martes, 23 de agosto de 2011

DE VUELTA AL LABERINTO: ESPAÑA Y LA CULTURA DEL BARROCO, UNA PROPUESTA DE MODERNIDAD AMPLIADA - Carlos Soldevilla Pérez (2)

4. Barroco y Neobarroco, las reflexiones teóricas

Este recorrido intelectual pretende hacer compatible la multiplicidad de sentidos, conceptos y valores que caracterizan a las teorías sobre el fenómeno neobarroco, con su articulación coherente, sistematizando la multiplicidad de perspectivas y facetas que presenta, dado que, en las últimas décadas hemos sido testigos de la formulación de diferentes puntos de vista haciendo énfasis en la crisis de la Modernidad, desde posiciones alineadas con el Postmodernismo, por muchos autores caracterizado también como «Neobarroco» (Calabresse, 1987; Bodei, 1993; Chiampi, 1994; Maffesoli, 2007); pues hay que tener en cuenta que la intensificación del interés por el Barroco coincide con el gran debate sobre la Postmodernidad.

El surgimiento del pensamiento neobarroco está relacionado con la sintomatología de un malestar en la cultura de una modernidad ciertamente incompleta e insatisfecha. De esta forma y, trazando un paralelismo epocal entre Barroco y Neobarroco, el Barroco se puede interpretar como una crítica al reducido modelo de racionalidad renacentista; mientras que el Neobarroco expresaría una indudable crítica a los efectos indeseados de la tardomodernidad. Si el proyecto moderno se mostró incapaz para integrar lo emotivo, lo diferente, en su modelo de racionalidad, entonces, retomar el Barroco, premoderno, preiluminista y preburgués, parece justamente una lógica operación para revertir esa Modernidad que en España y en América Latina jamás cuajó del todo (Chiampi, 1994 y 2000).

Por otro lado, y utilizando la hermenéutica freudiana, cabría caracterizar al Neobarroco como un retorno de lo reprimido (Barroco) por la Modernidad, al conectar con matrices fundacionales de nuestra conciencia histórica en las que jugaron un papel importante cuestiones sustantivas como: la necesidad del autoconocimiento para la propia salud mental y espiritual; el papel de los sueños como propedéutica para la comprensión profunda de la subjetividad; el uso de la alegoría como medio de acceso a la constitución fantasmática la personalidad; las técnicas y habilidades dramatúrgicas o representativas para la interacción social; la concesión a la emotividad como fuste decisivo de la personalidad y el entendimiento de la vida como estilo (Soldevilla, 2007), por citar las más significativas.

Espigando un poco la historia, advertimos que el Barroco, entendido como categoría estética y sociocultural, tras su momento de esplendor en el siglo XVII, fue denostado en los siglos posteriores. Su recuperación comienza en 1888, fecha de la publicación del conocido texto de H. Wölfflin Renacimiento y Barroco (1888), donde se interpretan ambos conceptos como modos de representación permanentes y alternativos en la historia del arte. Éste será el punto de partida de la teorización dorsiana sobre «lo barroco», aunque en ella no sólo estarán presentes las cuestiones estéticas, sino que, a la par, concurrirán criterios de oportunidad políticos y arquitectónicos empleados en ampliar y embellecer la ciudad de Barcelona. Pues, la ciudad condal a mediados del XIX no tenía nada de fastuosa.

Necesitaba, por tanto, una solución barroca que proporcionase una monumentabilidad espléndida, y que atisbó Fontseré para la Exposición Internacional de 1888, consolidándose en la de 1929, siendo Puig i Cadafalch el artífice del edificio de Montjuïc, en la definitiva concepción de la ciudad misma como monumento barroco. Había que componer mediante recursos barrocos (ornamentación plateresca y manuelina) buscando realce, fastuosidad y preciosismo. La ciudad neobarroca debía convertirse en una monumental máquina bien engrasada con espectáculos y propaganda constantes. Esto era lo más conveniente para el nacionalismo burgués y el desarrollo turístico y comercial de la capital.

Pero todo esto requería de una teoría que diese fundamento al giro barroquizante, y a ello se brindó Eugenio D´Ors en su obra Lo barroco (1922; publicada en 1935). Para D’Ors, «lo barroco» no fue un momento espiritual o artístico del pasado, sino una particular sensibilidad que atraviesa la historia, alternando momentos de intensa presencia con otros de reflujo. Así, para Xenius el Barroco es un eón, un estado de espíritu con desarrollo en el tiempo, que extiende su presencia en todas las épocas y en todos los lugares, contrastando su visión dinámica y naturalista con la racionalista propia del clasicismo, bien sea éste greco-romano o moderno-ilustrado. Por último destacar que, según D´Ors, por esencia, todo clasicismo es intelectualista, normativo y autoritario; mientras que todo barroquismo es dinámico y vitalista, incluso libertino, siendo el agente generador más natural de la cultura, aquél por cuyo medio ésta imita los procedimientos de lo natural, pues: «El Barroco contiene siempre en su esencia algo de rural, de pagano, de campesino». (D´Ors, 1935:82).

Por otro lado, Severo Sarduy, en sus textos sobre el Barroco (1974 y 1987), se abre hacia la figura que resume la nueva concepción del movimiento planetario: la elipse, de Kepler, que descompone la perfección circular de Copérnico. Desplazamiento excéntrico que se traduce en una ampliación de la realidad, y que el escritor cubano extiende a recursos lingüísticos (como la traslación de la metáfora a la metonimia), o a los perceptivos (con el paso de la perspectiva racionalista a la anamorfosis). Pues, para Sarduy, en la elipse (convertida en un auténtico emblema barroco) no hay identidad absoluta, sino contigüidad, dándose la parte por el todo e inscribiéndose en ella el lugar del vacío. Aunque, eso sí, un vacío fértil. Sobre estas bases Sarduy caracteriza el Barroco como un giro hacia el descentramiento, que opera históricamente en los momentos de cambio social. Por eso, hubo descentramiento geográfico de Europa al descubrirse América, que produjo, a su vez, un descentramiento antropológico, al descubrirse una nueva humanidad no prevista; como también hubo descentramiento religioso al surgir la Reforma protestante; así como descentramiento y vacío de la comunidad agraria, con el crecimiento de las ciudades, el comercio y la industrialización. Pero el Barroco, según Sarduy, es precisamente una respuesta fértil de la vida individual y colectiva a los costes de esos descentramientos y vacíos. De esta forma y, lejos de la interpretación melancólica del Barroco (De la Flor, 2007; Gambin, 2005; Bartra, 1998), Sarduy, siguiendo a D´Ors, lo interpreta como ontología de la fuerza, de la fecundidad y de la diferencia. Así, frente al racionalismo funcional y adaptativo de la Modernidad, el Neobarroco politeísta de Sarduy pone en valor la fuerza activa del imaginario neobarroco para parodiar y evaluar los constreñimientos de la racionalidad, y el crepúsculo de la temporalidad orientada y finalizada.

Por su parte, José Antonio Maravall (1979), pivotando sobre la teoría crítica de Adorno y Horkheimer, entiende el Barroco como una cultura de clase, como una industria cultural destinada a la manipulación social de las masas por parte del dogmatismo de la Contrarreforma y del absolutismo del Antiguo Régimen. La visión de Maravall interpreta la España del siglo XVII como una cultura dirigida, masiva, urbana y conservadora. En una sociedad de este tipo, la representación, el artificio y la novedad son valores dominantes que se trasladan al teatro, a las coreografías (los teatros, los escenarios públicos y los hilos de esplendor de sus tapices) y a las fiestas (cortesanas y/o populares) como eficaces recursos de propaganda y mistificación ideológica.

Sin embargo, esta visión tan determinista no agota la interpretación del Barroco. Pues, de acuerdo con Américo Castro (1986), lo específico del genio o alma española consiste en haber reinvertido el caos axiológico, la pobreza y el enfrentamiento estamental de la conflictiva edad barroca, en una reflexión, en una escritura y en un arte, que ve y enfrenta el mundo asimismo como caos, como fatalidad y desorden irreparable. Todo ello nos conduce, en línea también con las tesis de Fernando R. de la Flor (2002), a una cierta superación del modelo maravalliano, para entrever en el Barroco una suerte del más allá del principio del poder, dado que el Barroco hispano pone en acto una interpretación crítica, desengañada y desencantada del sentido de la vida, con el objetivo de capacitar al sujeto para que afronte las complejidades y desafíos de toda época convulsa; y que no puede subsumirse en la hermenéutica maravalliana de la dominación ideológica. Hermenéutica y propedéutica barroca que constituirá ulteriormente la médula de las críticas románticas y postmodernas a la Modernidad.

Otra significativa interpretación del Barroco es la efectuada por Gilles Deleuze, que con su obra El pliegue (1988) muestra un rasgo específico del Barroco que le conduce a percibir la materia como universo textil, curvilíneo compuesto de pliegues, repliegues y despliegues, en laberíntico movimiento, donde lo único que hay en común es la diferencia. No en balde, según Deleuze, como producto de este complejo espíritu emergerá la filosofía de Leibniz, la «Monadología» que inaugura, a su vez, el múltiple y diverso perspectivismo de las cosas. El mismo Deleuze nos aparece como pensador barroco, entre otras cosas porque desarrolla dos concepciones de la estética muy propias del Barroco: la «estética como teoría de la sensibilidad» (siempre en relación con la intensidad emotiva) y la «estética como clínica», esto es, como empresa de salud que libera el deseo creativo mientras traza líneas de resolución de los síntomas padecidos.

Christine Buci-Glucksman (1984 y 1986) se aproxima al Barroco acentuando una percepción basada en lo que define como «la locura de ver» (folie du voir), subrayando con ello la intensificación de la ilusión visual encaminada, no tanto a hacer hincapié en el «efecto de realidad », sino en captar los desafíos que plantea lo infinito y trascendente por medio de la fuga, el laberinto o la anamorfosis. Pues hay que tener en cuenta que el arte de la mirada barroca, según Jacques Lacan, tiene por objeto descubrir el alma a través de la manifestación que el cuerpo hace de su ausencia (Lacan, 1989: 140). «Locura de ver» que, según Buci-Gluksmann, consiste en buscar formas en las que se pueda comprobar la pérdida de integridad, globalidad y sistematización ordenada, a cambio de acentuar lo inestable, lo proteico y lo mudable; todo ello desafiante para la entidad logocéntrica que nos proporciona estabilidad y orden; algo singularmente provocador en la medida que confiere razón a lo que se ha estigmatizado como delirante o extraño. Perspectiva barroca que, en su «locura por ver», se convierte en reconocimiento y recepción privilegiada de la alteridad hasta ese momento considerada como anómala: lo corporal, lo femenino, la noche, el sueño, en fin de todos aquellos ámbitos excluidos por la razón.

