia cultura, sus tradiciones y en el que, lo que no es ya notorio, o puede ser asimilado totalmente, sin dejar residuos de la pasada identidad del autor, es como si no existiera”, a lo que Witold le responde: ¿Y qué dirías, Nene, de un polaco en Buenos Aires?”
Virtuoso indiscutible de la forma, hay en Sarduy un rigor estructural, una fascinación por la imaginación articulada, como puede leerse en uno de los sonetos más bellos jamás escritos en nuestra lengua: “Ya no soy el de ayer, el tiempo pasa./Mi verso se ha tornado transparente. Por las tardes me vienen de repente/bruscos deseos de volver a casa./La pasión que ensimisma y la que abrasa/se alejaron de mí; ahora es la mente/quien disfruta, nocturna, indiferente,/ con los cuerpos que el día me rechaza./No deploro el amor, que me fue ajeno;/sino el deseo, que redime, invierte/ y modifica todo lo que toca./Escrituras, pasiones y veneno/faltaron a mi vida y a mi muerte./Y el roce de unas manos, y una boca”.
Espíritu del trópico que sabe que no hay arte sin engaño, para Sarduy la escritura es la operación de travestismo por excelencia, la divina pareja, el juego de simulaciones sensuales que revelan lo que esconden: barroco descarado, como se lee en esta décima, que acaso resuma su estética: “Convenzo más cuando engaño/soy más creíble si miento/–simulado sentimiento/si persuade, no hace daño–./ Así transcurro, y el año/ torna menos torvo y cruento/ si el afuera es un adentro/y el adentro es un afuera/Más fingiría si no fuera/ que aparentar aparento”.
En caso de que el lector de este artículo aún sienta, al confrontarse con la poesía, la fascinación rabiosa del encanto, no me queda sino felicitarlo: la vida nos habita y es síntoma inequívoco de que la sangre corre todavía desbocada por el cuerpo.
Por mi parte, al sentirme tan desnudo, tocado y representado por un autor inteligentísimo y sensual, de mestizaje absoluto y a todo luces sexual, no puedo sino decirlo en voz alta, para invocar a Severo: “Que den guayaba con queso/ y haya son en mi velorio./Que el protocolo mortuorio/se acorte y limite a eso./Ni lamentos en exceso/ni Bach: música ligera./La Sonora Matancera./Para gustos los colores./A mí no me pongan flores/si muero en la carretera”.



LA ERA NEOBARROCA: OTRA VUELTA DE TUERCA SEXUAL - Ángel Román

En la era de la imagen, la pantalla (cine, móvil, televisión, ordenador, tableta, etc.) hace posible una realidad reconstruida. Pero, mientras en el teatro el escenario es un hecho consciente, en el mundo de la imagen empieza a ser algo problemático porque, ya no desaparece el yo con el otro (lo representado), sino que ambos se confunden. Escenario y representación se experimentan interactivos con la mirada del sujeto, posibilitando una cultura inmersiva e interactiva, inédita en el pensamiento humano.

En el momento digital en el que vivimos, el escenario es una pantalla que “ya no resulta un espacio cerrado de exposición de datos; la pantalla debe concebirse como un campo abierto de acontecimientos, como un no lugar desterritorializado capaz de convertir al usuario en el auténtico actor de la aplicación” (*1). Si a esto le sumamos la capacidad que también tiene la globalización de potenciar escenarios que uniforman las culturas del mundo, el resultado es la formación de sujetos en busca de una identidad. Nunca el individuo había tenido la sensación de pertenecer a todo y, sin embargo, sentirse tan vacío.

En la imagen se libran ahora todas las batallas porque el lenguaje cinematográfico ha contaminado a los medios de comunicación, a la fotografía, al videoarte... En definitiva, a todo lo que denote pantalla como parte de una estrategia que busca conquistar la singularidad del individuo moderno.

La pantalla, entendida como ese lugar negociado entre lo que se exhibe y lo que se muestra, entre la creación y el espectador, entre la emoción y lo representado, especula sobre su superficie una realidad narcisista que abandona la ficción teatral para adentrarse en el vértigo de la ilusión hiperrealista. La imagen aspira, en el nuevo milenio, a ser entendida como una experiencia activa y no como un acto contemplativo pasivo.