Por su parte, en su sugerente obra La edad neobarroca (1987), Omar Calabrese plantea el concepto de neobarroco como dominante cultural de nuestra contemporaneidad, caracterizada a partir de una serie de rasgos entre los que destacan: lo azaroso, lo irregular, lo fragmentario, lo inestable y en permanente metamorfosis. Para Calabrese, como en D´Ors, el Neobarroco no consiste en una vuelta al Barroco, sino en una recurrencia transcultural y transmediática, un espíritu de época que se corresponde con un mundo en crisis, en el que el individuo ve destruirse el equilibrio entre razón y emociones, entre espíritu y materia, como también ve naufragar la posibilidad de pronunciarse con criterios ciertos sobre la verdad científica, el valor artístico o el ético-religioso.

Indeterminaciones que no son exclusivas de nuestro tiempo, sino que tuvieron como señero precedente la época barroca en la que se desarrolló una sustantiva crisis del humanismo renacentista, inaugurándose un pensamiento posthumanista, presente, entre otros, en Gracián, en Quevedo, en Mateo Alemán y en Robert Burton (autor de la Anatomía de la melancolía en 1621). Pero indudablemente hoy, con la eclosión de los problemas y desajustes en las sociedades de la crisis de la Modernidad, también estamos conociendo un nuevo poshumanismo, concepto este último que, con su postulado cyborg (híbrido entre lo humano y lo cibernético), señala una quiebra fundamental en la comprensión que el individuo occidental hasta ahora había tenido de sí mismo. Así cabe interpretar la obra de Donna Haraway El manifiesto para cyborgs (1985 y 1991), en la que se observan nítidamente las relaciones existentes entre el Neobarroco y ciberciencia, en un momento cultural en el que despunta el concepto de hibridación puesto en circulación por la investigadora norteamericana. Haraway se propone superar los conflictos entre géneros a través del andrógino humano-mecánico denominado cyborg (poshumano), sujeto-ficción del futuro que recuerda lo que en él queda de naturaleza sólo como una marca evanescente de su pasado remoto.

La aproximación de Jean Baudrillard confluye con la idea de la representación barroca y sus implícitos: el simulacro y el disimulo. El sociólogo francés, apropiándose de estas nociones propias del Barroco, interpreta la sociedad de consumo dividida entre mundo simulado y un mundo real. En sintonía con la teoría de Maravall, su perspectiva es pesimista, pues considera a la cultura del consumo contemporánea dominada por una oferta que, por medio del marketing y la publicidad, consigue no sólo determinar los comportamientos de consumo, sino además constituir los estilos de vida de los consumidores (Baudrillard, 1970 y 1978). Sin embargo, y a pesar de esta caracterización en extremo determinista, Baudrillard provee de referencias importantes para la perspectiva neobarroca, en concreto porque aporta una teoría del valor mucho más matizada que las existentes, ccomprensiva de distintas fases que culminan en la teoría del valor fractal tan querida por los teóricos del Neobarroco. Así, las etapas del valor se corresponderían con una natural del «valor de uso», otra mercantil del «valor de cambio», una tercera estructural del «valor signo» y, por último, una «fase fractal» en la que el valor no se corresponde con ningún referente, pues el valor es dispersión, repetición y vuelta a lo mismo. Fase «trans» propiamente neobarroca, pues no significa superación, ni desaparición del valor, sino diseminación del mismo, presente en fenómenos como: los transgénicos, la transexualidad, la transeconomía y la transpolítica (Baudrillard, 1991).

En sintonía con Baudrillard, Michel Maffesoli, con el objetivo de dar a conocer las condiciones socioculturales que definen el periodo que vivimos actualmente, desarrolla su esclarecedora teoría sobre la «barroquización del mundo» (Maffesoli, 2007), en donde afirma que nuestras sociedades se caracterizan por el hegemonismo de la «lógica fractal» de las cosas, que conforma un rico palimpsesto en donde se objetivan los lenguajes en los que se expresa y negocia la vida cotidiana. La mezcla, el mestizaje, lo híbrido, caracterizan crecientemente al mundo contemporáneo, experimentándose una fragmentación de la lógica de la identidad. Por ello, la barroquización acentúa el tema de la sinestesia. Concepto íntimamente ligado a las características barrocas, pues consiste en la correlación de elementos disímiles. Sin embargo, a diferencia del determinismo de Maravall y de Baudrillard, Maffesoli es un pensador optimista respecto al presente y al futuro, pues ve que, gracias a la incorporación de esa «lógica fractal», los actores y grupos sociales pueden ir consiguiendo una emancipación del totalitarismo de la razón instrumental, incoándose así una mejor articulación entre la dimensión cognitiva y la razón sensible (herencia del Barroco), una razón no separada de la vivencia ni de la emoción, que indudablemente puede reforzar la deteriorada cohesión social incentivando los sentimientos colectivos hacia la pertenencia. Esta efervescencia colectiva neobarroca está representada, según Maffesoli, por el auge de la cultura popular y en el reverdecer del orden mitológico-comunitario en diferentes fenómenos: incremento de diversos estilos de vida y del tribalismo juvenil, el retorno al comunitarismo rural y una mayor sensibilidad hacia las tradiciones vernáculas.

La sociología de Zygmunt Bauman parte de criticar la antropología moderno-cartesiana, basada en la idea de control y dominación, para dar el visto bueno a la imagen del ser humano propia de las mitologías post-cartesianas, que comienzan con la barroca. Aunque la cultura barroca proyecta en su antropología la idea del ser humano como criatura angustiada, éste, sin embargo, no renuncia a la búsqueda de relaciones sociales, así como su satisfacción personal a través de nuevas formas de intimidad y de experiencia personal directa. De este modo, según Bauman (1992), las éticas barrocas anteceden a las postmodernas, con su énfasis en la fragilidad y en la vulnerabilidad de los seres humanos, pero también mostrando su sincera avidez por ser libres, comunitarios y sin renunciar a la felicidad. Y es que el Barroco constituye un movimiento intelectual que tiene su origen en una visión del mundo donde las formas del ser, a costa de metamorfosearse continuamente, se han hecho fluidas. No es casual que, en la actualización neobarroca de esta fluidez, la voz de Lezama Lima nos recuerde que: «la tierra es clásica y el mar es barroco» (1992:71). Constelaciones barrocas plenas de formas mudables, poseedoras de un sustrato social y cultural en perpetua y fluida modificación. Visión del mundo y concepción de un sustrato móvil y acuático regido por la idea de ausencia de centralidad, de estabilidad, de certeza, propia del Barroco, que enlaza con la teoría de la modernidad líquida de Bauman (2000), en la que se describen nuestras sociedades tardomodernas a través de los flujos activos y vertiginosamente cambiantes.

Mundo neobarroco de la Modernidad líquida, que ha sucedido al mundo clásico y sólido del progreso industrial, cuya mega máquina económica al deslocalizarse y hacerse móvil se ha convertido en un conjunto de corrientes socioculturales de vida acuosas, rápidas y también peligrosas. Así, según Bauman, mientras la Modernidad sólida se apoyaba en una «ética del trabajo» diseñada ideológicamente para estabilizar a las gentes en las fábricas, se ha pasado a una sociedad de Modernidad líquida que se caracteriza por el énfasis en la «estética del consumo», regulada no tanto por el principio del esfuerzo, sino por el principio de placer de los consumidores, por un deseo insaturable e inmediato que no admite demora. Modernidad líquida, en la que el modelo de supervivencia actualiza el no menos barroco párrafo de la novela Lord Jim de Joseph Conrad:

«El hombre que nace cae en un sueño similar al del hombre que cae al mar. Si intenta subir a la superficie en busca de aire se ahoga. Lo que hay que hacer es rendirse al elemento destructor y, ayudándose en el agua de las manos y de los pies, dejar que sea el océano, el profundo océano, lo que te eleve a la superficie» (Conrad, 1900).

Para terminar esta revisión teórica y, como muestra de la irradiación que la reflexión neobarroca ha tenido en nuestro país, nos detendremos brevemente en las aportaciones de José María González García y Antonio Escohotado; y que, en nuestra opinión, reflejan paradigmáticamente el enriquecimiento interdisciplinar del aliento barroco y su significación para nuestro conocimiento y reflexión.

José María González García viene acometiendo en diferentes obras la cuestión del Barroco. Baste destacar aquí sólo dos. En la primera, Metáforas de la subjetividad (2001), aborda la fundamental distinción epistemológica entre una sabiduría propia del Barroco que opera a través de metáforas (estructuras de comprensión que ayudan a captar figurada e imaginativamente aspectos del mundo) y otra vía cognoscitiva, esta vez moderna, cuyo instrumento privilegiado es el concepto (representación general y abstracta de las cosas); a continuación, presenta el tema central de su investigación: la cuestión de la identidad barroca, mostrando que, frente al ego sólido, estable y autónomo de la Modernidad, la metáfora central de la identidad barroca es la complejidad del yo.

De este modo y, partiendo de la tesis orteguiana de que la identidad es siempre una narración de las relaciones del yo con su circunstancia social, González García recorre la pregunta por la identidad en Calderón, en Gracián, en Saavedra Fajardo, mostrándonos las diferentes estrategias que ensamblan la compleja identidad barroca, a saber: la vida como «camino»; el «laberinto» que representa la enigmática y compleja sociabilidad con la que el yo tiene que contar para labrarse su identidad; el «baluarte», o el refugio que tiene que fraguar el yo para defenderse y galvanizar posiciones en épocas de crisis; el «espejo» como objeto propicio y revelador para el autoconocimiento; la «calavera» como emblema destinado a combatir el personalismo; el «teatro» o la capacitación dramatúrgica (habilidades y tecnologías del yo de las que Erving Goffman y Michel Foucault serán sus más devotos herederos) que requiere el yo para salir airoso de los requerimientos de la interacción social; y, por ultimo, el «libro» como iniciación en el conocimiento e ilustración para resolver el difícil desafío de la vida cortesana.

Posteriormente, en su obra La diosa Fortuna (2006), González García analiza la historia de la diosa Fortuna y su representación en el Renacimiento y el Barroco, para pasar finalmente a la época contemporánea, donde estudia la significación de todo lo relacionado con los conceptos de suerte, destino, riesgo y azar. Según nuestro autor, la diosa Fortuna ha sido concebida tradicionalmente como una personificación de aquellos elementos de la vida humana que no podemos manejar, que están en manos del azar, pues ciertas dimensiones de la vida tienen un componente azaroso, difícilmente controlable de manera racional, desde la propia constitución genética de nuestro cuerpo hasta el éxito, la riqueza y el amor.

En la reconstrucción histórica, González García nos muestra el sentido y las condiciones de la adaptación al marco cristiano del tema pagano de la Rueda de la Fortuna, generador de nuevas metáforas, como la del baile de la vida o la del barco que sortea los escollos de una mar embravecida. Sin embargo esta veneración por la diosa Fortuna dura hasta finales del Barroco, pues la Ilustración se inaugura con un desafío frente a ella, en un intento de domar el azar a través de la razón. Pero, como acredita el autor, este retorno de lo «azaroso» reprimido por la Modernidad ilustrada, emerge con vehemencia en los actuales tiempos neobarrocos por medio del incremento cada vez más frecuente de la experiencia del riesgo. De ahí, que la caracterización «sociedades de riesgo» sea un perfecto indicador de que estamos en un momento sociocultural neobarroco, esto es, muy sensible a las influencias de la diosa Fortuna.

Por su parte, en su obra Caos y orden (1999), Antonio Escohotado desarrolla una de las operaciones más interesantes del Neobarroco, y que consiste en intentar explicar la cultura neobarroca a partir de «la dimensión fractal» (abordada inicialmente por Baudrillard, Calabrese y Maffesoli). Los objetos fractales son aquéllos que poseen una forma irregular que impide que pueda describírseles o medírseles con exactitud mediante la geometría tradicional, pues ésta opera con entidades puras (círculo, cuadrado, triángulo, etcétera). Eschotado nos muestra que para configurar cartografías que pudiesen captar y datar las morfologías irregulares, móviles y polimorfas fue necesario elaborar una geometría especial, la fractal que, a su vez, da origen a una dimensión particular, la cual informa, hoy en día, estudios en ramas del conocimiento tan distintas como la botánica, la anatomía o las matemáticas.

Desde un análisis que rompe con la estricta demarcación entre ciencias sociales y naturales, Escohotado describe con claridad como la cultura de nuestro tiempo obedece a modelos fractales, que expresan lo azaroso, lo irregular, lo fragmentario y lo proteico, características todas ellas barrocas. En definitiva, Caos y orden nos habla del giro científico hacia la fractalidad y, con ella, la percepción de una geometría reticular, es decir, con estructura de red, como el sistema nervioso. Esa unidad en red no es contrapuesta al individuo, sino que, precisamente porque reconoce la autonomía de las partes, cultiva la diferencia. En consecuencia, lo fractal articula las diferencias en un orden complejo en donde se maximiza la libertad. De esta forma, abordada la fractalidad y comprendido el caos, la nueva ciencia neobarroca se convierte en el aliado más revelador de la libertad y de la autonomía individual.

Pasemos ahora a detenernos brevemente en dos fenómenos: cuerpo y arquitectura, que reflejan la difusión del movimiento barroco en la memoria y creatividad de distintos productores simbólicos con participación y responsabilidad en la constitución del imaginario colectivo neobarroco.

DE VUELTA AL LABERINTO: ESPAÑA Y LA CULTURA DEL BARROCO, UNA PROPUESTA DE MODERNIDAD AMPLIADA - Carlos Soldevilla Pérez (3)

5. Lenguajes barrocos del cuerpo

Recordemos que Barroco y Neobarroco son movimientos que piensan y perciben el mundo de una forma «encarnada», con curvas, pliegues, texturas y espesores. Tanto a uno como a otro, la idea de un mundo descorporeizado, sin erotismo, unidimensional, sin relieves ni profundidades les parece absurda. Esta herencia de la sustantividad corpórea presente tanto en el Barroco como en el Neobarroco hace que el cuerpo deje de ser un mero soporte natural y biológico, para convertirse en un complejo entramado simbólico, en el que se ponen en juego valores, normas y conductas sociales tan importantes como la definición de la identidad, la regulación de las conductas, la intersección de lo público y lo privado, la constitución de las diferencias entre género-sexos o la determinación de la orientación y práctica sexual.

Durante el Barroco la utilización del cuerpo, con múltiples imágenes, narrativas y referencias, es total. El cuerpo es a la vez templo del Espíritu Santo y cárcel del alma, representándose en la imaginería religiosa con extremado realismo, en pro de la optimización de los estados de conciencia, así como de la identificación del fiel con la imagen de un alter espiritual. De ahí que tenga que transubstanciarse, convirtiendo su ser, a través de la carne, la sangre y las heridas, en un Otro que tiene comunicación con la divinidad, como nos ha dejado escrito Teresa de Jesús en el Libro de la vida (1562).

El cuerpo, por tanto, se hace escenario, soporte y materia de las más sustantivas operaciones: ayunos, mortificaciones y flagelaciones en diversos modos de penitencia, arrobo y éxtasis. Los místicos supliciarán el cuerpo para elevar el alma hasta Dios, para escuchar así mejor la emergencia del espíritu, que no deja de ser sino un rumor de la materia, a la que hay que dejar espacio pues de ella dependen las expectativas en ciernes de la ascendente vida espiritual. Los pícaros, por su lado, utilizarán el cuerpo como refugio y bastión frente a la aspereza de la calle y la crudeza de la vida. Pero el cuerpo en unos y otros no deja de ser el vehículo necesario e insoslayable para que el yo se comunique con la atalaya del espíritu y/o con el piélago de la farragosa cotidianidad.

En el siglo XX, con el fin de la austeridad de la posguerra y el distanciamiento de la pobreza mediante el acceso a la producción y al consumo generalizado en los sesenta, socialmente comienza a percibirse el cuerpo como un escaparate en el que se reflejan cuestiones personales y también las prioridades e intereses de los distintos grupos sociales. Movimientos sociales como el «existencialista», el beat, el hippie, el punk y el afterpunk hacen del cuerpo el mejor cartel de sus propuestas, convirtiendo aquél en un auténtico espacio escénico en donde se desarrollan acciones y representaciones que mucho tienen que ver con la constitución social de la subjetividad contemporánea en las últimas décadas del siglo XX y comienzos del siglo XXI.

Y es que, el cuerpo, en tanto realidad material definida dentro de un contexto social específico, conforma el nexo privilegiado de las relaciones entre el yo y la sociedad, entre lo real y lo imaginario; es decir, se ha de comprender como una construcción simbólica, que depende tanto del grado de libertad y conciencia individual como de los modelos de género y los cánones de morfotipo corporal impuestos social y culturalmente.

En la actualidad resuenan ecos desde la ciencia, con la investigación sobre las células madre, la clonación, los implantes-trasplantes, la sexualidad elegida y las alteraciones de todo tipo, que abocan plantear la corporalidad desde múltiples puntos de vista. Nuestros cuerpos, lejos de acercarse a la perfección, y por estar precisamente en el ojo del huracán de una nueva visibilidad, controlados desde el interior (por nuestras pulsiones) y por el exterior (los modelos canónicos del cuerpo estándar), se convierten en ámbitos en constante cambio, en permanente crisis y metamorfosis. Una consecuencia de esta mutabilidad corporal es que la identidad deviene polimorfa en un mundo tecnológico que nos aboca a incorporar progresivamente gran cantidad de implantes artificiales, estando constituidos cada vez por una mayor virtualidad proteica; prótesis que marcan nuevas pautas de comportamiento tras o im-políticos (Esposito, 2006). Quizás todo ello surge como reacción a nuestra inserción en un mundo deslumbrado por las nuevas tecnologías, donde cobran crecientemente actualidad los trastornos alimentarios (bulimia y anorexia), y la auto y heteroevaluación en base a criterios de éxito-fracaso refrendados socialmente. De esta forma, cabe resumir que el deseo y el cuerpo regresan del ostracismo impuesto por el cientificismo cartesiano, para reverdecer en su caracterización barroca y neobarroca, que hacen que el cuerpo esté cada vez más presente en el pensamiento, en las ciencias sociales y en el arte.

Aprovechando el citado restablecimiento barroco de lo corporal, la sociología del cuerpo se ha convertido un relevante campo de investigación (Soldevilla, 2001), mientras que, el cuerpo, lejos de su conversión en una mera res extensa, soporte material de los recursos cognitivos, deviene en un relevante objeto simbólico, social y político en el que lógicamente actúan las relaciones de poder y de resistencia. De ahí que las reflexiones en torno al cuerpo en las ciencias sociales contemporáneas posean también un indudable sesgo barroco, expreso incluso en las carátulas de las publicaciones. Por poner un ejemplo, B. S. Turner, en su segunda edición de The Body and Society (1996) elige como carátula para la portada del libro el cuadro de Rembrandt Buey desollado.

Pero no sólo la teoría es sensible a esta eclosión de lo corporal en la vida social y cultural. Dentro del ámbito de la sociología del arte y de la cultura, propongo que pasemos a continuación a ver algunos ejemplos en los que se recogen distintas temáticas individuales, sociales y culturales expresas a través del abordaje de su encarnación corporal. Obras en las que, al acentuar más visceral o epidérmicamente sus propuestas, éstas se vuelven más icónicas, más visibles, confirmando así su voluntad de sintonía con la pulsión escópica, tan característica de los periodos barrocos y neobarrocos. Por eso, coincidimos con Ch. Buci-Glucksmann en que artistas como Orlán se convierten en un referente obligado del Triunfo del barroco (2000), destacando también de manera significativa Cindy Sherman en el campo de la fotografía. En estos trabajos se manifiesta lo que, desde Freud, se conoce como «el retorno de lo reprimido», apareciendo en múltiples metamorfosis en Orlan y Sherman, y que no es otra cosa que el cuerpo femenino en su condición de autorrepresentación polisémica, rebelde ante los estatutos establecidos y sobre todo, consciente del goce como trasunto relevante para la personalidad individual y colectiva.

También Matthew Barney, en su exploración sobre los límites y posibilidades físico-corporales, desarrolla un decidido aliento neobarroco interesado en representar las metamorfosis anatómicas, las hibridaciones, la propensión a la androginia y a la ambigüedad. Véase, por ejemplo, su obra: Cremaster 5: her Giant (1997), en la que nos muestra el nuevo Dionisos arborescente, auténtica divinidad enraizada y que se ha convertido en un verdadero emblema estético neobarroco.

En nuestro país, esta actualidad del cuerpo como concluyente espacio encarnado de las relaciones entre personalidad, cultura y sociedad, tan influida por el Barroco y Neobarroco, ha tenido gran auge. Así, cabe destacar, entre otras, las sugestivas propuestas de Bernardí Roig, David Nebreda, Víctor Manuel Gracia y Enrique Marty.

Bernardí Roig, apoyándose claramente en la voluntad escópica del Barroco, nos habla de las mutaciones de la identidad actual, interpelándonos en sus trabajos sobre sus deseos y sus emociones. Roig considera el hecho simbólico de la mirada como la mejor certeza para captar los avatares de la subjetividad epocal. En su obra incorpora el blanco como un constante elemento que sugiere la crisis de la tardomodernidad en términos de un marco caracterizado por el vaciamiento de valores, la ausencia de certezas y la crisis por las mutaciones permanentes, hechos que generan la contemporánea sensación de horror vacui. Según Roig, la realidad del individuo parece haberse convertido en una atmósfera barroca, perteneciente más a la nebulosa del sueño y al piélago de lo inconsciente, en la que, paradójicamente, se ama más lo que perturba y lo que obsesiona.