Si la relación que mantenemos con el mundo es cada vez más estética, es la imagen la que representa su mejor estrategia para adentrarse en los conflictos de una sociedad que aborda el conocimiento desde la mirada. Y desde esa multiplicidad de ventanas que proporciona Internet, solitaria y/o en red, organiza un flujo de contenidos consumidos desde la seguridad de la invisibilidad o del avatar, en la que degustamos infinidad de gastronomía sexual.

El pixel, ahora más que nunca, se aproxima a esa era Neobarroca proclamada por el semiótico italiano Omar Calabrese a principios de los años noventa, donde la conjunción del arte con los medios de comunicación ha ocasionado una estetización de la sociedad y cuya situación, dice, es “producto de un gusto imperante por la fragmentación, el desorden, el caos…”.

La red social TUMBLR es una constante pantalla de imágenes calientes con una finalidad erótico-artística, pero lo que facilita realmente es una sexualización del pixel. Llegados a este punto, donde la comunicación 2.0 se prepara para el diálogo, falta por asumir una última batalla: la identidad sexual en los contextos digitales.

Hace unos meses, Isabella Rossellini presentó SEDUCE ME, una serie de cortometrajes en los que explicaba los mecanismos de seducción entre especies animales. Un ejercicio atrevido para la ex-musa de David Lynch. El resultado no fue acertado. Su distribución mínima.

Los controles de censura se agravan en la red, lo último fue a parar al director de cine Juanma Carrillo, que vio como VIMEO suprimió todos sus vídeos de un día para otro y sin avisar, debido a su carga erótica. Su revancha digital ahora se libra en su propia página web: www.juanmacarrillo.com. Anteriormente ya fue censurado en YOUTUBE.

Lo de ser políticamente correcto seguramente va a tener sus consecuencias tarde o temprano. En un mundo donde el exceso es la medida de todas las perdiciones, la libertad de expresión transpira en Internet. ¿Cuánta libertad eres capaz de soportar tú?

Incluso DOZE Magazine tuvo que modificar su foto en los diversos perfiles sociales (FACEBOOK) a consecuencia de las impactantes fotografías del artista Asger Carlsen. La censura tiene como respuesta inmediata la eliminación del propio contenido, la invisibilidad de aquello que parece no ser bien visto. Sinceramente, a mi, me gusta lo que no se esconde, lo visible, porque de esta manera se hace presente.

Existe en las sociedades tecnológicas un desahogo en lo excesivo, en la especulación y en la saturación, que conmueve por su carencia en todos los sentidos. En las diversas pantallas donde se recrea lo real existe un mundo digital donde se requiere de usuarios ávidos de experiencias para ver/observar/sentir lo último, el hipster del momento en todas sus versiones y variantes: ultra, mega, hiper, etc. Siempre hay un plus, algo de más, nada parece sencillo, normal, estandarizado. Vivimos avocados al suicidio de la diferencia que, aunque no quieras, estás obligado a buscar lo que te hace singular.

Miramos al nuevo milenio con la incertidumbre de lo no simple. Hoy la curva, lo recargado, el barroquismo y la confusión son los nuevos paradigmas simbólicos. Es difícil encontrar belleza en lo sencillo. Excepto en la propia tecnología, que es cada vez más reducida y portable. De esta manera se aprecia una doble paradoja: mientras los contenidos son cada vez más retorcidos, los contenedores son más funcionales y mínimos.

Llenar todo el espacio hasta que supure sus propios límites (como la banda ancha) y llegar a todos en el menor tiempo posible, así es Internet hoy y los espacios virtuales que lo habitan. Ande el pixel caliente y el ratón quemado.


(*1) ALBERICH, Jordi & ROIG, Antoni. Comunicación audiovisual digital. Nuevos medios, nuevos usos, nuevas formas (Coor). Eureca Media, S.L. Barcelona. 2005. Pág, 15.