David Nebreda representa la actualización neobarroca por la vía de la trasgresión ascética y el aislamiento creativo para así estimular la intensificación de la lucidez, siempre próxima, según este autor, al delgado contacto con la muerte. El Neobarroco de Nebreda, por tanto, ambiciona captar las cosas complejas y enigmáticas (la identidad, el deseo, las pulsiones), utilizando para ello la barroca vía de la «experiencia interior» como forma de acceso a algunos umbrales límite que posibilitan el conocimiento de dicha esencia: la sexualidad, la soledad y el aislamiento. En su obra, el cuerpo representa a un ente en tránsito, herido y seccionado en fragmentos, sometido al dolor de toda metamorfosis y, finalmente, susceptible a la falibilidad y a la muerte, en un intento de mostrar su fragilidad, y también los límites de su resistencia. El componente religioso hace su aparición a través de fenómenos mitológicos como el sacrificio, la muerte y la resurrección, plasmando con ello la encarnadura de los temores, obsesiones y aspiraciones más ocultos de la mente humana. En las obras que presentamos Nebreda aborda el autorretrato como memoria que asemeja un ecce homo. También aparece la temática del autoconocimiento a través del espejo, esto es, por medio de la mirada del hombre hacia sí mismo. Ambos motivos característicos de la más excelente producción barroca.

Por otro lado, Víctor Manuel Gracia desarrolla una obra en la que la dualidad de lo carnal y lo espiritual es una constante, a la vez que sus formas plantean la idea de cambio, de transformación e inestabilidad, acentuando las imágenes de género de la cultura religiosa vernácula, tal vez por que el creciente proceso de Globalización en el que nos encontramos esté borrando identidades y signos culturales, disolviendo diferencias y hay que reforzar lo más propio y cercano. La teatralidad, los contrastes de luces y sombras, junto con la voluptuosidad de los cuerpos remiten, en la obra de Gracia, a la exhuberancia del Neobarroco, en un estudio que actualiza la tradición de las formas religiosas españolas; y en el que se constata la presencia absoluta del cuerpo vinculado a un marco teatral, sensual y tenebrista, inclinado hacia la presencia de los cuerpos de mujer, contraponiéndose a la ausencia del cuerpo femenino de la imaginería religiosa habitual.

Enrique Marty pretende retratar el actual drama de nuestra cultura escorada hacia el narcisismo, representando sus síndromes más inquietantes, a modo de escenografías que, en sus manos, adquieren un carácter abigarrado, grotesco y monstruoso. Trata de perturbar al espectador con el estilo irónico con que capta y refleja las cada vez más habituales metamorfosis del yo contemporáneo hacia el personalismo y la perversión. Su obra aborda la representación de lo cotidiano de nuestras vidas y hogares normalizados, por medio de su revés más recóndito: lo sórdido y lo siniestro, para indicarnos que ese es el lugar que hay que reconocer y gestionar: un terrero impuro carcomido por nuestras obsesiones, en el que no es difícil perderse por sendas ciertamente retorcidas. Vemos, pues, que en la obra de Marty cobra actualidad lo grotesco-barroco, y que se puede explicar como una reacción contra los elementos del clasicismo que caracterizaban la confianza del yo en los periodos renacentista e iluminista. Una auténtica reacción contra la ingenua antropología clásico-moderna de un anthropos optimista, racionalista, cuerdo y satisfecho, para reivindicar el inevitable lado de sombra de nuestra naturaleza humana, o lo que es lo mismo, la conflictiva dualidad antropológica entre la ratio socialis y la primigenia natura del hombre, no exenta de obsesiones y/o perversiones. La obra de Marty hace actual la célebre e inquietante tesis del «arte radical» de Th. W. Adorno:

«Para poder subsistir en medio de una realidad extremadamente tenebrosa, las obras de arte que no quieran venderse a sí mismas como fáciles consuelos, tienen que igualarse a esa realidad. Arte radical es hoy lo mismo que arte tenebroso, arte cuyo color fundamental es el negro» (Adorno, 1986:60).

Valga hasta aquí esta sucinta presentación de artistas que en sus obras han recogido la temática Barroco y Neobarroco de las relaciones entre corporalidad, cultura y sociedad. Todo ello porque la representación del cuerpo permite la búsqueda de una identidad personal que puede devenir colectiva en cualquier momento (cuerpo como representación del grupo, la comunidad, la tribu, el género, o la nación). En suma, cuerpo como metáfora del territorio, identidad y complejidad de la existencia humana en una época en que somos conscientes del desfondamiento de las fronteras y en unos momentos en la que la Globalización nos aproxima y distancia cada vez más. Hasta aquí algunas de las propuestas con las que el Barroco y Neobarroco plasman sus percepciones y obras sobre un mundo «encarnado». Recordemos que, para ambos, la idea de un mundo descorporeizado, sin erotismo, carecía de sentido.

6. La arquitectura barroca y neobarroca

Los primeros grandes flujos migratorios (la gran transformación productiva del campo a la ciudad, y desde Europa al Nuevo Mundo) hacen que en el Barroco sea cuando por vez primera se abandone el antiguo concepto de ciudad para afrontar las metrópolis como grandes conglomerados humanos y arquitectónicos, complejos y polimórficos, que evolucionan y funcionan en coherencia consigo mismos y sus propias escalas, escapando del corsé de cualquier parámetro regulador. Es también en el barroco novohispano de América donde los artistas coloniales mezclan, con sutileza, la perspectiva espiritual de Europa con la vitalidad de la América precolombina. Y así emergerá el significado –aún actual– de la arquitectura barroca.

En consecuencia, una de las categorías básicas del Barroco y Neobarroco es la de «espacialidad»; pero más allá de la lógica racionalista, funcional y proporcionada de la arquitectura moderna, responde a una lógica que constituye los espacios a la manera de escenarios densos, volúmenes fastuosos y atestados de toda suerte de citas y emblemas. Son espacios eufóricos de intensidades, con conjunciones heteróclitas y superficies refulgentes donde los estilemas barrocos resplandecen en una mezcolanza de estratos y series que no alcanzan completa unificación.

Pues, mientras en el Renacimiento la concepción del espacio es único y finito, en el Barroco el espacio pasa a ser heterogéneo, artificioso y, rechazando todo orden cerrado, sus figuras tienden hacia la desestabilización, al retorcimiento, con columnas torcidas a celebran el movimiento sin fin de la vida, resaltando que se vive en un mundo en crisis, que no es estable y no está organizado, y que la existencia es disarmónica. Por ello, desde la arquitectura se requiere un nuevo discurso del yo, que afronte y resuelva esta convulsa sociedad y cultura, dado que la realidad ha abandonado los ideales (en Cervantes) o ha optado por el diletantismo moral (en Shakespeare). Por eso, mientras el espacio renacentista crea las condiciones del yo como identidad estable, racional y progresiva, el espacio del Barroco, por contra, suspende los atributos unitarios, racionales y progresivos del yo, bien a favor de la fuerza y voluptuosidad, o bien a favor del distanciamiento melancólico.

El hecho de encontrarnos hoy en una época neobarroca posibilita volver a pensar el espacio postrenacentista, como por ejemplo el nuestro, donde se refleja la experiencia convulsa de las sociedades en movimiento a través de diversas caracterizaciones: la hibridación de dimensiones, la nervadura de un paisaje, la distinta significación de los planos, alturas y hondonadas, y donde lo rizomático se convierte en el entrecruzamiento entre unas y otras dimensiones. Un particular ejemplo de este neobarroco arquitectónico lo encontramos en el edificio recién inaugurado de Caixaforum Madrid, obra de los arquitectos Jacques Herzog y Pierre Meuron, y que cuenta con un original jardín vertical del francés Patrick Blanc.

Esta arquitectura trata de articular un tríptico barroco compuesto por la piel, la naturaleza vegetal y la piedra, convirtiéndose en un ejemplo postfordista de la transformación de una fábrica (la antigua Central Eléctrica de Mediodía, ejemplo de la arquitectura industrial del XIX) en museo. Todo ello posibilita que el edificio parezca levitar sobre el plano del suelo, visualizando el gran sueño del barroco: vencer a la gravedad. Y es que, como bien ha acreditado Richard Sennet en su obra Carne y piedra (1986), en las piedras siempre hay una lección, que nos hace recordar una constante dualidad arquitectónica, esto es, que ha habido un diseño clásico con edificios racionales y funcionales y otro barroco, saturado de escorzos, múltiples planos y efectos de luz; revestido, además, de algún emblema que, por antonomasia, representa la figura-insignia de la esfinge. Pues, la esfinge expresa una temática indudablemente barroca: la hibridación entre el anthropos y el animal convertida en figura desafiante, para que no se olvide el misterio que suscita la ciudad como sorprendente y extraordinaria trabazón de la carne con la piedra, ella misma hecha monumento de civilización.

Entre nosotros, ha sido José Miguel Marinas quien ha rehabilitado esta relación neobarroca de La ciudad y la esfinge (2003), donde defiende el potencial hermenéutico del poderoso e inquietante emblema de la arquitectura barroca, que invita a la reflexión sobre la articulación de lo más natural (biológico) con lo más cultural (el edificio o monumento); o lo que es lo mismo, de lo más íntimo (lo instintual, las pulsiones) con lo más éxtimo (la ciudad y los modelos políticos de ciudadanía). De ahí que, el recurso a la esfinge, que no en balde Freud incorpora de manera crucial a su nosología analítica, siga siendo, en la actualidad, una significativa alegoría de la pregunta sobre el yo, así como de la ética pública (valores y normas ciudadanos), ya que la esfinge es el emblema jánico que, en su desafío a todo aquél que se aproxima a la civitas, recoge en su enigma la difícil y compleja articulación entre el componente pulsional del individuo y el civilizatorio de la ciudad. Recordándonos que la ciudad responde a necesidades humanas más arcaicas y a impulsos sociales inquebrantables, mucho antes de convertirse en propiedad privada o en instrumento de uso y poder. Actualidad barroca y neobarroca de la esfinge que, como nos recuerda Miguel de Unamuno, declina cuando la Modernidad tecno-científica decide suplantar la vieja sabiduría, y cuando el culto al frenesí de la vida desplaza la necesaria atención y cuidado de la muerte. Momento en que se ciega la experiencia más trascendental del sujeto humano: la que concierne al sentido de su vida y su experiencia del fin (Unamuno, 1966).

Volviendo al Barroco arquitectónico, cabe decir, haciendo un poco de historia, que el espacio barroco supone la inevitabilidad de las transformaciones y de las hibridaciones necesarias para el acomodo de esos grandes descriptores antedichos (naturaleza y cultura) en lo que es su empresa arquitectónica, en pugna con la arquitectura clásico-moderna, donde espacios y edificaciones poseen una manufactura homogénea y funcional (tan presente en los grandes edificios oficiales dedicados a la gestión). Diseño arquitectural clásico que comenzó con el perspectivismo renacentista y que tuvo como objetivo imponer patrones regulares, círculos concéntricos o ejes radiales, a los más casuales asentamientos humanos preexistentes. Durante la época de la Ilustración, los arquitectos utópicos trazaron esquemas para construir ciudades rigurosamente geométricas que nunca se hicieron realidad. Sólo en el siglo XIX, con el París de Haussmann y las cuadrículas de ciudades norteamericanas como New York y Philadelphia, el espacio urbano fue rehecho según los principios de la perspectiva. Finalmente, los proyectos del siglo XX de Le Corbusier o L. Hilberseimer representarían también las expresiones más puras del orden visual dominante de la modernidad. Sin embargo, ciudades como Delft y Ámsterdam representan urbes que prescindieron de la imposición de trazados regulares geométricos (perspectivismo o, al menos, idealismo renacentista), introduciéndonos en la ciudad barroca, donde los efectos de perspectiva concebida racionalmente de antemano están deliberadamente ausentes; las calles y canales ofrecen vistas informales; oponiéndose así al tipo de racionalidad visual asociada a la planificación. Ciudades laberinto como también Sevilla, Cádiz y Toledo, que no parecen encarnaciones visuales de un Estado disciplinador inclinado a controlar a sus ciudadanos mediante la vigilancia y el control, sino lugares apropiados donde comienza a emerger y residir una activa sociedad civil, la ciudad barroca, que llega a su pleno desarrollo en el siglo XVII con ejecutores como Gian Lorenzo Bernini y Francesco Borromini, quienes aprovechando el perspectivismo, procuraron explotar al máximo la racionalidad del urbanismo renacentista, pero trufándolo de hibridaciones y sofisticaciones que aplicaron a la ciudad real a gran escala: la Roma del siglo XVII. Modelo arquitectónico barroco de espacios fluidos, curvilíneos y grandiosos, que apela a la sensación (atmósfera), procede por seducción (apariencia) y dramatiza los efectos (sucesos representados, perfomances).

Por eso Michel Maffesoli escoge como modelo por excelencia de esta arquitectura barroca la romana Plaza Navona, cuya fuente simboliza por sí misma el más completo bestiario barroco (león, cocodrilo, armadillo), lo que significa también que, contrariamente a la tendencia al constreñimiento de las costumbres (como sucede en el Renacimiento), no hay nada que esconder ni reprimir del mundo natural, sino convivir con él, aún en sus aspectos más arcaicos. En este espacio privilegiado se nos brindan, de forma permanente, eventos más o menos espectaculares inducidos por la estructura misma de la plaza, donde se concita, a la par, el enigma y la profusión de encuentros a través del énfasis en la teatralidad de las interacciones. Esta dialéctica resume el Barroco, que se interesa más por la situación, por el momento, que por la linealidad temática de su propia historia resuelta. Y donde la «unidad» (o uniformidad) mecánica cede el sitio a la «unicidad» (pluralidad múltiple) de lo orgánico (Maffesoli, 2007:149).

En esta misma línea, y como muestra de la arquitectura neobarroca española, cabe destacar la obra de Ricardo Bofill, con formas urbanísticas en oposición a la arquitectura racionalista y uniforme. Entre sus muchas realizaciones pueden citarse El barrio Gaudí en Reus (Tarragona, 164-58), una agrupación de viviendas dedicadas al gran arquitecto Antoni Gaudí; Los Espacios de Abraxas (Marne-la-Vallée, 1978-1983) y Las Escalas del Barroco (París, Arrondissement 14, 1979-1986), donde las fachadas vítreas de los interiores de las viviendas conforman una enorme columnata dórica, rematada por un entablamento gigante de piezas prefabricadas en hormigón armado. En todas ellas, Bofill consigue unas obras que comulgan con un claro espíritu barroco de grandeur, irónico y desinhibido. Apunta Eugenio D´Ors que la:

«Tendencia a la unidad, exigencia de discontinuidad, caracterizarán a los repertorios de forma de expresión de un espíritu racionalista, de un espíritu clásico. Inversamente, el espíritu barroco se reconocerá en la adopción de esquemas multipolares de los que están excluidos esos dos imperativos de la razón» (D´Ors, 1935:87).

Esta contraposición tan excluyente, que tiene su origen en la revalorización del Neobarroco contemporáneo, puede servir de guía de interpretación de la obra de Santiago Calatrava, cuyos diseños se caracterizan por la volumetría multipolar, una predilección por la soberanía de las curvas y las sinuosidades como permanentes puntos de fuga, que se imponen a los parámetros racionalistas y funcionales del modernismo arquitectónico; todo ello desarrollando un lenguaje orgánico, muy deudor de la luz y el blanco que singulariza su genius loci mediterráneo. Destacamos, entre sus muchas realizaciones: El Museo de las Ciencias de Valencia; El puente del Alamillo y El viaducto de La Cartuja en Sevilla; La torre de telecomunicaciones en el Anillo Olímpico de Barcelona; y La nueva bodega de Ysios, en la Rioja Alavesa, en donde interviniendo en un espacio natural, trata de articular su estructura ctónica (enraizada) con la funcionalidad requerida por el negocio. Obras que pivotan sobre la vitalidad barroca, a la vez que sirven de referencia de interculturalidad (provenientes de Oriente, con los greco-romanos y góticos), que le lleva a insertar en sus obras referencias y motivos decorativos de los estilos históricos antedichos, trufando todo ello de una sensibilidad muy a fin al requerimiento de pompa y fasto por parte de la cultura popular de todos los tiempos.

DE VUELTA AL LABERINTO: ESPAÑA Y LA CULTURA DEL BARROCO, UNA PROPUESTA DE MODERNIDAD AMPLIADA - Carlos Soldevilla Pérez (4)

7. A modo de conclusión, Barroco y Neobarroco: hacia una Modernidad ampliada

El nuevo reverdecer que la imaginación barroca y su contrapartida actual neobarroca están comenzado a desplegar en la sociedad actual, surge como respuesta al hecho de que la modernización cultural ha roto con muchos espacios expresivos significativos como el arte, el mito y el ritual. Ruptura que ha ocasionado que estas cuestiones bien se descuiden o bien resurjan a través del trabajo reflexivo y rememorativo de las personas y de la sociedad civil en su conjunto. La ciudadanía, así, ha comenzado a vindicar su memoria y su imaginación y, frente a la fuerza glacial de los habitus funcionales requeridos por la Modernidad tardía, los más inquietos y creativos agentes sociales han ido forjando (en el artesanal taller de la vida cotidiana), nuevas prácticas sociales y nuevos estilos de vida. En consecuencia, el trabajo de imaginación barroco y neobarroco está posibilitando la recuperación del sentido estético, mítico y ritual propio de las culturas vernáculas, articulando dichos sentidos y significados primordiales con la asunción de los comportamientos funcionales propios de la Modernidad tardía.

Consecuentemente, la teoría de la actualidad del Barroco y Neobarroco que proponemos, con su énfasis en la capacidad de agencia de los sujetos y grupos sociales, la vigencia de las tradiciones culturales autóctonas y la recuperación de la memoria, entraña la empresa de reforzar las señas de identidad sociocultural propias en un momento en que nuestras sociedades se hallan faltas de certezas (normativas, axiológicas y conductuales). Por eso conviene ahora, a modo de conclusión, recapitular algunas características centrales de la reivindicación neobarroca del Barroco, dentro de nuestra propuesta de modernidad ampliada.

1. Una decidida apuesta a favor del tiempo lento rememorativo y reflexivo, junto con el cuidado de personas y la naturaleza: Existe consenso general en que el mundo de la tardomodernidad está inmerso en voraces procesos de producción, de consumo, de sobresaturación de imágenes e información, en el que los desarrollos ni siquiera tienen tiempo para culminar, fagocitándose unos a otros. Sin embargo, el Neobarroco nos sugiere que quizá sea el momento de ralentizar la marcha para pensar más detenidamente en el por qué, el para qué y el a dónde vamos. Pero, preguntarán ustedes, ¿cómo? Pues generando un tiempo y un espacio silencioso, cuidadoso (con uno mismo y con los semejantes), ecológico, respetuoso con todas las formas que, por ser finitas, apelan a lo sagrado. Espacio diferenciado de los «no lugares» descritos por Marc Augé (1996), así como del ruido y la vorágine exterior, lanzando una llamada a la resistencia contra la aceleración temporal, la reducción espacial que ésta conlleva y la sustitución de lo real por lo virtual que, en principio, no nos mejora y que fácilmente puede abocarnos a un sistema homogéneo, uniforme y totalizador por medio de la colonización técnica, publicitaria y consumista. No se propone la desconexión de lo que sucede, pero sí se recomienda un tempo lento, mientras se crean propuestas alternativas al relativismo y la confusión axiológica de la sociedad y cultura actual desde las tradiciones vernáculas.

2. La actualidad neobarroca de la estética de la existencia: Otra manifiesta inspiración barroca reside en la vindicación de una «estética de la existencia», promoviendo nuevas formas y maneras de extensión de lo estético a los modos de vida cotidianos de las gentes, incentivando con ello las tendencias a una estilización de la vida de personas y colectivos (Soldevilla, 1998; 2005a y 2005b). Esto significa el advenimiento de un anthropos aestheticus que desvela, en nuestras confusas sociedades, la complejidad de la vida personal y colectiva, lo que hace necesario apropiarse de los recursos estéticos para poder conformar un yo (que conozca y enriquezca sus propios límites y posibilidades), un cuerpo (que diseñe su morfología siendo reflexivo respecto a los imperativos de los cánones sociales vigentes) y una interacción social positiva (que cuente con las habilidades dramatúrgicas necesarias para resolver los desafíos de los distintos escenarios sociales de nuestra contemporaneidad). Pues quizá ahora más que nunca existen posibilidades para nuevas formas de autonomía creativa de los actores sociales, y también para configurar nuevas microculturas que constituyan los diferentes enclaves de estilos de vida, esto es, maneras de actuar provistas de sentido personal y dotadas de memoria, reflexividad y autonomía creativa. Estas facetas son incentivadas en la cultura neobarroca, por su decidido énfasis en la estetización de la vida cotidiana, así como en la configuración de los nuevos criterios de organización social, que posibiliten la reflexividad estética de actores y grupos para constituir sus modelos de sociabilidad en los diversos enclaves de estilos de vida.

3. Lo sublime barroco, que pone en valor la estética de la recepción popular: La vindicación de la estética de la existencia barroca está en sintonía con la producción masiva de imágenes y el predominio de una estética espectacular encaminada a estimular y asombrar al receptor, a excitarle por medio de lo sensual. Con ello se actualiza la cuestión de «lo sublime», como base de una sensibilidad estética que, como ya anticipara Edmund Burke (1757), postula que el dolor, el miedo, el peligro, el asombro y lo terrible, glosan vivamente el ámbito de lo sublime estético. Según Burke, todas esas sensaciones, precisamente por vincular simultáneamente placer y horror, contribuyen a proporcionar la experiencia de lo sublime. Concepción de lo sublime-barroco, que al ser y no practicar discriminación alguna, incentiva la «estética de la recepción popular», haciendo que en la comprensión de las obras intervenga activamente el público, en una recepción elaborada que matiza, reinterpreta y recrea las obras. El espectador termina así por completar la obra de arte con su comprensión, su interpretación, su reapropiación o, en su caso, su censura.

4. La actualización de la cultura popular: Las nuevas formas neobarrocas suponen un resurgir de formas, prácticas y experiencias ligadas a la tradiciones propias de la cultura popular y que reposan, desde sus orígenes barrocos, sobre la profusión de encuentros, el entretenimiento visual y la escenificación de la interacción social (Peter Burke, 1991). Así, espectáculos como el teatro, el circo, el vodevil, la pantomima, el melodrama, la farsa, los números de magia eran concebidos en el periodo barroco como fuente de placer visual intenso e instantáneo a través de imágenes y acciones destinadas a estimular, asombrar y maravillar al público. Dicha tradición popular se perpetúa hoy en otros géneros de entretenimiento popular basados en tecnologías ópticas como el cine, la televisión, el DVD, el vídeo, Internet, etc. De este modo, los géneros de la cultura visual digital constituyen actualmente un resurgimiento de lo espectacular en el seno de las formas de entretenimiento y de las diversiones populares. También por eso, en las más recientes formas culturales, la discursividad parece ir dejando paso a la cultura de la imagen (Buci-Glucksmann, 1984 y 1986; Jay, 2003). Y es que la intensificación de la pulsión escópica, la tendencia hacia la espectacularización, así como la preponderancia de lo icónico son rasgos de los productos y escenarios culturales neobarrocos. Entre otros, por ejemplo, la fascinación por los efectos especiales digitales, por el montaje y la copia, por el fragmento y los contenidos tecnológicos, han favorecido en amplias zonas del consumo cultural una imperante poética del asombro y la hiperexcitación. Nuevos espacios estéticos que no conviene desechar de un plumazo en nombre de los enfoques propios de la «alta cultura» (para la que la índole ornamental y sensual de las manifestaciones barrocas, sumada a su carácter masivo, es causa suficiente de condena y menosprecio), sino saber apreciar en ellos la reflexión y potencia creadora que conllevan y posibilitan.

5. Frente a la radicalización de la Modernidad el futuro primitivo del reverdecimiento de las tradiciones barroca y neobarroca: En el largo plazo podemos encontrar que la libertad cultural y la justicia sostenible en el mundo no presuponen la existencia de una radicalización de la modernidad, sino sensu contrario, el reverdecer de las tradiciones e identidades de antiguo abolengo barroco y neobarroco. Este es el futuro primitivo que deseamos. Esta sorprendente posibilidad puede ser el más excitante dividendo de vivir dentro de una Modernidad ampliada. Pues, el pensamiento barroco y neobarroco no es el refugio fácil de los pensadores críticos, sino una de las posibilidades de encontrar alguna luz sobre el presente y nuestra condición. Pero es hora de terminar y bueno es hacerlo con la feliz ocurrencia de D´Ors, cuando declara sentirse como yo me siento ahora: «un intelectual jornalero, dominicalmente enamorado del Barroco» (D´Ors, 1935:41).

http://www.fundacioncajamar.es/mediterraneo/revista/me1404.pdf

8. Bibliografía

• ADORNO, Theodor W. (1986): Teoría estética. Madrid, Taurus.

• AUGÉ, Marc (1996): Los no-lugares. Espacios del anonimato. Barcelona, Gedisa.

• BARTRA, Roger (1998): El Siglo de Oro de la melancolía. México, Universidad Iberoamericana.

• BAUDRILLARD, Jean (1970): La sociedad de consumo: sus mitos, sus estructuras. Barcelona, Plaza & Janés.

• BAUDRILLARD, Jean (1978): Cultura y simulacro. Barcelona, Kairós.

• BAUDRILLARD, Jean (1991): La trasparencia del mal. Ensayo sobre los fenómenos extremos. Barcelona, Anagrama.

• BAUMAN, Zygmunt (1992): Intimations of Postmodernity. Nueva York, Routledge.

• BAUMAN, Zygmunt y TESTER, Keith (1998): La ambivalencia de la modernidad y otras conversaciones. Barcelona, Paidós.

• BAUMAN, Zygmunt (2000): Modernidad líquida. Buenos Aires, FCE.

• BODEI, Remo (1993): Barroco y neobarroco. Madrid, A. Machado Libros.

• BUCI-GLUCKSMANN, Christine (1984): La raison baroque. De Baudelaire à Benjamin. París, Ed. Galilée.

• BUCI-GLUCKSMANN, Christine (1986): La folie du voir. De L´esthétique baroque. París, Éditions Galilée.

• BUCI-GLUCKSMANN, Christine (2000): Orlan: Triomphe Du Baroque. Marsella, Images en Manoeuvres Editions.

• BURKE, Edmund (1757): Indagación filosófica sobre el origen de las ideas acerca de lo sublime y de lo bello. Madrid, Alianza.

• BURKE, Peter (1991): La cultura popular en la Europa moderna temprana 1500-1800. Madrid, Alianza.

• CALABRESE, Omar (1987): La era neobarroca. Madrid, Cátedra.

• CARPENTIER, Alejo (1987): Concierto barroco. La Habana, Editorial Letras Cubanas.

• CASTRO, Américo (1986): De la edad conflictiva. Madrid, Taurus.

• CHIAMPI, Irlemar (1994): «La literatura neobarroca ante la crisis de lo moderno»; en Criterios (32); pp. 171-183.

• CHIAMPI, Irlemar (2000): Barroco y modernidad. México, FCE.

• CONRAD, Joseph (1900): Lord Jim. Barcelona, Ediciones B.

• DELEUZE, Guilles (1988): El pliegue: Leibniz y el barroco. Paidós.

• D´ORS, Eugenio (1935): Lo barroco. Madrid, Tecnos Alianza.

• ESCOHOTADO, Antonio (1999): Caos y orden. Madrid, Espasa Calpe.

• ESPOSITO, Roberto (2006): Categoría de lo impolítico. Buenos Aires, Katz.

• GAMBIN, Felice. (2005): Azabache. Il dibattitto sulla malincolia nella Spagna dei secoli d´Oro. Pisa, Edizioni ETS.

• GIDDENS, Anthony (1991): Modernidad e identidad del yo. Barcelona, Península.

• GONZÁLEZ GARCÍA, José María (2001): «Metáforas de la subjetividad»; en CRESPO, E. y SOLDEVILLA, C. (2001): La constitución social de la subjetividad. Madrid, Ediciones La Catarata.

• GONZÁLEZ GARCÍA, José María. (2006). La diosa Fortuna. Metamorfosis de una metáfora política. Madrid, Alianza.

• GRACIÁN, Baltasar (1993 [1647]): Oráculo manual y arte de la prudencia. OC. Vol. II. Madrid, Turner Libros.

• HARAWAY, Donna (1991): Simians, cyborgs and women. Londres, Free Association Books.

• HARAWAY, Donna (1995): «A manifiesto for Cybors: science, tecnology and socialist feminism in the 1985»; en su Ciencia, cyborgs y mujeres. Madrid, Cátedra.

• MARTIN, Jay (2003): Campos de fuerza, entre la historia intelectual y la crítica cultural. Buenos Aires, Paidós.

• LACAN, Jacques (1989): «Del Barroco»; en El seminario de Jacques Lacan. Libro 20.

Buenos Aires, Paidós.

• LEZAMA LIMA, José (1992): Imagen y posibilidad. La Habana, Editorial Letras Cubanas.

• MAFFESOLI, Michel (1997): Elogio de la razón sensible. Una visión intuitiva del mundo contemporáneo. Barcelona, Paidós.

• MAFFESOLI, Michel (2007): «La barroquización del mundo»; en su En el crisol de las apariencias. Para una ética de la estética. Madrid, Siglo XXI.

• MARAVALL, José Antonio (1979): La cultura del barroco. Barcelona, Ariel.

• MARINAS, José Miguel (2001): La fábula del bazar. Orígenes de la cultura del consumo. Madrid, La Balsa de la Medusa.

• MARINAS, José Miguel (2003): La ciudad y la esfinge. Madrid, Sígueme.

• MARINAS, José Miguel (2006): El síntoma comunitario: entre polis y mercado. Madrid, Antonio Machado Libros.

• PÉREZ-DÍAZ, Víctor (1997): La esfera pública y la sociedad civil. Madrid, Taurus.

• RODRÍGUEZ de la FLOR, Fernando (2002): Representación e ideología en el mundo hispánico. 1580-1680. Madrid, Cátedra.

• RODRÍGUEZ de la FLOR, Fernando. (2007): Era melancólica. Figura del imaginario barroco. Barcelona, José J. de Olañeta Editor.

• SARAMAGO, José (2001): La caverna. Madrid, Alfaguara.

• SARDUY, Severo (1974): Barroco. Buenos Aires, Editorial Suramericana.

• SARDUY, Severo (1987): Ensayos generales sobre el Barroco. Buenos Aires, FCE.

• SENNET, R. (1996): Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental. Madrid, Alianza.

• SOLDEVILLA PÉREZ, Luis Carlos (1998): Estilo de vida: hacia una teoría psicosocial de la acción. Madrid, Editorial Entihema.

• SOLDEVILLA PÉREZ, Luis Carlos (2001): «Hacia una sociología del cuerpo: una revisión analítica»; en RODRÍGUEZ CAAMAÑO, M., ed.: Temas de sociología. II. Madrid, Editorial Huergo & Fierro.

• SOLDEVILLA PÉREZ, Luis Carlos (2005): «El concepto de estilo de vida en las Ciencias Sociales»; en MARINAS, J. M., ed.: Ética del espejo: Investigaciones sobre estilos de vida. Madrid, Síntesis.

• SOLDEVILLA PÉREZ, Luis Carlos (2007): «El trasfondo barroco del psicoanálisis»; en Arbor (CLXXXIII, 723).

• SONTAG, Susan (1981): Sobre la fotografía. Madrid, Edhasa.

• UNAMUNO, Miguel (1966): Obras Completas. Vol. VII. Madrid, Escelicer.

• WÖLFFLIN, Heinrich (1888): Renacimiento y Barroco. Barcelona

domingo, 14 de agosto de 2011

Poseía: del Neobarroco a una Metapoética.- Gino Roldán

“Poseía”, poemario de Víctor Coral, Paracaídas Editores 2010

¿cuántas ciudades hay que imaginarse antes de aceptar el vacío? V.C.

“Poseía” es el título del cuarto poemario de Víctor Coral; con anterioridad el mismo autor ha publicado “Luz de Limbo”(2001) (2005), “Cielo estrellado”(2004) y “Parabellum” (2008); así como las novelas “Rito de paso”(2006) y “Migraciones”(2009). Ubicado dentro de la ornada de escritores peruanos que aparecieron en la década de los noventa, la obra de Víctor Coral -que abarca además de poesía y narrativa, el ensayo, la crónica periodística, la crítica literaria, o incluso los post de un concurrido blog– ha ido ganando madurez con el paso –y el peso- de los años, y nos ha ido mostrado a un autor capaz de desenvolverse con comodidad en una diversidad de poéticas y géneros literarios. El presente texto es un acercamiento a “Poseía” (2005 -2010); la intención de las siguientes líneas será, por tanto, develar y/o comentar algunos aspectos que considero centrales de esta última publicación.

Una primera lectura de “Poseía” podría presentarnos una serie de poemas engarzados a modo eslabones; diversas secciones escritas en un lenguaje bastante cercano a la prosa poética serían así las que dan forma al libro. El lenguaje hermético, por otro lado, deudor por momentos de la obra de poetas como la del cubano José Kozer, así como también de lo que en años recientes en América Latina se ha denominado “neobarroso”, podría hacernos pensar en una obra encasillada dentro de esta propuesta: ¿qué fue ser, dije? shopping sobre pasillos relucientes, joggin por cinturones de asfalto con calzas de esponja ventiladas, construcción de todo lo construible, cons­truction will be my epitaph, el rey carmesí extrajo, devastó, humilló, desplazó, sobreprodujo, especuló, arremetió, mercadeó, medró, desmedró, irremedió, irredentó-se, todo para escapar de la confussion will be my epitaph (…) No obstante, considero que la obra de Víctor Coral si bien podría ubicarse dentro de las latitudes del denominado “neobarroso” o “neobarroco” –términos por sí mismos complicados, y que no han sido del todo delimitados-, trasciende, propone algo más allá de estas definiciones.

Con el término “Neobarroco” en los años 60 en América Latina se refirió al nuevo barroco surgido en América, heredero del que se diera durante el Siglo de Oro en España. Este Neobarroco semejaba al anterior, en el caso de la literatura, en que presentaba un hermetismo del significante y un uso recargado de figuras literarias –sobre todo el hipérbaton y, en algunos casos, las antítesis-; en todo caso la novedad del Neobarroco latinoamericano viene signada por las teorizaciones de algunos de sus representantes que, de alguna manera planteaban que el arte barroco era propio o característico de América, en tanto que América es el continente del mestizaje, de la pluralidad de razas y costumbres, de la naturaleza exuberante y fantástica , capaz de dar pie al “realismo mágico” (Carpentier) o en todo caso que el único arte posible en América es el Barroco, pues así lo señalaban su historia y geografía (Lezama Lima). Quizás el autor que teorizó con mayor profundidad sobre el Neobarroco, y que, además, intentò vincularlo con conceptos clave como el de Modernidad, fue el poeta, novelista y ensayista cubano Severo Sarduy. A diferencia de Carpentier y Lezama que tienen una visión “americanista” del Barroco en tanto este es el arte representativo de América, Sarduy concibe al Neobarroco como un “arte artificial” -en tanto “traviste” la realidad-, y un “arte de crisis”, pues es un arte que pone en evidencia el malestar de una cultura. El Neobarroco, de este modo, en nuestra época, sería un síntoma de la pérdida del sentido, de la caída de los grandes relatos de la modernidad.

En un libro anterior, “Cielo estrellado”, Víctor Coral había tratado el tema de la crisis del logos hegemónico y moderno. Lo hizo a nivel temático; no obstante, la escritura del libro se movía por los cauces de una escritura centrada y moderna (a pesar de las constantes interrogantes sobre la destrucción y el vacío, el verso era coloquial–conversacional). En “Poseía”, el tema de la crisis del logos moderno es retomado, pero el tratamiento del lenguaje será distinto: damnation. “todo aquí se derrumba”, dice la vieja cantante que nunca saldrá del lugar. copas, amores furtivos y violentos, perros que cruzan —furtivos tam­bién— un plano fijo: y la lluvia que no cesa de caer, inundándolo todo, inundando los muros en primeros planos que son la disolución; gueto, gueto de nosotros mismos, la ruina, seres que piensan atrapados en la gramática de la disolución. No emplea en este caso el poeta el verso tradicional –de métrica fija-, el verso libre o el verso extenso –llamado por algunos versículo-. Emplea, en este caso, un lenguaje cuya forma de composición es similar al de la prosa poética, aunque con la particularidad de poseer un carácter aglutinante, de palabras o significantes que se acumulan –una especie de rizoma lingüístico que fluye y se va expandiendo “toda palabra implica una pregunta inabsuelta; el verbo, un dejarse transir sin más…palabra que sea por sí una respuesta a su posible pre­gunta.”. Tenemos así fragmentos en prosa en los que se va desenrollando el lenguaje poético no necesariamente a capricho del autor, sino muchas veces debido a las mismas interrogantes que la propia lengua se plantea: ¿qué es ser alguien?, o aplicado a este no contexto: ¿qué fue ser? miles, miles de ellos afanados en la erección de series de cubículos, en la elongación ansiosa de proyec­ciones térreas mar adentro, de tubulaciones internas por donde otros miles, millones viajen duplicando sus rostros colapsados en el brillo mate de una ventanilla (…). En cierta medida, podemos decir, luego de todo lo afirmado, que el lenguaje de “Poseía” –título que es un juego lingüístico, que se debate entre la poesía y el poseer-, se acerca a la propuesta neobarroca.

El lenguaje como proliferación también es una de las características del denominado “Neobarroso”. En los años 70 y como oposición al Neobarroco del Caribe –culto, elitista, representante de la alta cultura- surge en los márgenes del Río de la Plata un movimiento que se denomina a sí mismo “Neobarroso”; este será un barroco de los márgenes, interesado en recoger los fragmentos, los residuos del lenguaje. Una primera lectura de “Poseía” podría sugerirnos que este libro puede inscribirse dentro de lo que se considera una poética neobarroca –o, visto desde otra perspectiva, neobarrosa–; elementos neobarrocos(sos) presentes en el libro pueden ser la ya señalada proliferación del significante, la carencia de lirismo confesional, la obsesión por el fragmento y la fractura, así como el empleo del lenguaje neobarroco como subversión ante un discurso hegemónico–homogenizante-. La intención del autor, como veremos, sin embargo, va más allá de la propuesta neobarroca(sa)

Basta revisar el inicio del texto para darnos cuenta de la intención del autor. Es posible, y a veces incluso necesario, un diálogo entre pensamiento y poesía. Con este epígrafe de Martín Heidegger se abre el libro. La poesía se presenta así como espacio de reflexión. Pareciera contradictorio hablar de escritura neobarroca y de una poesía contemplativa o reflexiva. En todo caso tendríamos que revisar, en primera instancia, cuál es la estructura más profunda del texto, cuál es el origen que permite al texto desarrollarse –origen que por otro lado es evidenciado clara y conscientemente en el texto-: la Nada. El avance desbocado del verbo, de este modo, no es sino la respuesta a una ausencia inicial o fundamental: el vacío, la oquedad, la página en blanco: este poema es el núcleo de un sistema atómico en torno al cual —veloces protones, misteriosos neutro­nes, electrones fugaces— giran desmesurados poemas invisibles; y como fondo maravillante y turgente, la ausencia, la nada venidera y su canción áfona, átona, ágrafa, veraz. Desde su inicio, el Barroco implicaba el miedo al vacío; de ahí la exuberancia, el gusto por la forma con que se intenta cubrir esta carencia inicial. En “Poseía” una posible respuesta ante este vacío, esta ausencia fundamental, va a estar dada por el lenguaje poético que intenta cubrirlo todo; por eso el carácter por momentos esquizoide, acumulativo de su escritura – la presencia del verbo como rizoma lingüístico.

En “Poseía” el autor es consciente de esa Nada, de esa carencia fundamental. La escritura, aunque por momentos pareciera aglutinarse, no es sino manifestación de esa angustia ante la Nada –una especie de angustia existencial-; el rizoma lingüístico, el logos poético, parte de la Nada y de ahí avanza en espiral. En otro momento el poeta afirma ya lúcido: ¿cómo hablar de la ausencia si el lenguaje es testimonio —alusivísimo— de la plenitud existente, y la visión del hombre, triste astigmatismo espiritual que arrastramos desde el renacimiento, nos avisa, mal, de la necesidad de pragma en nuestras vidas? Cómo hablar de la ausencia se pregunta el poeta, ¿es acaso la palabra confiable en su designación sobre el mundo? La respuesta es negativa; cuando nombramos la palabra, el objeto pierde volumen, pierde densidad: las palabras ocultan las cosas: cigarrillo, mantel, piedra, leño, mujer, martes, ni siquiera son convenciones, son falsedades con las que armamos un mundo regidor en fuga… La palabra, desde su creación, significa orden, otorgar un sentido al mundo; no obstante, entre el objeto nombrado y la designación hay una distancia insalvable. En épocas primitivas el mago podía invocar a la divinidad con la palabra –Dios era verbo- ; palabra y objeto eran anverso y reverso de un mismo ser. En la Modernidad, la palabra se aleja del objeto, la palabra evidencia el vacío pero no es confiable en su designación: una carta, no importa si apócrifa. en ella se expresa una queja: la pluma que, con dificultad y tropiezo, males­cribe los versos, roma el flujo de la idea, la sobresee, la enturbia. la caligrafía (y la poesía misma) se fragiliza con este accionar frustrante, solo queda la revuelta con­tra la rebeldía de los signos que no quieren plasmarse( …) y, sin embargo, aún eso oferta o genera: se impone una fría determinación en el acto: la página se llena con una mancha empecinada, oscura (pero lo oscuro anun­cia la luz), el poema se ha convertido en el horror de una mácula turgente (…)

Hay, pues, en “Poseía” la intención de poetizar la Nada, a la ausencia. La palabra –ese accionar frustrante – surge de esa carencia y da origen al poema. Este proceso al ser revelado –despojado de su velo– en el mismo poema nos lleva ahora a otro nivel. La reflexión, al articularse sobre el mismo acto de creación, -el poema se piensa a sí mismo-, da origen a una Metapoética, en la que el autor –desbordante a veces, neobarroco signaremos, pero lúcido siempre –consciente de las carencias del mismo lenguaje y del origen de todo acto poético -la Nada- se representa y crea a su vez el poema: no se oye el sonido y la furia de un cuento demasiado contado por el poeta, que no solo no significa nada, sino que se refugia en el rumor de aliteraciones y neologos que sostienen una intrincada construcción a la nada, una estatua de ausencia para un pedestal jamás erigido?

El carácter degenerativo que se evidencia en el lenguaje empleado, la proliferación de la palabra: síntomas de la Nada. Neobarroco o neobarroso a primera vista, Víctor Coral nos lleva a otro nivel de iluminación: la reflexión sobre el devenir de la escritura en el poema. Escritura también de la resistencia –el neobarroso es un discurso que apuesta por el fragmento, la pluralidad, en oposición al discurso hegemónico-, “Poseía” es la creación de una Metapoética de la presencia y la ausencia. “Poseía”, de este modo, nos revela ese acto frustrante –imposible con las palabras–; pero a la vez hermoso: la poesía.

Gustavo Bernal, o la Historia de un Río travestido en Mar (Prólogo a “Rabiosa”) - Adrián Barahona

También he dejado que el personaje me opaque y me devore. Qué tanto temor, porque uno no es uno solo. Son muchos devenires maricoides que afloran de la Pandora creativa. Es estratégico a veces ser la sombra de un nombre que no es tu nombre bautismal. P.Lemebel

No cabe la menor duda que la escritura de Gustavo Bernal se inscribe, por alguna razón que todavía no entendemos, en la vertiente neobarroca hispanoamericana. Cumple, en primera instancia, con aquellas definiciones esenciales propias de nuestra naturaleza: la exuberancia, el artificio, el contraste, la sensualidad, todos elementos que desempeñan la función de imposibilitar un “mundo cerrado, autoritario y lógico” (Montes, 2006). Cumple también con esa lógica de simulacro que lleva toda experiencia estética a su límite, su caos, su parodia. Bernal se involucra con la historia como si esta fuera una gran obra de teatro y el sol y la luna los focos del escenario, así como las estrellas, los agujeros de un telón parchado. Transfigura la ciudad en que vive, traviste Pudahuel en Eureka y el centro de Santiago en Manchester. Escribe desde la cultura de masas, pero mirando con envidia y desprecio a la alta cultura.

El carnaval de Bernal está hecho de fragmentos, los fragmentos maravillosos de una cultura despedazada por el colonialismo. Es sublime y es grotesco. Es síntesis entre eros y thánatos, el acto mágico y sublime a través del que entregamos la propia vida por amor. Es decirle al amado, “golpéame, destruye mi cuerpo, mátame, te entrego a ti el privilegio de mi exterminio, robémosle a la muerte ese placer”. El cuerpo aparece abusado, no como en las literaturas homosexuales, por la sombra del SIDA, sino sometido por las sustancias, enfrentado a un tratamiento de rehabilitación que es, también, una máscara. Tal como sostiene Lemebel (2000), la aspiración es a escribir desde un cuerpo políticamente no inaugurado en el continente, un balbuceo de signos y cicatrices comunes. El otro cuerpo, el físico, es el objeto que mantiene al sujeto adherido, en rechazo, al mundo. Es descomposición, pero descomposición voluntaria. Por eso, también, es bello.

Los escupitajos verbales de Bernal no son al aire, son, más bien, el residuo húmedo que queda después de un largo beso con lengua. Son el ritual arcaico y pagano que dura un instante porque no puede durar más. El coito tiene un final, como también la lectura de un libro. Se afirma sólo en un supuesto, se trata de una “afirmación de la vida en la muerte y de la muerte en la vida”, como asegura Bataille en “El Erotismo”. Curiosamente, en Bernal, esta afirmación es violenta porque es máscara que se sabe delatada, es la síntesis de los celosos dioses enemistados.

El trabajo de Bernal es una obra travesti porque si bien no se viste con ropajes ajenos, “resquebraja la construcción del sistema binario genérico de lo masculino y lo femenino” (Wigozki, 2004). Ya no se trata de ser menos hombre o menos mujer. Se trata de ser más de ambos. Aquel, que a juicio de Garber se instala como un tercero, está incompleto. Aun si la ciencia pudiera reconstruir el cuerpo a su antojo, ese tercero estará incompleto porque es parodia y lo seguirá siendo aunque se diga que el género se constituiría por una serie de actos repetidos a modo de matriz, un estatus adquirido por la apariencia (Maristany, 2008).

El “horror vacui” que fundamenta el barroco como concepto, ese espacio vacío que en la obra de arte carece de relleno, es, en la estética neobarroca, más que el simple juego exuberante de las palabras. La poética homosexual se enfrenta al vacío del agujero femenino de igual manera como la poética hetero niega la sensualidad del culo masculino, no pudiendo, ninguna de éstas, llenarlo. La síntesis en la que el barroco se completa está dada por la ambigüedad, por la aspiración al andrógino absoluto, ese ser que se satisface plenamente llenando su sexo con su propio genital. El vacío deja de ser vacío con la exuberancia con la que la naturaleza dota al arquetipo: tetas, culo, vagina y falo.

¿Qué es, entonces, lo que Bernal traviste y no lo transforma en artificio? La complicidad que establece con la ambigüedad. Bernal no es tesis porque no parte del determinismo sexual del binario masculino/femenino, no es antítesis porque no se instala en la negación del mismo, sino que es síntesis, porque se posiciona en el vínculo, aparentemente “intacto”, que construye con su diosa queer. Toda la obra de Bernal, al igual que la de otros neobarrocos, se construye a partir de la “autoficción biográfica” del “mentir verdadero” (Montes, 2006), por lo mismo, es que nadie puede decir que Cruzila, como personaje de Rabiosa, no está profundamente enamorado de la reina madre y de Denis Gaita, simultáneamente. Tampoco se puede asegurar que la lamida que le ofrecen haya o no sido realidad, porque el texto no lo dice. Lo que sí queda claro es que Cruzila se abrió al amor y se posicionó entre los géneros, amándola a ella y amándolo a él. Se hizo entonces arquetipo mágico, androginia absoluta, consciente, elegida, desde el corazón y hasta el mundo. Él no habla por su diferencia ni por su símil. Va más allá de los límites fóbicos del género, destruyéndolos.

En ese lapso, el mundo, propio, retorna al centro robado por la ciencia. Ya no soy el centro del universo, pero no importa, porque soy el centro del universo. Soy contraconquista porque demando, reclamo, revoco, aquello que antes, violentado en mi incapacidad de elegir, cedí. En ese instante, puedo rebautizar la tradición, conectarme en aprobación y rechazo con el absoluto, con el arquetipo universal de lo masculino y lo femenino, con el exceso bárbaro al que sólo puede acceder este “escupidor de palabras” que es Bernal. Su salivazo devuelve el arte enriquecido, las oposiciones íntegras, la exuberancia obsesiva, la sensualidad desmarcada en su artificio.

Puedo asegurar que Bernal recoge la tradición estética del neobarroco hispanoamericano, instalándose, al igual que Lemebel, a una de las orillas del río Mapocho. Lo mira, un instante, desde Pudahuel, desde el frente, porque Bernal no escribe, sin elegir, desde el culo. Tampoco lo hace desde la verga, porque el colgajo entre las piernas es, igualmente, un “determinismo”. Bernal se instala en su indecisión, se posiciona en su ambigüedad reclamando para si, gritando en su prosa, como una conquista, que es dueño del arquetipo: la androginia mágica que decide, instante a instante, su sexualidad, ser todos los hombres y todas las mujeres. El río, que hasta entonces se hacía el muerto sin poder decidir su cauce, se diluye en sus orillas. Si pudiera elegir, sería un Mar Pocho, un río infinito y sin orillas, así como Bernal y Lemebel terminarían siempre enfrentándose en sus distancias.

Resulta curioso, pero Bernal ha escrito este libro después de Sarduy, después de Perlongher, después de Lemebel, pero es justamente por eso que lo ha escrito antes que todos ellos y para que ellos pudieran escribir.

ESCRITURA Y TEMPORALIDAD: Una aproximación al concepto de escritura neobarroca - Sergio Hernán Rojas Contreras

Una característica de la historia del arte en la modernidad es la puesta en obra de la progresiva autoconciencia de los recursos representacionales. Esto sugiere una relación con la historia filosófica de la subjetividad moderna y la operación reflexiva de autocomprensión respecto de las condiciones categoriales de relación con el sentido del mundo. Considerada la literatura conforme a esta operación de autoconciencia, encontramos precisamente una reflexión sobre los recursos literarios, la que necesariamente hace emerger esos recursos en el nivel de lectura concreta, con el consecuente “debilitamiento” irónico del mundo narrativo debido a la sobre exposición de su verosímil. Suele denominarse “posmodernismo” a este tipo de lucidez narrativa. El concepto de neobarroco hispanoamericano nace para nombrar un tipo de escritura literaria que reflexiona a la literatura misma y sus posibilidades de lograr todavía una producción de sentido. Se trataría de una práctica que resiste la negatividad de la ironía “posmoderna”, meramente disolvente del sentido narrativo. Con respecto al barroco histórico, la escritura neobarroca incorpora en sus operaciones tanto la estética del simulacro y del espectáculo (propias del denominado “barroco cerebral”), como la estética del cuerpo y de la carnación entre sus “temas” privilegiados (ej., la mortificación de la carne que caracteriza ciertas obras del barroco católico). En la novela resulta decisiva su dimensión temporal: se trata de la posibilidad de una plenificación de sentido para una temporalidad lineal que transcurre con el sello de lo irreversible, en que el inicio y el final no se encuentran entre sí. La temporalidad narrativa supone estructuralmente la temporalidad lineal en curso, pues la novela es en este sentido una forma de territorialización del tiempo. Así, el tiempo lineal constituye un límite esencial a la novela, un horizonte estético —y también cultural— infranqueable. La escritura neobarroca tiene estructuralmente como motivo el sentido total del texto, lo que implica, en términos narrativos, la cuestión en torno al sentido último de la existencia. Consideramos que esto se deja ver de manera muy verosímil en las cuatro novelas analizadas (Aridjis, Elizondo, Sarduy y Donoso). No se trata de que éstas sean explícitamente una tesis respecto de la existencia humana, pues el sentido último no es simplemente el “contenido” de la historia, sino algo que está siempre más allá de las posibilidades representacionales del texto. Pero el sentido necesariamente se proyecta en éste en la medida en que el desarrollo de la narración sugiere la relación interna entre todos los elementos que la constituyen. Si la novela se propone la articulación total de su cuerpo significante mediante la periódica restitución de la totalidad del texto en la lectura, entonces necesariamente se propone —al nivel del contenido— el problema del sentido total de la existencia finita. De esta manera, la escritura deviene una cifra cuyo cuerpo significante se despliega a lo largo de toda la narración. En la medida que el sentido está siendo permanentemente aplazado, todo el texto está siendo en cada momento releído. El telos de la escritura sería la plena identificación entre significante y significado, la gloria del signo: ingreso total del significado en la inmanencia del significante, trascendencia del significante por obra el significado. Pero esto es precisamente lo que no puede ocurrir en la literatura, porque esa diferencia, esa brecha, es su condición de posibilidad, como lo es también de la existencia misma del mundo. A la vez, la escritura narrativa no puede dejar de proyectarse a partir de esa correspondencia imposible, de tal manera que en cada novela se juega el “fin de la literatura”. En la escritura neobarroca, la carnavalización como alteración del régimen clásico de las diferencias no puede llevarse a cabo sin un motivo narrativo lo suficientemente poderoso como para desencadenar un relacionismo general en el texto, de tal manera que a todas las operaciones retóricas de la escritura subyace un flujo que genera y sostiene la expectativa del lector, suspendido entre el uso figurado del lenguaje y el aún-no de una verdad en curso. En la escritura neobarroca el sentido está siempre en peligro. Y entonces la significabilidad del texto no puede proyectarse sin restituir una y otra vez ese peligro, porque la narración se desarrolla al límite de sus recursos, repitiendo en cada momento el riesgo que existió en el comienzo de la escritura, en el que ya todo estaba agotado. En este contexto, entender la escritura neobarroca como recuperación del sentido implica también una recuperación de la temporalidad como diferencia (entre ser y aparecer) alojada en la representación. Se inscribe así, por una parte, en la historia de la literatura moderna; pero también en lo que correspondería al final de la literatura moderna, como su final moderno.